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Viernes, 11 de diciembre de 2009

PERSONAJES

Doble vida

La justicialista Graciela Camaño es la política del momento porque se fue del Frente para la Victoria porque no quiere compartir banca con Néstor Kirchner. Sí comparte hace treinta años matrimonio con Luis Barrionuevo. Y lo que parece soportar en la intimidad no lo soporta en política. Nunca vivió sola, pero ahora sí tiene un bloque unipersonal.

 Por Luciana Peker

“Me gustan los hombres hombres”, dijo recalcando, repitiendo, repicando en la palabra hombres, doblemente hombres, como si ser hombre no bastara para ser hombre para la diputada Graciela Camaño, casada con un hombre emblemático del sindicalismo champagnista (“nadie hace la plata trabajando”, dixit). De ella, en cambio, dicen que trabaja. Y mucho. Le han achacado –en una chicana que nunca puede ser argumento sino machismo político, sea contra quien fuere– su apariencia y ella, en cambio, se define y se desvive por ser coqueta. Pero sobria. Neutra.

“La intimidad es política” es la frase con la que el feminismo desnudó la hipocresía de los dobles discursos y sacó de la idea de vida privada las ideologías puertas adentro. Por eso, de esta mujer que, en estos días, los diarios sólo hablan por su decisión política también se puede contar de su perfil de mujer. Nació en Roque Sáenz Peña, en Chaco, y vivió ahí hasta los siete años, donde estudiaba piano. Hasta que la debacle económica de su familia le sacó las manos del lugar de señorita que da en la tecla. Y tuvo que salir a patear. A los quince años empezó a trabajar en una fábrica de zapatillas, mientras estudiaba de noche en el Colegio Nacional de San Miguel. Le daban una bolsa llena de monedas y se las administraba su mamá, que no sabía que ella militaba.

Nunca vivió sola. Pasó de su casa a la de su marido desde hace más de treinta años. Su primer novio. Su modelo masculino. “Me gustan los hombres ganadores. Los hombres hombres. El hombre que se hace cargo, que va al frente, con personalidad”, le dijo a la periodista Gabriela Vulcano, a la que también le confesó que con él no tiene pequeñas discusiones. “Son todas grandes”, asume. Y habla de cariño y de comprensión y de sus hijos, una mujer y un varón de más de 20 años.

Ella dice que le gustaría dejarles a sus hijos “la construcción por el trabajo”. Y su marido la critica públicamente: “Lo que no me gusta de ella es que es muy laburadora”. Ah, no sólo que trabaja. “Ella me grita y me maltrata. Soy una víctima”, le dijo él a la periodista Vulcano. “Porque nada de lo que hago le cae bien, salvo cuando le llevo un regalo. Es muy interesada”, explicó el sindicalista regalón.

Camaño se define apostólica, católica, romana. Va a misa. Y no está embanderada en la defensa de los derechos del género. Como si su mamá le siguiera contando las monedas y mirándola al lado de su primer hombre. O como si su decisión –¿por qué juzgarla?– sea convivir con las diferencias, aceptarlas o ser ella también esa mujer justicialista, fanática de Evita, defensora de Tinelli y su discurso pro seguridad, que preside la Comisión de Asuntos Institucionales y que dio un portazo al bloque del Frente para la Victoria –porque dice que no puede sentarse al lado de Néstor Kirchner– en un cargo que conserva hasta 2011. “Nosotros somos los silvestres, crecemos a la vera del camino y no tenemos patrones”, asegura en plural –mientras amenaza con cacerolazos de protesta– a pesar de que su bloque es unipersonal. Tal vez, algo que sí pudo hacer sola. Irse de la banca. “Por suerte mi suegra me banca”, agradece Barrionuevo. La madre de Graciela siempre le contó las monedas y los novios (que no podían entrar a su casa si no eran novios) a la mujer que se quedó en su banca, pero que, por ahora, sólo se separa del kirchnerismo y no del hombre que dice que ella lo maltrata.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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