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Viernes, 19 de octubre de 2007

LEYENDAS

La vieja dama indigna

La semana pasada, su nombre, su pelo gris, sus arrugas, el sentarse de piernas abiertas en la puerta de su casa inundaron diarios y noticieros cuando se conoció la novedad. Finalmente, Doris Lessing había ganado el Nobel. Se mencionaron sus 87 años, su vaso de gin, y hasta se la definió como feminista. Se habló un poco de dos o tres de sus libros. Y poco más. Sin embargo, detrás de esa escritora con vida de novela hay bastante, mucho más: por empezar, una alborotadora con el ánimo intacto.

 Por Liliana Viola

El capitán Alfred Tayler había perdido una pierna durante la Primera Guerra Mundial y Emily McVeagh había perdido al amor de su vida. Dos perfectos candidatos para el matrimonio. Eso hicieron. Perfectos británicos: abandonaron la Inglaterra decadente de la posguerra y se instalaron en Persia, donde nació Doris May Tayler el 22 de octubre de 1919.

Persia en 1919 era Persia, y no iba a ser Irán hasta dos décadas más adelante. Doris nació en Oriente, en un territorio con nombre helenizado que viene de “Parsa”, que en persa antiguo quiere decir “más allá de los reproches”. Estos padres le estaban dando a la futura Doris Lessing un excelente comienzo para aspirar al Nobel.

CAMINO AL NOBEL

Y a los pocos años, hicieron todavía más. Habían regresado a Inglaterra en 1924 cuando en el transcurso de un paseo por el Museo del Imperio Británico los ojos del capitán se cruzaron con la réplica de una casita de campo en Rhodesia. “Hay que ir a Rodhesia y poner una granja”, dijo el capitán que no sabía ni cómo había que hacer para remover la tierra y lograr que creciera algo comestible o intercambiable por otra cosa. Así fue que su hija pasó la mayor parte de su infancia “en el medio de un gran paisaje con escasos seres humanos alrededor”, bajo la tutela del cielo estrellado de Rodhesia que su padre, sentado en una silla y fumando sin pausa, consultaba como quien asume que arriba hay más palabras. La madre hacía un autoritario esfuerzo por mantener vivo el espíritu anglosajón encargando encomiendas con libros para que la hija no se contaminara del ambiente salvaje y recuperando todo gesto, por más mínimo que fuera, siempre que fuera victoriano.

La escuela católica con religiosas tratando de extirparle el protestantismo de cuna no resultó. Doris abandonó sus estudios a los 14 años. “Todavía tengo algunas lagunas. Las cosas que los chicos normalmente aprenden a los 14, yo he tenido que ir a buscarlas a las enciclopedias. Me habría gustado aprender matemáticas y lenguas, me habría resultado muy útil en estos días”.

La laguna, las aguas, los ríos que se llevan datos importantes, como para los jóvenes pobres y aventureros de Dickens, ha sido su lugar privilegiado de formación. Suele enumerar tres tutores cuando le preguntan sobre esa ausencia de educación formal: Africa, el legado de la Primera Guerra y la literatura, especialmente la de Tolstoi y Dostoievski. “Estoy contenta de no haber sido educada en literatura, historia y filosofía, esto implica que no tengo este eurocentrismo corriendo por mis venas, al cual considero el único logro que Europa consiguió sostener: es prácticamente imposible para un occidental no ver a Occidente como un legado divino, sentirse tocados por Dios”.

En este punto, el capitán y su esposa desaparecen formalmente del camino que la llevará lentamente hacia el Nobel, aunque es justo mencionar que van a reaparecer en algunas novelas y también en Dentro de mí (1994), el primer volumen de su autobiografía. El padre voluntarioso y emprendedor de la historia de Martha Quyest (1952), primera de la serie “Hijos de la violencia”, bien podría ser un retrato de Alfred Tayler. Por lo pronto, Lessing ha admitido ante algunos amigos que esta serie es la más autobiográfica de sus ficciones. Dejó pasar 50 años desde sus noches en Rodhesia para retomar la confianza en la lectura de estrellas y construir entonces su serie de ciencia ficción ‘“Canopus’’, cuyo primer título está dedicado justamente al capitán Alfred Tayler.

CAMINO CONTRA EL NOBEL

Primero hizo aquello para lo cual había sido educada: digna blanca hija de blancos en colonia británica. Emplearse como telefonista, emborracharse a la salida, ir a muchas reuniones, casarse, tener dos hijos –un varón y una nena–. Inmediatamente después hizo lo otro: divorciarse, irse de casa sin los chicos, hacerse escritora, comunista, casarse en segundas nupcias, tener otro hijo, divorciarse de nuevo, renunciar al comunismo, publicar una primera novela, Canta la hierba donde un negro y una blanca viven una historia de amor en plenos años ’50 y en el paraíso de la segregación racial. “Cuando me convertí en política y comunista fue porque los comunistas de Rodhesia eran las únicas personas que yo había conocido que pelearan por la causa de los negros. Los comunistas de Rhodesia eran inocentes que probablemente habrían sido inaceptables en los partidos comunistas del mundo. Pero lejos de la doctrina comunista central ellos intentaban ser puristas.”

Esa cita resume un don de Doris Lessing: la facilidad increíble para ingresar antes que nadie, y retirarse cuando le parece, de las grandes ideas que ha ido construyendo el siglo XX –comunismo, stalinismo, psicoanálisis, feminismo, realismo, futurismo, intimismo, ciencia ficción– con válidas y suficientes razones, tanto para abrir la puerta como para el portazo. Será por eso que los señores suecos tardaron tanto tiempo en decidirse –ellos mismos declararon hace pocos días que la elección de Lessing ha sido la más sopesada de la historia del Nobel–, les habrá costado mucho seguirle los pasos a lo largo de estos 87 años de estado de alerta, respeto total a su sexto sentido de la libertad empezando por la propia, respeto a la escritura sin el menor apego a la crítica, los lectores fervientes, o los premios. Una combinación entre el lugar esquivo que ocupa el feminismo en el presente con el carácter de bronce de aquellas viejas batallas de las mujeres del siglo pasado consiguió, finalmente, que los astros suecos coincidieran sobre su cabeza.

En 1945 se casó con uno de los miembros del Partido, un refugiado alemán llamado Gottfried Lessing, de quien se divorció cuatro años más tarde, llevándose de casa un apellido de escritora y un hijo que mantener. Más tarde declaró: “Creo que el matrimonio no está entre mis talentos. He sido mucho más feliz cuando no estuve casada que cuando lo estuve. Soy una persona incasable. No puedo imaginarme un matrimonio que tenga sentido para mí. Una vez pasados los 30 años, creo, resulta cada vez más difícil casarse para una mujer. Es fácil cuando se es una adolescente; a lo mejor ahí reside el mecanismo para la continuación de la especie”.

El mismo voluntarismo que hizo emigrar a su padre y la seducción de una imagen –ya no la casita bucólica sino la de escritora profesional– la impulsaron a dejar Africa y volver a Londres. Ya estaba allí y había publicado entre otros Un casamiento convencional cuando en 1956, conocidas sus críticas implacables, se le negó la visa y la posibilidad de entrar en Africa del Sur, donde sus libros estuvieron prohibidos durante años. Más piedras para un mismo camino.

LA BIBLIA OLVIDADA

Doris Lessing, al recorrer el trayecto inverso al de su propio padre, estaba ubicándose en el lugar preciso en el momento correcto. Pronto llegó la primera confirmación: un emisario del Nobel se presentó personalmente en su casa para advertirle que nunca iban a darle ese premio. Inequívoca señal: faltaban apenas unos 40 años para que dijeran más o menos lo mismo pero en otras palabras: “El floreciente movimiento feminista lo consideró (por El cuaderno dorado) como un trabajo pionero, y figura entre un puñado de libros que informa sobre cómo era vista la relación de hombres y mujeres en el siglo XX”.

No es el único libro de Doris Lessing donde la situación de las mujeres, o los débiles, o las minorías tienen un lugar crucial en la trama. Pero en 1962, con la publicación de El cuaderno dorado, ingresó por la misma puerta por la que había pasado antes Simone de Beauvoir, como autora de la segunda Biblia del feminismo pero en versión literaria. El cuaderno... es una novela experimental donde una protagonista femenina, la escritora Anna Wulf, transcribe su crisis –donde se combinan diversas crisis, desde las de género pasando por las de época y continuando por las de todo escritor/a– mientras escribe una novela llamada Mujeres libres. Los cuadernos corresponden a los cuatro niveles de escritura y de pensamiento en los que podía descomponerse entonces la mente de una mujer emblemática. Anna Wuulf escribe cuatro cuadernos de nota simultáneos: el cuaderno rojo tiene el carácter de documento político, el amarillo representa el alter ego de Anna, el azul es un diario íntimo y el negro son memorias de infancia. La imposibilidad de capturar la vida absurda de esta mujer escritora, pero sobre todo el cuerpo cruzado por todos los conflictos que acechaban a una mujer en la década del sesenta, fue leído como descripción, diagnóstico y bandera.

Pero esto no iba a durar mucho. Doris Lessing, como ya aclaró más arriba, no ha nacido para ningún casamiento. Una década más tarde y, a pesar de que nunca superará su hábito de escribir con máquina eléctrica, se mudó al terreno del fantasy y la ciencia ficción. Los lectores, y sobre todo las lectoras, que la admiraban por aquella novela o por sus radiográficos cuentos –como “La costumbre de amar” o “Una anciana y su gato”– se ofendieron, se aburrieron, se desconcertaron y huyeron. Olvidaron casi todo. De hecho, John Mullan, en su blog de The Guardian, cuenta que la semana pasada, una vez que supo que Lessing había ganado el Nobel, preguntó a sus alumnos de secundario en la cátedra de Literatura Inglesa quién había oído hablar de ella –no leído–. Sólo seis levantaron la mano. Años atrás, los críticos más adeptos se lamentaban de “haber perdido una de las mentes más racionales en pos de estas fantasías intrascendentes” y por estos días Harold Bloom dijo algo parecido: “Aunque la señora Lessing al comienzo de su carrera tuvo algunas cualidades admirables, encuentro que su trabajo en los últimos 15 años es un ladrillo ... ciencia ficción de cuarta categoría”, que de todas maneras es mucho más amable que lo que antes ya había consignado en El Canon Occidental: “Aun cuando uno esté apasionadamente de acuerdo con la cruzada contra el macho humano instigada por Doris Lessing, su retórica de la exclusión no proporciona ningún placer”.

Lessing no se inmutó. La máxima presión que aceptó de su casa editora fue la que la llevó a escribir los dos primeros tomos de su autobiografía, que, por otra parte, en la década del ’90 se vendieron mucho más que sus ficciones. Pero nada de esto hizo desaparecer a esta escritora del planeta. Este año se publicará su última novela, probablemente una amalgama entre sus nuevas ideas sobre la falsa primacía femenina y el recurso de situar la acción en mundos paralelos al nuestro.

Y aquí, nuevamente entonces, llega la voz de la Academia sueca, otorgando valor a lo que hasta el momento se le ha negado: “La visión de una catástrofe global que obliga a la humanidad a volver a una vida más primitiva ha tenido un atractivo especial para Doris Lessing. Reaparece en algunos de sus libros de los últimos años, entre los que figuran Mara y Dann (1999) y La historia del General Dann, la hija de Mara, Griot y el perro de las nieves (2005)”. El Premio Nobel, injusto, arbitrario, prestigioso, sigue siendo el peso con el que se miden las trayectorias, la suerte y el nivel de adrenalina en el mercado editorial. Ahora ha sido concedido a una mujer de 87 años –su estilo de vejez es tal vez su última innovación– con una novela recién publicada. La mujer que recibe la noticia sentada en las escaleras de su casa –porque “adentro está todo muy desordenado”– con pollera larga, sonrisa y sin cruzar las piernas, no parece ser objeto de homenaje sino de el primer capítulo de algo por venir.

SIN CUARTO PROPIO

Doris Lessing vivió siempre en departamentos alquilados. Sistemáticamente se ha negado a formar discípulos. Ha tirado a la basura tres manuscritos que no le convencían. Considera que el saber no se transmite de maneras convencionales y ha repetido mil veces que si los seres humanos deben sobrevivir como especie, tendrán que adaptarse, lo que implica concebir muchas ideas a la vez, muchas veces contradictorias y sobre todo tener la capacidad de resistir a lo que el grupo cree que es lo que vale. Esta enumeración podría integrar un resumen de su vida. Pero todo resumen, en su caso sobre todo, ya se ha visto que es provisorio.

Muchos la acusaron de arrepentida y de gagá, cuando hace diez años declaró en Edimburgo que a las mujeres de hoy les estaba faltando sentido del humor y que los hombres, sobre todo los niños, estaban condenados a ser víctimas de un atropello, el de un discurso que los estancaba en un sitio de culpables e impotentes. ¿No hablaría Doris Lessing de la vanidad de un discurso que se regodea en su propio clisé mientras las leyes, la educación de niños y niñas, las políticas de salud, entre otras cosas, se mantienen estancas?

Hace unos pocos años, con el dinero de las regalías y de los premios en mano, acató el consejo de sus amigos que le decían que tenía que tener “la casa propia”. Para ese entonces, Lessing hacía rato que se las había arreglado para tener un cuarto propio y sus razones tendría para dejar evaporar aquello que ella llama “el oro mágico”. Y por eso, ahora tiene razón cuando se queja: “Todo el mundo me decía siempre que tenía que tener una propiedad... Bueno, ahora que la tengo, ocupo la mayor parte de mi tiempo haciéndome problema con agujeros en el techo, cañerías, y esas cosas.”

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