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Viernes, 8 de septiembre de 2006

TALK SHOW

La esclava clandestina

 Por Moira Soto

Lo mejor y lo peor de las biografías no autorizadas más o menos serias es que te tiran abajo ídolos, referentes, paradigmas, emblemas, fetiches... Encontrar roña que desmienta la leyenda dorada, secretos deplorables o escandalosos, el revés de la trama de lo que se tenía por artículo de fe respecto de un personaje público, suele ser la meta de bió[email protected] con el olfato entrenado en destapar privacidades vendedoras. Todavía con vida, aunque ya de temblequeantes (por el mal de Parkinson) 90 pirulos, Katharine Hepburn no se salvó de que Barbara Leaming desmontara su promocionada imagen de autonomía desafiante, al referir con lujo de patéticos detalles su relación casi de servidumbre con el borrachín maltratador Spencer Tracy que duró 25 años. Es decir, que Hepburn y Tracy tuvieron sus bodas de plata como pareja clandestina, porque el irascible actor no sólo no se casó con la pelirroja, que lo adoraba ciegamente, sino que se cuidó muy bien de que el espasmódico romance tomara estado público oficial.

Por supuesto que desde el flechazo, allá en los tempranos ’40, hasta la muerte de él (en 1967, después de hacer juntos la mediocre y demagógica ¿Sabes quién viene a cenar?), esa relación fue un secreto a voces. Empero, en los ’50 y los ’60, el periodismo hizo circular la fábula edificante de que Tracy, debido a su condición de ferviente católico, no se podía divorciar y volver a casar. En consecuencia, la atracción que lo unía a Kate se había sublimado en una tierna amistad, casi en olor de santidad. Obviamente, Leaming ni considera esta piadosa versión y, además de hacer hincapié en el alcoholismo pertinaz y los caprichos vejatorios del intérprete de tantos personajes nobles, calmos y patrióticos, subraya que los dos anteriores amantes fugaces de Hepburn en el planeta Hollywood –Howard Hughes y John Ford– tenían conductas muy parecidas.

En otras palabras, que la chica educada por una madre feminista militante, la tipa ingobernable que muy joven se impuso a productores y directores, la mujer deportiva que inventó un estilo de vestir austero y suelto que incluía casi siempre pantalones, a la hora del amor se convertía en una especie de masoca aguantadora. Y en el caso concreto de su historia subrepticia con Tracy, casi en una mártir redentora que se bancaba todo con tal de estar cerca de ese hombre intratable, de besarle la bocamanga de los pantalones, seguramente impregnados de whisky o de alguna otra bebida blanca, que aquí no estamos hablando de oporto El Abuelo. Ella, que era de una pulcritud obsesiva, al punto de que se daba media docena de duchas diarias, toleraba la baranda de él después de estar varios días encerrado en un cuarto de hotel empinando el codo. Quizá sea cierta la muy contada anécdota que sostiene que, cuando aún no se conocían aunque estaban por filmar juntos La mujer del año, Kate se cruzó a Spencer que iba con Joseph Mankiewicz y advirtió que el macizo actor era más bajo que ella. “Mister Tracy –le espetó la muy pecosa–, creo que usted me va a quedar corto.” Y el director le retrucó profético: “No te preocupes, cariño: él te va a cortar a su medida”. Así fue que de hacer, entre otros films, deliciosas comedias de igual a igual con Cary Grant, logrando que Hollywood se adaptase a ella, KH empezó la serie de trabajos con Spencer Tracy, donde la chica dinámica y acometedora se rendía –hélas– a las condiciones del marido de turno, a cargo del excelente pero desabrido actor que seguía casado con Louise Tredwell, con quien había tenido un hijo sordo.

Después de la muerte de Tracy, esta “viuda paralela”, como la llama Cabrera Infante, no se quedó en el molde del desconsuelo: siguió filmando y haciendo teatro, se ganó otro par de Oscar y hasta se dio el lujo de hacer un musical en Broadway (Coco), cantando y bailando. Cuando ya parecía que su natural flacura, esos pómulos altísimos y el cuello de Modigliani eran eternos, aun bajo la piel apergaminada, Katharine se murió a los 96. Unos años antes publicó sus memorias (Yo misma. Historias de mi vida, Ediciones B) donde ya anticipaba, sin justificar su sujeción, lo que daría pie a Leaming para ahondar en su faceta de sufridora sometida: “Cuando me pareció que algunas de mis más preciadas cualidades le resultaban irritantes a Spencer, las eliminé, las reprimí tanto como pude”. La biógrafa supone, interpreta que la manía salvadora de Hepburn provenía de un terriblemente desgraciado episodio de su infancia, cuando encontró el cuerpo de su hermano Tom, de 15, que se había colgado en el granero. Desesperada, la niña corrió en busca del médico, pero ya era demasiado tarde.

La costilla de Adán, hoy a las 16.30 por TCM.
La impetuosa, mañana sábado a las 22 y el miércoles 13 a las 18.45 por TCM.
¿Sabes quién viene a cenar?, el martes 12 a las 15 y a las 20 por Film & Arts.
(Todos los films están protagonizados por Katharine Hepburn y Spencer Tracy.)

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