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Viernes, 11 de enero de 2002

DISEÑO

Joyas avant garde

Viviana Carriquiri, Marina Molinelli Wells y Daniela Schwartz integran Quarto, una formación de joyeras contemporáneas que experimentan con materiales, combinando elementos que traen desde la arquitectura, el diseño industrial y la indumentaria.

 Por Victoria Lescano

Plata con silicona, técnicas afines a las de los sables de samurais, collares de cuero transformables resumen la apuesta conceptual de Quarto, la agrupación de joyas contemporáneas que integran Viviana Carraquiri Marina Molinelli Wells y Daniela Schwartz, mujeres que –por orden de aparición– combinan disciplinas tan diversas como la arquitectura, el diseño industrial y la indumentaria matizada con vestuario y maquillaje para circos y la danza. El resultado son joyas rara avis y antítesis de los collares de diamantes que codició Lorei Lee en Los caballeros las prefieren rubias y que ellas promocionan en conjunto aunque sin sacrificar individualidades.
Hicieron su presentación en sociedad en la última edición del Baaf Week y el circuito de distribución actual incluye al shop del modernísimo museo Malba, el showroom de Mariana Dappiano en Palermo Viejo y las tiendas multimarcas La Aurora y Bilbo.
“Somos muy amigas desde que cursábamos el Ciclo Básico y un día de principios de los noventa, paseando por Plaza Francia vimos en el puesto de Jorge Castaño un cartel que ofrecía clases de joyería, él fue nuestro maestro en diferentes momentos”, cuentan bebiendo té de cedrón, reunidas en el jardín de la casa de Viviana, mientras despliegan sus piezas únicas y cada una sintetiza conceptos de sus colecciones.
“Las piezas tienen muchas posibilidades: se pueden transformar y hacer con ellas lo que quieras, hace unos días me llamó una señora a la que le regalaron una gargantilla con silicona, plata y lentejas de cristal Swarovski mía, para decirme si le podía quitar los cristales; quería modificarla con botones de madera y corcho de acuerdo a cada atuendo y yo le dije: ojalá que la próxima vez que nos veamos no reconozca la pieza”, dice Daniela Schwartz sobre los colgantes símil fideos orientales y sondas hospitalarias de su colección Llanura Pampeana que causan sensación entre seguidoras de la moda. En los últimos seis años recorrió el mundo -Londres, México, la India fueron parte del itinerario a veces como diseñadora de joyas, otras como bailarina y también como integrante del circo galés Nofit State Circus–.
“Así como mi colección de hace dos años partió de la danza, porque por entonces yo bailaba doce horas y en el medio me iba al taller y hacía bocetos de los cuerpos en movimiento, calaba y cincelaba, en esta combino un papel reciclado que encontré en Alemania con tiras de silicona, cristales y esmalte. Muchos de los disparadores, la pertenencia y las imágenes son parte de la memoria de la infancia, especialmente un campo al que solía ir con mis padres y del que rescato la contemplación de las luces de los autos –aquí iconizadas con fulgurancias by Swarovski–.
Su currículum incluye el desarrollo de joyas para la colección 97 de Jean Paul Gaultier. “Estaba viviendo en Londres y trabajando en el circoGlastonbury, viajé a París para reunirme con Caterine, la jefa de diseño de accesorios. Me acuerdo de mi sorpresa al llegar a la maison y ver que nuestra fuente de inspiración había sido la misma, la organicidad de las líneas celtas. Me encargaron un colgante enorme casi pechera, anillo y aros, que hice con antiguos camafeos de ónix y plata en el taller de amigos de Le Marais. Me divirtió mucho ver mis piezas rodeadas de cientos de guardaespaldas que custodiaban piezas de platino y diamantes prestados por los joyeros de Van Cleef & Arpels”.
Viviana Carriquiry es sin dudas la más fan de sumergirse durante horas en la disciplina del banco de joyero. Su colección, Línea, está desarrollada con la técnica japonesa mokume gane, una fusión de chapas de plata y cobre que los japoneses usaron en sables de los samurais y actualmente fue recuperada con fervor por algunos joyeros contemporáneos.
“No es nada simple, lleva mucho tiempo de desarrollo y requiere hasta el trazado de planos”, dice sobre los anillos, esclavas y collares y otras piezas esculpidas por construcción. Importa que el cobre no manche la piel, en algunas el cobre está más marrón, me interesa que el material mute y genere cambios constantes que contrastan con las formas muy puras, geométricas y con aristas muy acentuadas”, dice Carriquiry, quien rescata como grandes hitos de la historia de la joyería las máscaras egipcias cinceladas con la forma de la cara del muerto y también las curvas del art noveau. Sobre sus clientas destaca que son mujeres de diversas edades, no especialmente vinculadas con el mundo del diseño que aprecian, valoran y pueden pagarlas.
“En Piel Argentina tomo materiales autóctonos y los resignifico; mis piezas se abren y se cierran por donde quieras, a muchas las podés transformar y con una gargantilla podés hacerte un collar y un juego de aros. En el proceso pasé por tornillos, remaches hasta dar con unas tuerquitas de aro”, apunta Marina Molineli Wells, el pelo sostenido con un rodete y pintado de violeta, y un discurso sobre el diseño integral que le aporta su formación de industrial designer. Despliega su colección con cuero –en verdad restos y muestrarios de los años en que trabajó diseñando zapatos para marcas– que combina con plata. El lado b de su colección se llama Tramo y su línea argumental incluye piezas con alto contenido de diseño, pero resueltas sin fuego ni soldadura y con materiales que vengan listos –flejes de plata o silicona elastizada de colores son algunos ejemplos– y la riqueza está en las terminaciones. “Tienen la espontaneidad de que las tirás y te las sacás, juego con el efecto que provoca ponerlas en la mesita de luz, cuando al caer trazan un dibujo y luego se modifican con el movimiento”.
Sobre la inserción de la joyería contemporánea en los circuitos locales, dicen: “Hay gente que trabaja sola en su casa, pero no hay exposiciones y tampoco galerías de arte dedicadas a la joyería contemporánea como las que abundan en el mundo. Como todavía es difícil encontrar lugares donde mostrar producto, decidimos juntarnos para darle más fuerza, sin dejar de lado que cada una tiene algo que le gusta más hacer. Notamos que la decisión de comprar es distinta a la de la ropa”. Sus precios oscilan entre 20 y 50 y las más exclusivas desde 80 hasta 500.
“A partir del art noveau empezó una revolución en la joyería, también marcaron cambios el arte oriental y lo japonés. Si miramos más hacia atrás, destacamos a los celtas y los etruscos y las funciones de la joyería más allá del adorno y con significados sociales muy fuertes. En el mundo occidental sólo continúa el ritual del anillo de compromiso o casamiento”, coinciden las diseñadoras de Quarto. Y acto seguido, agregan que uno de sus encargos más frecuentes son las alianzas. “Hice para mi hermana, mi mejor amiga y también para un diseñador industrial que al encargármelas me dejó los planos hechos por él, algo que me reventó pero lo tuve que respetar porque yo haría lo mismo”, cuenta Marina. “Es un objeto de deseo y en su búsqueda mucha gente manifiesta que no le gustan las alianzas clásicas y que las alianzas con diseño tienen otra expresión. También me las encargan gente grande, gente a la que le robaron la alianza”, agrega Carriquiry y Schwartz concluye: “A mí jamás me encargaron anillos de compromiso, sin dudas es por mi espíritu nómade”.

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