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Viernes, 22 de diciembre de 2006

URBANIDADES

Desapariciones

Hay algo además de la ausencia persistente que dice la palabra desaparecido y que tal vez ha sido menospreciado a pesar de que todos y todas podamos recitarlo de memoria: esa condición describe un método de impunidad que no se detuvo con la llegada de la democracia ni se reactivó con la ausencia forzada de Julio López. Fue, es, un presente continuo.

 Por Marta Dillon

Haciendo gala de ese humor negro que tantas veces nos ha rescatado, hace poco nos reíamos con una amiga de la crudeza con que la lengua suele hacer sus trampas. En su sesión de terapia, a los pocos días de la desaparición de Julio López, ella repetía “yo no tengo cuerpo para soportar esto, no tengo cuerpo”. Cuerpos, debería haber dicho, ya que los que le faltan son el de su padre y el de su madre, desaparecidos desde 1977. Un tímido cof cof por parte de su psicoanalista alcanzó para que callara abruptamente. ¿Qué más podría haberse agregado? ¿Que los cuerpos que faltan se acumulan en la memoria y pesan más que si no hubieran perdido su envergadura en estos 30 años? ¿Que la repetición no alivia de ningún modo? ¿Que la misma pérdida nos hermana pero no permite que se comparta el peso si no que, al revés, puebla de nombres la constelación de las ausencias y multiplica los aniversarios haciendo que el año, cualquier año, corra a su modo y se detenga en el día en que se llevaron a los padres de Raquel, de Javier, de Albertina, de Camilo, de José y así? Por una Navidad sin desaparecidos, decía la consigna en Plaza de Mayo que esta misma semana convocó a pedir por la aparición de López mientras los responsables de encontrarlo discuten si se trata de un fracaso liso y llano o de un fracaso en suspenso, un fracaso hasta ahora. La lengua también hace trampas en la consigna porque desaparecidos habrá, sin dudas; el paso del tiempo no les borra su condición hasta tanto no tengamos “cuerpo”. La lengua, la palabra, el relato, son insuficientes y esto también ha sido dicho, más de una vez. Pero no deja de ser cierto que insuficiente o no la condición de desaparecido describe para muchos y muchas más que la ausencia de cuerpo. Describe un dolor continuo que pegotea todos los duelos en ese que nunca se termina, la necesidad de nombrar al ausente y devolverle, aunque más no sea en el relato, los detalles de su vida, su modo de vestir, de actuar y de amar. Describe también la violencia que arrasa incluso el más antiguo o el primero de los ritos humanos: el entierro de los muertos. Tanto describe que no hay casillero para marcar una tercera opción entre “¿vive? sí o no” en ningún formulario de esos que se llenan a lo largo de tantos actos burocráticos de la vida cotidiana, desde casarse hasta inscribirse en algún grupo de estudiantes. No puede una casarse y que el juez o jueza de turno diga fulanita de tal, hija de tal, desaparecida, y de tal, desaparecido, porque eso sería –supongo– meter el horror de todo lo que describe la palabra en un acto cívico común y corriente –bueno, algo así–.

Pero hay algo más que dice la palabra desaparecido y que tal vez ha sido menospreciado a pesar de que todos y todas podamos recitar de memoria: esa condición describe un método de impunidad que no se detuvo con la llegada de la democracia ni se reactivó con la ausencia forzada de Julio López. Fue, es, un presente continuo. Un método, aunque duela, banal y cotidiano para quienes aprendieron a usarlo en los años más oscuros y que sirvió para matar pibes en las comisarías y borrar los rastros. Miguel Bru, Andrés Núñez, en la provincia de Buenos Aires; Garrido y Baigorria en Mendoza, sólo por nombrar los pocos que vienen ahora a la memoria. Las razones políticas de estas desapariciones están a la vista de los que nos muestran ahora: números escalofriantes de la cantidad de agentes y oficiales que aprendieron su oficio durante la dictadura y a los que curiosamente se les viene reclamando que estén en la calle para “cuidarnos”, en tanta marcha pidiendo seguridad. No parece casual ni tirado de los pelos, entonces, incluir en esta lista incompleta a las chicas que faltan de sus casas porque fueron captadas en circuitos de prostitución forzada, ya que en esas redes que actúan a sus anchas en todo el país los representantes de las fuerzas de seguridad suelen ser actores privilegiados o encubridores gozosos de réditos económicos y lúbricos de este pingüe negocio. Desaparecidos todos y todas, frente a los ojos ciegos de quienes tememos usar la palabra desgarradora que para algunos es nada más que un método, un sinónimo de impunidad que tan bien ha servido a sus intereses.

Y sin embargo, más allá de la paradoja negra, tenemos cuerpo para soportar lo que parece increíble poder soportar. Pasaremos la Navidad, brindaremos, seremos los mismos y seremos otros porque la acumulación no alivia si no más bien dobla la espalda y hasta a veces nos deja mudos y mudas porque ¿qué más decir?, ¿qué vale la pena agregar?

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