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Viernes, 10 de julio de 2009

La locura y yo

A lo largo de diez años de tratamiento psiquiátrico, la artista británica Bobby Baker llevó un preciso diario íntimo que ahora se exhibe en Londres. Un centenar de acuarelas que dan cuenta de los estados alterados y de los escuetos límites entre locura y cordura.

 Por Paula Porroni

Poco reconocida fuera del Reino Unido, Bobby Baker es tal vez una de las artistas contemporáneas más sorprendentes. Baker se formó en la escuela de arte de St. Martins de Londres a comienzos de los años setenta, y su obra es heredera tanto del pop (Claes Oldenburg y Roy Lichtenstein son sus mayores influencias) como de las “esculturas vivas” de Gilbert y George, y del feminismo radical de esa década. En sus performances, que incluyen desaforadas lecciones de cocina en las que se lanzan peras como proyectiles, o una inquietante guía sobre cómo hacer las compras en un supermercado, entre otras, Baker explora el potencial para el absurdo que tienen las pequeñas rutinas de la vida cotidiana, especialmente la vida cotidiana de las mujeres.

Sus dibujos, que ahora se exhiben en el Welcome Trust de Londres, constituyen una zona menos conocida del trabajo de la artista pero, al igual que sus performances, son profundamente sugerentes y conmovedores. La muestra se titula “La locura y yo”, y en ella se exhiben las acuarelas que Baker realizó a lo largo de diez años de tratamiento psiquiátrico. Parte de una exposición más amplia sobre los cruces e interrelaciones entre el discurso médico y las artes visuales a comienzos del siglo veinte en Viena, la muestra de Baker funciona como una coda contemporánea, e invita a pensar el vínculo entre arte y salud mental en el presente.

En una pequeña nota a la entrada de la sala, Baker explica el origen de las más de ciento cincuenta acuarelas que cubren las paredes de la galería: después de un período de trabajo intenso, y sin razón aparente, a principios de 1997 Baker comienza a sentir que su vida se desmorona. Cuando al poco tiempo empieza a asistir a las reuniones de una comunidad terapéutica –reuniones que, a medida que su condición se deteriora, se convierten en una internación– Baker se propone una misión: realizar al menos un dibujo por día, a la manera de un diario visual, registrando sus experiencias. La muestra consiste entonces en una selección de esos dibujos acompañados por breves comentarios que explicitan de manera más clara un relato. Dividida en secciones correspondientes a distintas etapas de la enfermedad y su tratamiento, la muestra funciona como el testimonio de un proceso y un devenir sin desenlace aparente.

Desde un inicio, Bobby Baker se instala como personaje central de sus dibujos: rostro afinado, mentón prominente, pelo rubio y corto pegado al rostro, eternos pantalones y suéter. La existencia de un personaje reconocible, así también como el hecho de que los dibujos vayan construyendo pequeñas escenas o episodios, le da al conjunto un aire como de novela gráfica. A medida que avanzamos en el recorrido de la muestra, podemos seguir el devenir de este personaje y los avatares de su relación con una enfermedad cuyo diagnóstico fluctúa: en una primera instancia, a Baker se le diagnostica trastorno límite de la personalidad, diagnóstico que luego es modificado por el de depresión acompañada por distintos episodios psicóticos. Frente a la variedad de diagnósticos, tratamientos y curas, aquello que se mantiene constante es una sensación de impotencia y desconcierto que el diario apenas logra conjurar.

La cuestión de la salud mental y los discursos y prácticas que lo rodean nunca fue ajena a la obra de Baker. En los años noventa, y como parte de la serie sobre la vida cotidiana, Baker realizó una serie de performances en las que exploraba la relación del cuerpo femenino con las prácticas y discursos médicos. En una de ellas, por ejemplo, el trato frío y profesional del personal hospitalario era exacerbado y sistematizado a tal punto que se convertía en una aceitada coreografía de baile cuyo centro era el cuerpo anestesiado de una mujer. Más recientemente, en la serie Cómo vivir, Baker se apropia del discurso de la terapia cognitiva en una serie de videos que proporcionan “skills” para vivir una vida más plena: lo cómico del caso es que el “sujeto” afligido a quien van dirigidos los consejos de una Baker-terapeuta es una arveja. Refiriéndose a esta serie de performances, Baker señala: “Lo que trato de hacer es llamar la atención sobre lo ridículo que resulta pensar que existe un manual de habilidades que, si se sigue al pie de la letra, puede enseñarnos cómo vivir. En este sentido, me burlo de los intentos por sistematizar algo que es tan complejo”.

Al igual que en sus performances, las cuales parten de los aspectos más triviales del día a día (como pelar una zanahoria, por ejemplo) para desnaturalizarlos, el punto de vista adoptado para hablar del sufrimiento y la enfermedad es el de la vida cotidiana. En sus dibujos de colores brillantes, que recuerdan a las ilustraciones de un libro de cuentos a la vez tierno y escalofriante, Baker describe los distintos centros de atención psiquiátrica a los que fue derivada y las diferentes modalidades de tratamiento a las que se sometió (desde la terapia de grupo hasta la internación); presenta a otros personajes, igualmente vulnerables, y relata sus historias; ofrece un detallado análisis de los efectos de la medicación, y analiza las consecuencias de su malestar en la familia y su vida profesional. La elección de esta perspectiva es importante, ya que de algún modo desmitifica el potencial creativo (casi visionario) asociado tradicionalmente al sufrimiento y “la locura”; en el diario de Baker, el sufrimiento no tiene nada de épico; es, simplemente, banal.

De todo este diario visual, tal vez las imágenes más cautivantes son las menos narrativas –aquellas que buscan transmitir visualmente sensaciones y fantasías–. Así, por ejemplo, en un dibujo Baker se representa a sí misma con dos bocas; en otra imagen, su rostro se desprende del cráneo como si se tratara de una máscara. Estas imágenes son poderosas en tanto que logran condensar la íntima interpenetración de lo físico y lo psíquico en el sufrimiento. En otras ocasiones, Baker apela a metáforas para hablar de sus sensaciones, figuras del lenguaje que son vueltas literales, hechas carne. En el margen superior de una de las entradas del diario se lee: “Me asaltan pensamientos incisivos”; en la imagen que aparece debajo, la figura de Baker es atacada por filosos fragmentos de vidrio.

Otro aspecto llamativo del diario es la visibilidad que adoptan las angustias contemporáneas más silenciadas, tales como la autoagresión o la bulimia. En las imágenes relativas a los episodios de autoagresión, tal vez las más negras de todo el conjunto, el cuerpo de Baker aparece cubierto de cortes, o atravesado por ganchos, o mutilado, y sangrando profusamente. Si bien sombrías, las imágenes logran, por su desmesura, correrse de un realismo burdamente escatológico. La imagen, acaso por excesiva, logra separarse del detalle autobiográfico para volverse, en cambio, emergente de un dolor fuera de todo proporción. En relación con estos dibujos, Baker comenta con humor que en el centro de día al que asistía cuando los realizó, se había vuelto un chiste entre staff y pacientes el hecho de que el color rojo fuera el que siempre se le terminara primero. Y, efectivamente, es el humor, o mejor dicho, esa variante británica que consiste en reírse de las falencias y desgracias personales, el otro recurso que, atravesando toda la obra, evita que ésta caiga en el melodrama o el sentimentalismo.

La muestra no sigue una lógica tranquilizadora en la que a la enfermedad le sigue la cura o la recuperación. Más bien, lo que el diario articula son zonas de mayor o menor malestar/bienestar, equilibrios siempre precarios y efímeros. Tampoco hay un desenlace, mucho menos un final feliz, tal vez asociado a un regreso a la “normalidad”. Fan de Winston Churchill, Baker cierra la muestra con una cita del estadista inglés: “En lo que a mí respecta, soy un optimista, cualquier otra postura carece de sentido”.

Pueden verse videos con las performances de Baker, así también como fotos del diario, entrevistas y textos críticos sobre la artista, en www.bobbybakersdailylife.com

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