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Viernes, 15 de mayo de 2009

PANTALLA PLANA

Orgullo Machu Picchu

Entre la comedia y el morbo, el villano de Aída, exitosa telenovela española, asienta su maldad en la xenofobia y la ignorancia. Su hábito de llamar “Machu Picchu” a todo latino que se precie genera simpatía y adhesiones entre los televidentes. En la vida real crecen las actitudes xenófobas y discriminadoras en ese país. ¿Debería la ficción superar a la realidad?

 Por María Mansilla

¿Quién es Mauricio Colmenero? Un personaje famoso en la pantalla española. Interpretado por Mariano Peña es el villano más popular de la serie Aída (Tele5), la más vista de España, de esas que les ganan en rating incluso a los grandes partidos de fútbol.

Una crítica de lo más sesuda descubrió al bigotudo de Colmenero así: “Típico fachorra de barrio, de prejuicios xenófobos y homófobos, taurino empedernido, amante del jamón serrano y los buenos puros, putañero y machista insoportable. Simboliza a nuestros autóctonos empresarios incultos y semianalfabetos. Regentea el Bar Reinols (en honor a Burt Reynolds, su ídolo) en el que emplea inmigrantes ilegales y a quienes explota y humilla descaradamente”. Como si nada, entre risas nerviosas de la clac, Colmenero se burla del pelo largo y lacio de los mexicanos, de la homosexualidad de su camarero, de la fealdad de una ecuatoriana, mientras se enriquece a costa de ellos.

En tono de sitcom, una de sus muletillas más festejadas –es decir, replicadas– es apodar a uno de sus camareros latinos como “Machu Picchu” (encima, ¡al camarero lo interpreta un actor español hijo de japonés!). Tanto que hoy, en España, el mote de cholo o sudaca habría sido actualizado por el nombre inca. Otro esfuerzo intelectual por nombrar a una clase marginada similar al que escracha la docuficción Un día sin mexicanos, que muestra que en California sintetizan de “mexicano” a todo ser proveniente de Tijuana para abajo.

Volviendo a Aída, el personaje toma vuelo justamente cuando el desempleo español alcanza una cifra record en la Unión Europea (12 por ciento), cuando se registra “un aumento de denuncias de abusos y discriminación contra ciudadanos extranjeros y miembros de minorías étnicas en el ámbito laboral, educativo, en el acceso a la vivienda, a lugares de ocio. Todo acompañado de un alarmante crecimiento de casos de tortura y malos tratos a inmigrantes por parte de agentes del Estado”, según Amnistía Internacional. Jutamente por ese contexto, “desde la visión que dan los medios sobre la situación de las y los inmigrantes debe haber más cuidado en la forma de informar, pues se generan estereotipos que utilizan las personas para juzgar o prejuiciar a las y los extranjeros”, precisa la Coordinación Nacional en España de la Red Europea contra el Racismo (ENAREspaña).

“Hasta la temporada pasada, Aída era para mí una distracción, hoy es una ofensa –dijo David Céliz en una carta de lectores–. Soy suramericano. Vaya, qué divertido es denigrar, humillar a la gente dando ejemplo de cómo nos deben tratar. Hay formas de llevar una broma sin hacer alusión a tu raza, sin pisotear tu amor propio ni tu dignidad. Tengo a mi familia aquí y, como muchos machupichus, estoy casado con una española, tengo un hijo que es español, y sé que la mayoría de la gente española es abierta y me llevo bien con casi todos.”

Desde el medio, por supuesto, la reflexión es nula. Según un análisis realizado por el diario El país, para Eduardo García Matilla, de la compañía de análisis de audiencia Corporación Multimedia, Aída cuenta “con personajes arquetípicos pero definidos y potentes” que, a pesar de “tener un punto pícaro demuestran una ternura que los hace simpáticos y que, de paso, suaviza algunos planteamientos criticables”. El productor ejecutivo del ciclo sostiene que se “mezcla el humor con el drama, la capacidad de reír y llorar, y todo aliñado con un fondo social importante y un lenguaje directo”. Embanderan el tono políticamente incorrecto.

Apenas dos advertencias habría recibido la sitcom: una, de la Fundación Alpe, que hizo juicio “por trato vejatorio” hacia las personas enanas. La otra, autocensura: cuando se modificó el guión para evitar el aspaviento que generaría que uno de los personajes principales se enamorara de un cura... para qué ofender a la Iglesia.

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