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Viernes, 1 de agosto de 2008

ENTREVISTA

El otro campo

La especialista en Historia Agraria Noemí Girbal analiza los términos en los que se dirimió el conflicto del agro y aporta algunas claves para identificar a una amplia variedad de actores que permanecen ocultos tras la palabra campo. El campo, definitivamnete, no es para todos el mismo campo.

 Por Verónica Engler

“A los que más rentabilidad tienen no les interesa ser los dueños de la tierra”, dispara la especialista en Historia Agraria Noemí Girbal, segura de que muchos de quienes se manifestaron en las rutas en contra de la Resolución 125 propuesta por el Poder Ejecutivo no son los poderosos del momento en la patria sojera que se extiende sin cesar por los suelos argentinos.

Hay un sector en las sombras al que no le interesó verse inmiscuido en esta disputa. “El poder no lo tiene Miguens (presidente de la Sociedad Rural Argentina), lo tiene Gustavo Grobocopatel”, afirma contundente Girbal a poco de asumir una de las dos vicepresidencias del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicet), desde donde secunda a la astrónoma Marta Rovira, la primera mujer en asumir la presidencia del organismo desde su creación, hace cincuenta años.

“Las ciencias sociales tienen que ser una de las áreas prioritarias del Gobierno nacional a la hora de pensar las políticas públicas –señala la responsable del Centro de Estudios Histórico-Rurales de la Universidad Nacional de La Plata–. Me parece que el Conicet ofrece un plantel de asesores de primera línea.”

Desde el Senado de la Nación, cuenta, mandaron a pedir bibliografía un par de semanas antes de la votación que derogó la Resolución 125, presentada por el Poder Ejecutivo para subir las retenciones a los sectores del agro que más ganancias obtienen con la producción de soja. “Desde el Conicet mandamos dos bolsas llenas de libros como para nutrir la discusión y el debate. ¿Cuánto se usó? No lo sé”, duda.

“Con la Resolución 125 se habían logrado algunos avances para los pequeños y medianos productores, pero con la caída de esta medida esos posibles avances también caen”, señala una de las coordinadoras –junto a su colega brasileña Sonia Regina Mendoça– del recientemente editado Cuestiones agrarias en Brasil y Argentina, libro declarado de Interés por la Secretaría Técnica Permanente del Parlamento Cultural del Mercosur.

¿Cómo se modela la Argentina agroexportadora?

–Este es un país agrario, que difícilmente se reconozca como tal, que se construyó de espaldas a su pasado aborigen, mirando desde el puerto de Buenos Aires hacia Europa, pensando que somos absolutamente distintos al resto de América latina y que podemos ser para América del Sur lo que Estados Unidos es para América del Norte y Central. Eso lo dijo la dirigencia argentina y lo llevó adelante durante mucho tiempo con una diplomacia que dejó mucho que desear. Esto es innegable y nos pesa a lo largo de toda nuestra trayectoria. En la división del trabajo, la Argentina pasó a ser un país productor de materias primas agropecuarias, y a partir de ahí se preocupó poco de ver qué alternativas había. La Argentina careció de una burguesía industrial, de riesgo. Hoy no sé si las oportunidades están dadas para que las pymes puedan lograr una expansión, pero cuando la tuvieron, durante el gobierno del peronismo histórico, en realidad usaron los créditos para pagar los beneficios sociales que el gobierno dio a los sectores trabajadores, para pagar deudas con la DGI, para pagar deudas con el sistema previsional, para comprar materias primas, pero no para realizar las inversiones fijas que se supone debe hacer un industrial para ponerse a la vanguardia, sólo lo hicieron durante un par de años.

¿De qué hablamos cuando hablamos de “el campo” hoy en la Argentina?

–Sin duda de algo muy distinto de lo que hablábamos a principios del siglo veinte. El primer llamado de atención en este cambio se da en la década del ‘70, porque aparece la figura del contratista, que nos muestra que la tierra está en poder de unos y la tecnología está en poder de otros. No siempre la tierra está en las manos de aquellos que tienen el capital, la tecnología y el conocimiento, a lo que aluden los principales empresarios de la soja que, en parte, se han apropiado de ese lenguaje del conocimiento. Por eso a mí no me resulta muy claro hoy el término oligarquía, por lo menos en el sentido que tenía a principios del siglo veinte, porque tampoco hoy la Sociedad Rural Argentina tiene el mismo peso que tenía cincuenta años atrás. Es bastante más matizado “el campo”. Pero históricamente, “el campo” siempre reacciona en conjunto, más allá de que todo lo que hay dentro de ese concepto sea muy diverso, se muestra como un sector único, aunque sabemos que no tienen los mismos objetivos la Sociedad Rural, la Federación Agraria, Coninagro o Carbap. Nadie se tiene que sorprender de que “el campo” aparezca unido, pero creo que si se sentaran todos a dialogar, no pensarían lo mismo a la hora de definir cuál es el perfil que el campo argentino tiene que tener, ahí se podrían ver las diferencias de los distintos sectores. Eso es lo que habría que poder conducir, pero no es fácil en un ambiente como el que se ha generado. Falta todavía un gran ejercicio de la ciudadanía y mucha política deliberativa, que la Argentina no tuvo durante años debido a los quiebres institucionales que ha sufrido.

Si no hay oligarquía, ¿quiénes conforman los sectores patronales del agro?

–Hoy hay commodities, capitales internacionales que invierten dentro y fuera de nuestra frontera. Ayer leí un reportaje a Gustavo Grobocopatel, que ha participado muy poco de esta disputa de los últimos meses, en el que decía que ya se ha posicionado en Brasil. Esto habla de que hay intereses diferentes de los que se podían encontrar en la Argentina de mediados del siglo veinte. Hoy, a los que más rentabilidad tienen no les interesa ser los dueños de la tierra, porque la rentabilidad pasa por otro lado. A mediados del siglo veinte se podía decir que un empresario agrario exitoso era aquel que tenía una gran extensión. Pero hoy una unidad productiva es económicamente rentable no siempre porque es más extensa, sino porque hay una relación entre lo que rinde y lo que se invierte. Por eso mucho de este proceso de siembra directa hace que los dueños de la tierra en verdad ofrezcan su tierra para que otro siembre, en este caso soja, pero el que obtiene el producto fundamental es precisamente el que comercializa la soja.

¿Cómo se puede entender desde una perspectiva histórica el conflicto surgido a partir de la Resolución 125 por la cual el Gobierno pretendía subir las retenciones a los productores que más ganancias obtienen con la producción de soja?

–Desde el punto de vista histórico, las retenciones no son nuevas. Aunque no se llamaran retenciones vienen desde los tiempos de Mitre, pero aparecen como retenciones a mediados de los años ‘50. Lo que ocurre es que este sistema de retenciones que está pensado para que de alguna manera las fluctuaciones en relación con el dólar las maneje el Gobierno y no un determinado sector, en este caso el campo, para los sectores agrarios históricamente siempre fue visto como una apropiación de la renta que no siempre se tradujo en un redistribución del ingreso. Según estos sectores (de la patronal agraria), y a la luz de algunas denuncias históricas, fueron siempre para paliar déficit gubernamentales. La Argentina hace rato que carece de políticas públicas de mediano y largo plazo, por lo tanto me parece que esta forma de confrontar no es la primera vez que ocurre, quizás lo que habría que preguntarse es por qué llegamos a esta situación crítica en un período en que la situación externa nos ayuda. Es casi como si la cultura de la crisis se nos hubiera hecho carne, pareciera que no podemos vivir sin una crisis.

Algunas representaciones sobre el campo, como por ejemplo el trabajo rural, que en otra época estuvieron más presentes en el debate, prácticamente no aparecieron en el escenario de la disputa de los últimos meses. Cuando Eva Perón presentó el Plan Agrario, por ejemplo, se hacía fuerte hincapié en el trabajo como motor de la reactivación del campo.

–Claro, pero lo que ocurre es que hoy hay una alta tecnología en el campo y se necesita muy poca mano de obra.

Esto es lo que denuncia el Movimiento Nacional Campesino, que se tiende a un campo sin personas que lo trabajen.

–Sin trabajadores agrarios. Además, en nuestro imaginario y en nuestras propuestas el trabajo ya no ocupa el lugar que ocupaba antes, porque ya no es un mecanismo para el ascenso social. Entonces, no me extraña que no se hable del trabajo rural, porque en verdad pareciera que hoy eso importa poco.

¿Cómo es este campo sin trabajadores?

–Produce casi sólo soja. En el nordeste la gente ya no produce algodón porque no hay quién lo compre. Por eso aquel que tiene la pequeña y mediana propiedad la destina para que alguien plante soja, y se preocupa poco de cómo queda su tierra. Pero no es que puede decidir, me parece que es porque no tiene opción, porque si siembra trigo, lino o cebada para que no se deteriore el suelo, ¿quién se lo compra? No es casual que los que más ganan con esta agricultura sin gente no participaron demasiado en estas protestas (patronales). Cruzaron la frontera y están invirtiendo en otro lado.

¿Los sectores que más usufructo tienen en este momento fueron los que menos se manifestaron en las rutas?

–Ellos no aparecen porque no les interesa. Y no es sólo Grobocopatel, está la Aapresid (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), que es una entidad que los agrupa. A mí lo que más me hace ruido en esta cuestión es que los que más ganan, no importan cuánto les apliquen, cambian de frontera y ya está, ahí se terminó su problema. Una unidad económicamente rentable no depende de la extensión, depende de cómo se la haga rendir, por eso generalmente la tecnología y el capital importan y eso está en manos de los que no tienen la tierra. Pero a mí me ofende que Gustavo Grobocopatel se llame a sí mismo “un Sin Tierra” y se ufane de eso, porque el problema de los Sin Tierra en Brasil es absolutamente grave y tiene históricamente una connotación muy fuerte en América del Sur.

Los sectores patronales del agro que se manifestaron parece que pudieron construir una cierta hegemonía, en el sentido de que lograron que una importante proporción de la población que no pertenece a ese grupo se identifique con sus valores.

–Hay una encuesta de hace unos años donde se confrontaban de acuerdo con los índices de medición quiénes serían clase media y a su vez quiénes se veían como clase media, y la pirámide era exactamente invertida. Aplicando los indicadores mostraba que la clase media había bajado, pero si se tomaban las representaciones que las personas tenían de sí mismas, se seguían viendo de clase media. Nos vemos como si estuviéramos detenidos en el tiempo. Cuando hace tres años atrás el gobierno nacional decidió, después de 125 años de Exposición Rural, no concurrir a la inauguración, y no sólo el presidente sino ningún miembro del gobierno, Miguens llevaba preparados dos discursos, uno por si se asistían representantes del gobierno y otro por si no se presentaban. Sacó el segundo discurso, que empieza con un extracto de las palabras con las que Nicolás Avellaneda inauguró la primera exposición Rural en Palermo. Eso da la pauta clara de que dicen: “Bueno, nosotros todavía seguimos siendo este sector”. Me parece que en ese aspecto es como un flanco más débil, que nos deja inermes frente al otro que se abroquela, que tiene todo un pasado que le permite abroquelarse y hace gala de ese pasado. No basta con que salga a combatirlos diciendo que son la oligarquía, les tengo que mostrar que hay algo más hoy, y que esto que antes valía hoy ya no tiene el mismo valor, que se devaluó en términos de sector.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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