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Viernes, 10 de julio de 2009

TESTIMONIOS

El dolor en acción

María Eberarda es una mujer maya que integra la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala, una organización formada después de tres décadas de conflicto armado y de opresión sobre los pueblos indígenas y sus tradiciones. La defensa de la tierra, el fortalecimiento de las mujeres desde una perspectiva de género y la recuperación de la espiritualidad de su pueblo son metas que le sirvieron para resignificar una historia personal plagada de pérdidas y violencia.

 Por Maria Sol Wasylyk Fedyszak

Cuando el ejército secuestró a su cuñado, su hermana estaba por dar a luz. Ya lo habían torturado y lo habían metido en un hoyo, pero aun así lograron rescatarlo. La Comandancia Militar guatemalteca había dado un ultimátum arbitrario para quien no haya vivido de cerca el conflicto armado que durante tres décadas asoló al país: si el bebé que esperaban era varón, iban a matar a su cuñado; lo iban a dejar con vida si era niña. Finalmente nació varón pero lo declararon niña y así salvaron su vida.

Esto es lo que cuenta María Eberarda, integrante de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua), para dar cuenta del motivo de los recurrentes secuestros y desapariciones por parte de ejército en la Guatemala de principios de los ’60 hasta fines de los ’90: los hombres se negaban a formar parte de sus filas.

El conflicto armado se cobró alrededor de 200.000 vidas en ese país y hasta la fecha es un genocidio que el Estado no termina de reconocer. Ese historial de violencia marcó la vida de millones de habitantes de ese país. Es el caso de esta mujer, que pudo dar testimonio de sus vivencias en la IV Cumbre Continental de Pueblos y Nacionalidades del Abya Yala.

El escenario de este encuentro fue a orillas del lago Titicaca, en la Universidad del Altiplano, en Puno, entre el 29 y 31 de mayo de este año. Abya Yala proviene del idioma del pueblo ancestral kuna, de Panamá. Originalmente significa “tierra virgen” y hoy en día políticamente para los pueblos y nacionalidades indígenas se reivindica como el nombre del continente americano entero. Integrantes de organizaciones indígenas de Kenya, Canadá, Estados Unidos, Suecia, Nicaragua, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, México, Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia presenciaron esta megarreunión que se dividió en tres partes: primero, la I Cumbre de Mujeres Indígenas, seguida por la II Cumbre de la Juventud y de la Niñez y finalizó con la IV, donde las voces originarias del continente se unieron en un acto en común de defensa de la Madre Tierra. Asistieron alrededor de 6000 personas.

En medio de todo, María aparece envuelta en un chal que deja entrever sus atuendos bordados a mano, su pollera y camisa, grandes artesanías que portan todos los colores de la tierra. María es maya y fue invitada a disertar sobre genocidio junto a pares de México y Perú. El conflicto armado fue la continuación de la situación colonial”, resume María. En ese período hubo 626 masacres contra los indígenas y 400 aldeas devastadas.

María diserta sin quebrarse hasta que se le pregunta por el modo en que ella se vincula con la organización. Para explicarlo, se remonta a su niñez. “En 1980... ’81 yo tenía seis años y eran los tiempos difíciles del conflicto armado... Era muy pequeña y mi papá era perseguido por el ejército porque era un líder religioso y a nosotras nos tocaba quedarnos en casa cuidando a los hermanos pequeños... a él le toca salir a defender, ya no se queda durmiendo en la casa, sólo nosotros chiquitos nos quedábamos cuidando la casa... Yo no entendía por qué nos quedábamos... a veces nos quedamos encerrados, no nos dejaban salir afuera y ni siquiera podíamos encender nuestro ocote (trozos de madera para encender el fuego) porque nosotros vivíamos en una comunidad en la que no había energía eléctrica. Un día mi hermana tenía como 12 años y nos fuimos al molino... cuando encontramos al ejército en el camino y nos dijeron que les dijéramos dónde estaba mi papá porque si no nos iban a matar. No respondimos, sólo nos quedamos tiesas, nos quedamos paradas y nos pegaron con el arma que cargaban, pero no respondimos y de repente se fueron. Nosotras seguimos nuestro camino. En ese tiempo no podíamos hablar de esas cosas, no se podían hacer comentarios de lo que nos pasaba.”

María heredó de su padre, finalmente detenido y torturado por el ejército, la vocación de trabajo en las comunidades para preservar la identidad cultural a pesar de la fuerza brutal utilizada para aplacar esos ánimos. “La colonización nos afectó la religiosidad. Eso me llevó a pensar que el conflicto armado es un sistema de la religiosidad en Guatemala y en toda América latina. Los protestantes podían ir a sus iglesias pero estaba prohibido el trabajo en las comunidades.”

Conavigua tiene sus antecedentes en los años 1985, ’86, ’87. Se inicia con grupos de mujeres mayas viudas de diferentes comunidades del país. Originalmente se unen para sobrevivir y denunciar la política de represión, cuyos resultados fueron el asesinato y la desaparición de sus esposos, hijos, hijas y otros familiares, así como la violación sexual de mujeres. Era un contexto nacional de aguda represión e incipiente democracia. En esos años se trataba de alivianar las necesidades básicas, buscando ayuda y el acopio de víveres para madres e hijos en condiciones de orfandad. Por todo eso, desde el principio se trató de promover desde la organización el desarrollo integral de la mujer y la equidad de género, se trabajó contra la militarización del país y el reclutamiento militar forzoso y para promover el respeto de los derechos humanos.

“Creo que lo que nos llamó la atención de estar en una organización fue la búsqueda de una justicia digna. Pero no se puede, no se puede encontrar una solución... todas las cosas que han pasado han quedado allí, es como si no hubiera pasado nada. Yo crecí sobre todo eso.”

LA IMPUNIDAD COMO HERIDA

Los Acuerdos de Paz son en la práctica un eje transversal de Conavigua que acompañó y brindó su asesoría legal en más de 100 procesos de exhumaciones e inhumaciones, beneficiando así a más de 4 mil familias sobrevivientes. “En Guatemala se firmó un acuerdo de paz pero eso no quiere decir que eso no volverá a ocurrir... Tampoco quiere decir que haya habido justicia para las víctimas. Todo quedó impune. No hay justicia para los genocidas, muchos siguen dentro de los partidos políticos”, cuenta María.

En el territorio de Guatemala existen 22 idiomas de la familia lingüística maya además del xinka, el garífuna y el español. Los pueblos indígenas tienen más de seis millones de habitantes y conforman el 60 por ciento de la población total del país. Después de Bolivia, es el segundo país de América con mayor proporción de población indígena, sin que ello haya significado hasta ahora una mayor inclusión en las estructuras del Estado. El último informe nacional sobre desarrollo humano confirma la exclusión que pesa sobre la población indígena: el 73 por ciento es pobre y el 26 por ciento es extremadamente pobre.

Dentro de Conavigua hay un programa de fortalecimiento organizativo, de justicia y dignificación a las víctimas. “Yo estoy dentro del programa de incidencia y derecho colectivo de los pueblos. Ahora estamos documentando violaciones de derechos colectivos de los pueblos indígenas sobre todo por los megaproyectos de minería, de energía hidroeléctrica, las antenas telefónicas que son parte de los Tratados de Libre Comercio (TLC), de la modernización y no se le consulta al pueblo si aceptaría una antena telefónica en sus casa.”

En varios lugares del país, las organizaciones indígenas realizaron actividades de protesta en contra de la instalación de megaproyectos extractivos en sus territorios. Las mismas fueron reprimidas violentamente por las fuerzas de la policía gubernamental, dejando a su paso varias personas heridas y fallecidas. Una respuesta gubernamental ante la resistencia y los reclamos de los pueblos indígenas fue la puesta en marcha del llamado “estado de excepción”, una medida que restringe los derechos de organización y movilidad de las personas, según informa la publicación Mundo Indígena, de Iwgia, que da cuenta del estado de situación de estas poblaciones en el mundo.

La Constitución de Guatemala tiene la sección tercera dedicada a las comunidades indígenas. En ella se garantiza la protección a los grupos étnicos del país así como a las tierras indígenas y a los trabajadores que se trasladan a las fincas. Aunque sea bastante limitada en cuanto a derechos de los pueblos indígenas, los Acuerdos de Paz firmados durante la década de los ’90, especialmente el Acuerdo de Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, se han tomado como el marco legal de referencia en dicha materia y, en ocasiones, sus demandas han sido incluidas en la legislación secundaria. Asimismo, Guatemala ratificó el Convenio 169 de la OIT en 1996.

También, la Constitución garantiza la libertad religiosa. No obstante, las creencias y prácticas espirituales indígenas fueron más o menos perseguidas a lo largo de los siglos, replegándose al ámbito de lo privado. Todavía hoy existe la creencia de que los curanderos, ajq’ij, sacerdotes mayas, guías espirituales o contadores de los días son brujos que hacen daño a las personas. El movimiento indígena y maya centró parte de sus esfuerzos en la revalorización de dichas creencias y la posibilidad de su ejercicio público, reivindicando la participación indígena en la gestión de los lugares sagrados del país y el libre acceso de los guías espirituales a los lugares sagrados. Siguiendo los pasos de su padre, María creció y se entregó a la espiritualidad desde hace 8 años, y forma parte del consejo de guía espiritual de otra organización.

“Yo creo que todo esto que nos pasa es una secuela que no se podrá borrar. Le estábamos pidiendo al gobierno que reconozca que hubo genocidio y que repare los daños materiales, psicológicos. Logramos un programa de resarcimiento dentro del gobierno, pero también hay corrupción y eso hace que no se llegue a toda la gente.”

En Conavigua hay mujeres jóvenes, niñas y adultas. “Conocer nuestra historia y revivir nuestra identidad” son los ejes que no pierde de vista María a la hora de encarar su trabajo a diario con ellas.

“Tengo dos hijos, una de 12 y uno de 3. Han crecido dentro de mi trabajo, dentro de las comunidades. Siempre les pregunto si quieren venir conmigo o quedarse en casa. Siempre me acompañan. Tengo el trabajo en la organización, pero tengo dos días o un día y medio para darles atención a ellos. Espero que sepan entender algún día y que hagan el trabajo que yo hago”, se anticipa María.

Apenas terminada la entrevista, María fue una de las guías de la ceremonia religiosa que se efectuó durante la Cumbre para que se pudiera llegar a buenos acuerdos. Es que la IV Cumbre fue también escenario de un pedido bien concreto del pueblo peruano. De una forma desesperada solicitaron que se determine una acción para evitar la masacre de la gente en la Amazonia peruana porque se estaba vendiendo de a porciones el país. En esos días se decidió efectuar plantones en todas las plazas públicas en señal de rechazo a la medida del gobierno. No fue suficiente. Cuatro días después de terminado el encuentro, los medios ya hablaban de 30 indígenas muertos en brutal represión. Y el número siguió aumentando con el correr de los días. ¤

Cómo contactarse: www.conavigua.org.gt

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