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Viernes, 10 de julio de 2009

PALABRAS MAYORES > COSAS MARAVILLOSAS

Tiempo vivo

Una recorrida por jugueterías con pocos tesoros encontrados y la misma, robusta, certeza: la materia del juego sigue siendo la imaginación.

 Por Guadalupe Treibel

“Un poeta moderno dice que para cada hombre existe una imagen cuya contemplación le hace olvidarse del mundo entero: ¿cuántos no la encontrarán en una vieja caja de juguetes?”, se pregunta el filósofo berlinés Walter Benjamin en su libro Papeles escogidos y abre la exploración a una realidad paralela: la que permite (o acompaña) el juguete. Como lugar de incertidumbre, de reglas mutantes, de placer, el juego no es tiempo muerto: es expresión, una forma de decir diferente de 0 a 12 años.

Porque en tiempo de gripe animalada y vacaciones obligadas el foco de atención vuelve a la casa, nobleza obliga y, a los recursos caseros, se suma la oferta de tiendas. Algunas (pocas) originales y mucho más de lo mismo, demuestran que de recursos vive el niño. Porque, cada vez más, el juguete es ABC1 y cuesta —sencillamente— una barbaridad, con pianitos en hasta 1100 pesos o microscopios a más de 300.

Tal es el caso de KicoNico, el oso estrella de la marca Imaginarium que, por 99,90 pesos, apuesta a la diversidad: Cabezón, con una oreja más grande que la otra y un bracito remendado, la idea del simpático peluche es mostrar que no hay que ser perfecto para ser querido. MonkiNico y PacoNico, sus amigos mono y pato, siguen la línea de tolerancia y parche.

Pero si de encastre y estimulación se trata, la tienda Giro Didáctico amplía el panorama con accesibles desmontables de letras, días y partes del cuerpo desde 10 pesos. Además, el hacer está a la orden del día, con productos para diseñar muñecas (por 40 pesos), clips y llaveros (por 23) o cortinas (en 38). Ni hablar de la pintura para vidrios que llama a pequeñas y pequeños a vivir la vida loca decorando sus propias ventanas. Siguiendo el tour, entre los stands de la casa Cebra, una particularidad: bajo la sentencia “lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá al hombre”, el juego Defensor Ecológico se basa en preguntas y respuestas ecológicas sobre especies en vías de extinción de Sudamérica. Mente verde (y categórica), a 48 pesitos de distancia.

Después, más de lo mismo. Sin ofertas especiales por la situación particular de estornudos, las tiendas continúan emulando e inspirándose de films ATP. Así, muñecos y disfraces de Iron Man, Transformers, Shrek, Hannah Montana y princesas (demasiadas princesas) se acomodan por las perchas y estantes de “El Mundo del Juguete” y (casi) cualquier otra juguetería. También los —ya— clásicos DibuDilo, Damas, Dominó y Bingo (más económicos) o las minilaptops o robots (más caros). Como el Mindstorms, de Lego, que se programa y funciona por ¡3298 pesos!

Por suerte, no sólo de objetos se nutren los chicos. El fetiche es la excusa, no el disparador. “La esencia del jugar no es un ‘hacer de cuenta que’, sino un ‘hacer una y otra vez’, la transformación de la vivencia más emocionante en un hábito. Porque el juego es la partera de todo hábito. Comer, dormir, vestirse, lavarse, tienen que inculcarse al pequeño en forma de juego, con versitos que marcan el ritmo”, explica Benjamin, una vez más.

Entonces, a darse el tiempo para musicalizar las costumbres y —para reducir costos— alentar prácticas de siempre. Como fuertes o tiendas hechos con cajas, sillas o sábanas. O burbujas de jabón. O recetas. O cuentos bien contados. U ollas/batería, veo veo, micro escondidas, piedra papel o tijera, tatetí, el juego de la papa (que sólo necesita hoja y dos biromes). O dibujos. O proyectos que involucren viajes interespaciales y bandas de rock.

“Todo podría lograrse a la perfección, si las cosas pudieran realizarse dos veces”, dice Goethe. Las nenas y nenes se hacen eco de la sentencia. Y hacen todo cien, mil veces. Por eso, reelaborar la experiencia (con y para ellos y ellas) está al alcance de la mano. Con o sin billetera robusta.

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