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Viernes, 13 de julio de 2007

TEATRO

El luto le sienta a Irina

Una joven actriz se apodera de uno de los personajes de Las tres hermanas, de Chéjov, y narra este clásico desde el punto de vista de Irina, la más joven, la que se queda sin novio en vísperas de la boda, la que no logra llegar a Moscú. Fiel en su reescritura, Julieta Alfonso protagoniza y dirige, a la vez que se hace responsable del vestuario y la escenografía.

 Por Moira Soto

De las tres hermanas (y un hermano) de Chéjov, ciertamente Irina es el personaje más idealista, generoso, dispuesto a dar batalla (para decirlo en términos bélicos, ya que hay militares rondando en la obra). Aunque sin sustraerse del todo a las generales de la ley chejoviana —los personajes dejan escapar oportunidades sin pasar a la acción, atrapados en la nostalgia, el ensueño, la duda, el pesimismo—, Irina parece tomar al final las riendas de su destino, no quedarse solamente en los deseos ardientes de prodigarse y creer, según la describe el genial escritor ruso. Y ésa es la faceta de la joven, la menor de la familia, que quiso poner de relieve Julieta Alfonso en su versión de Las tres hermanas que tituló Desde Irina, un espectáculo que protagoniza y dirige.

Esta pieza que figura entre las más representadas de Chéjov —junto a El jardín de los cerezos, Tío Vania, La Gaviota- ha sido objeto de distintas adaptaciones, entre las que vale mencionar la que presentó en 2004 —con excelente elenco— Daniel Veronese, alterando el recorrido dramático e intercambiando roles, con actores (sin travestirse) en personajes femeninos y actrices en los masculinos, que llamó Un hombre que se ahoga. Unos cuanto años antes, en 1988, Margarethe von Trotta realizó uno de sus films más líricos, Miedo y amor, llevando la pieza de Chéjov —sobre un guión compartido con Dacia Maraini— a época actual, con un reparto maravilloso: Fanny Ardant como Velia (Olga), Greta Scacchi en el papel de María (Masha) y Valeria Golino interpretando a Sandra (Irina). Se trata de una versión libre que comienza con la fiesta de cumpleaños de Sandra, la chica preocupada por la ecología (una cuestión que aparece en otras obras de Chéjov) que quiere ser médica. Aunque se respeta el esquema argumental, Miedo y amor propone innovaciones: a la frase “La felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz”, que está en la obra, Von Trotta replica: “Mis tres hermanas invierten este pensamiento y tratan de aprender a vivir, cada una a su manera”.

Julieta Alfonso, la intérprete excluyente de Desde Irina, inició su aprendizaje de actriz con Berta Goldenberg y en 2000 estuvo en la fundación de la sala Anfitrión, donde participó en varias puestas (Final de partida, Ondina, Tío Vania). Pasó por otras escuelas, sumó otras técnicas, hizo un curso de tragedia con Rubén Szuchmacher, “hasta que caí en Patio de Actores y me quedé, hace cinco años, estudiando y trabajando allí, muy involucrada. Desde Irina es en cierta forma el fruto de esa formación. Reconozco a Berta Goldenberg y a Laura Yusem como mis maestras de mayor peso”.

Venías trabajando sólo como actriz y de pronto en Irina asumiste dirección, dramaturgia, puesta en escena y hasta vestuario y escenografía.

—Sí, en el escenario únicamente había actuado, pero ya en el Anfitrión éramos un grupo de doce personas que manejábamos el teatro un poco al antiguo estilo independiente, en cooperativa, con mucha participación. Fue así como me conecté con Artei —Asociación Argentina de Teatros Independientes—, donde soy secretaria. Paralelamente, estudié periodismo en la (Universidad) Kennedy, carrera que empecé al salir de la secundaria porque en realidad me interesaba escribir, y que ahora me gustaría terminar.

Después de ver tu versión de Las tres hermanas, se diría que tus intereses están más cerca del taller literario o de la dramaturgia...

—La verdad es que Desde Irina surgió de la necesidad de querer actuar, una cosa fue llevando a la otra. Ahora me estoy replanteando qué quiero hacer, independientemente de seguir actuando. Dentro del curso de actuación que hacía con Laura Yusem, una maestra que permite investigar, experimentar, surgió este deseo de generar algo propio. Empecé a probar a partir de hermanas, el trabajó creció y Laura me sugirió la posibilidad de desprenderlo de la clase, que tuviera una autonomía. Así se fue armando Desde Irina. En la dramaturgia, tuve mucho apoyo, mucha supervisión de Jorge Goldenberg. El me orientó para ordenar las ideas, me ayudó a plasmar esta adaptación.

¿Por qué de las tres hermanas elegiste a Irina?

—En primer lugar, Chéjov es un autor que me gusta muchísimo, que me parece inagotable. Y ésta es una de sus piezas que más me conmueve. Siempre me sentí muy identificada en más de un punto con Irina, y me pareció un papel muy interesante para explorarlo en este curso. Primero tuve ganas de trabajarlo con otras actrices en los roles de las hermanas mayores, pero luego se me ocurrió esta idea de contar la obra desde mi personaje preferido, y Laura me alentó para que conservara esta línea. Entonces, a partir de Irina fui reescribiendo la obra, tratando de respetar en lo profundo el espíritu chejoviano. En esto creo que fui muy rigurosa. Y el personaje de Irina me fue conquistando cada vez más. Aunque después ella se va transformando en otra cosa, lo que importaba era mostrar a una Irina feliz, llena de esperanza, de energías, con ansias de trabajar, y no centrarme en el fracaso y la derrota. Aunque sí mostrar esa transición hacia una actitud más negativa, desilusionada por la rutina de su empleo, por no haber vuelto a Moscú. Esta Irina a la que se le pasa parte de la vida deja ir oportunidades, no actúa en el momento propicio. En realidad, les pasan cosas semejantes a las otras hermanas, Macha y Olga. Por eso entendí que podía contar el personaje de Irina adjudicándole frases de las mayores, citándolas, porque en el fondo, dentro de su diversidad, hay una insatisfacción que sufren las tres. También Irina rescata ese discurso del teniente coronel, del que se enamora la malcasada Masha: “Dentro de 200, 300 años, la vida será hermosa, asombrosa...”

Aunque experimenten esa insatisfacción y esa impotencia para alcanzar la felicidad o realizar deseos, estas tres hermanas viven en planos diferentes: Olga, aun joven, es como una vieja que pasó una barrera sin retorno, su trabajo la agobia; Masha, ya decepcionada de su marido, con un niñito, sofoca su enamoramiento de otro hombre. Comparada con ellas, ¿Irina no guarda todavía reservas de vitalidad y vaga esperanza, no es un personaje más íntegro?

—Creo que sí, que Irina tiene ese espíritu generoso, que ella todavía podría hacer realidad algunos de sus sueños. Es cierto que por momentos hay una diferencia abismal entre tres en la manera de abordar sus vidas.

Esa es la riqueza de Chéjov, dentro de ese espíritu que mencionábamos. Es decir, esa frustración que persigue a los personajes, quienes cuando tienen la opción de cambiar su destino vacilan, no se atreven. Irina, por ejemplo, durante el transcurso de la obra tiene la chance de tomar una decisión a tiempo: casarse con Tusenbach, con ese candidato que sin duda prefiere. Pero se demora, sigue fantaseando con la idea de ir a Moscú, cosa que no logra hacer, y empieza a trabajar para superar la decepción, pero el trabajo de telegrafista que hace “no tiene poesía”, como comenta. Si ella en el segundo acto, cuando su candidato se le declara lo hubiera aceptado, las cosas habrían sido diferentes. Pero cuando le da el sí, ya es tarde, se produce el duelo con el otro candidato, Solomi, y Tusenbach muere.

Vos arrancás el relato en el momento en que ella se convierte en una especie de viuda sin haberse casado.

—Claro, quise que ella a partir de ese momento llevara luto para poder seguir viviendo, esto surgió de una charla que tuve con Goldenberg. Tomé para empezar la frase que ella dice en el final del original “Han matado a mi futuro marido”.

En ese relato que fluye en la cabeza de Irina antes de partir hacia otra ciudad a enseñar hay momentos de inflexión que retornan: los veinte, cuando la felicidad parecía al alcance de la mano, Irina percibía su potencial, las ilusiones aun intactas.

—Acaso si en ese preciso momento ella se hubiese animado a viajar a Moscú, su vida habría sido otra. Quizá no se cumplieran sus fantasías, pero al menos lo habría intentado... Hay algo de la parálisis de los personajes de Chéjov que también la detiene a ella, pese a su juventud, a su alegría de vivir a los 20.

Y a sus ideas, porque lo que ella dice sobre el trabajo en cuanto a producir, ser autónoma, es un discurso bastante adelantado. A la vez, hace una crítica del destino de las mujeres de la burguesía, sus vidas vacías, el par de horas que emplean para vestirse...

—Irina tiene ideas de avanzada, sin duda: no sólo elogia el trabajo sino que dice que no quiere dedicarse a un hombre, ella aspira a tener otros ejes en su vida, a la independencia. Irina rechaza ese tiempo perdido en la coquetería, en arreglarse, porque se da cuenta de que en esas trivialidades se va la vida vanamente. A mí me pareció importante rescatar ese texto de Irina que está en Chéjov, y que es transgresor para la época. Traté de darle relieve porque pienso que, pese a los cambios que ha habido para las mujeres en más de un siglo, mantiene vigencia. Ahora quizá no te lleve dos horas vestirte, pero hay un montón de cosas que se supone que deben hacer las mujeres para estar lindas y jóvenes. Irina es un personaje bastante contemporáneo.

¿Cómo surgen el concepto de la puesta, los elementos escenográficos, el vestuario?

—Primeramente pensé en contar algunos textos como tomándolos de papeles escritos en las paredes. Me inspiraba esa imagen de que ella, que está recordando, tenga episodios importantes de su vida anotados en las paredes. Con el respaldo de Laura y Clara Pando me hice cargo de la escenografía, y tuve tres compañeros asistentes que me dieron mucha contención. Porque si bien es buenísimo por un lado, también es difícil estar sola arriba de un escenario, te falta la interacción como cuando laburás con otros compañeros. Siempre en el intento de que se entienda claramente la historia, apelé al sonido de una marcha fúnebre, la fanfarria, el tema Ojos negros, un vals, el llanto del bebé de Masha. Encontré la tina antigua, las viejas fotos. Una de las primeras imágenes fuertes que tuve fue la del agua. A los 20 Irina descubre cosas mientras se baña, eso me daba frescura, algo placentero. Y después, cuando todo se da vuelta, es como si ella tratara de sacarse eso negativo que la impregna, la detiene. El vestuario lo elegí mirando diseños de la época y lo hizo una modista con la ayuda de mi abuela. Quería evocar la época, no copiarla, que el vestuario resultara funcional.

¿Cómo encaraste el tema de la desnudez?

—Cuando empecé a trabajar la escena del agua, me bañaba con un camisolín, pero en la clase, Laura y Clara me hicieron ver que Irina era una mujer que transgredía algunas normas de la época. Entonces, con un objeto tan grande como esa tina y estando en un momento privado, Irina podía actuar con libertad. Y debo decirte que me di cuenta de que me inhibía más estar en camisolín mojado que desnuda... Después, me resultó natural que cuando ella se seque se ponga sólo una falda. Me pareció apropiado que ella esté bien con su cuerpo en un momento en que habla de independizarse, valerse por sí misma. Y en el otro momento, cuando voy a vomitar, luego a la tina, me siento muy fracasada, ahí también estaba justificado el deseo de quitarse la ropa, como queriendo sacarse de encima un peso que la agobia, dejar ver su alma en ese estado de desesperación cuando cree que su única salida se ha cerrado. Irina para mí representa un aprendizaje en muchos aspectos y estoy sumamente agradecida a Laura Yusem y a Clara Pando por la confianza y el aliento. Estoy un poco sorprendida con los resultados, con la buena recepción del público, de la crítica. Es buena esta sensación de que estoy empezando a instalarme. R

Desde Irina, en Patio de Actores, Lerma 568, los domingos a las 19, $15 y $12, 4772-9732.

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Julieta Alfonso le pone el cuerpo a Irina, la menor de Las tres hermanas.
Imagen: Juana Ghersa
 
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