las12

Viernes, 22 de enero de 2010

POLITICA AMOROSA

Parte de pago

El escándalo protagonizado hace unos días en Irlanda del Norte por Iris Robinson, la esposa de un alto funcionario a la que le descubrieron un romance clandestino con un joven de 20 años, desató polemicas, burlas y cierto espíritu de revancha. La figura de la esposa –y diputada– infiel que hace tambalear la carrera de su marido invita a reflexionar sobre ese modelo, canonizado por Hillary Clinton, de la esposa ecuánime y controlada que sale a dar aval ante la ciudadanía. ¿Hasta qué punto la prensa y los asesores de imagen construyen una dinámica de las relaciones de la pareja poderosa, para aquellos y aquellas que la miran por tv?

 Por Natali Schejtman

Allá en el norte es una especie de ceremonia recurrente. De vez en cuando, los flashes se preparan para disparar fuego a ese funcionario público protagonista de eso que ha sido rotulado con la vergonzosa etiqueta de “escándalo sexual”. Ahora, como parte del castigo y también de la tradición, tiene que asumir responsabilidades y pedir disculpas sentidas a su esposa y sus hijos, primero, a la sociedad todas, después. Hete aquí que una fórmula dice que no es bueno que el hombre infiel esté solo. Mejor que detrás (a su lado, pero detrás) esté la gran mujer que lo entendió, tanto ahora como desde hace más de equis cantidad de años, en las buenas y en las malas, y que viene a representar en el estrado un botín arrollador: el perdón más difícil de conseguir, el que carga una elocuencia insuperable. Si yo lo perdoné, ¿acaso usted, ciudadano, no lo haría?

La política estadounidense nos ha regalado situaciones más o menos similares, encontrando en el affaire Lewinsky/Clinton/Hillary una especie de cimbronazo fundador de varias cosas a la vez. Es extraño cómo funciona. Así como apela a sensibilizar al público, es una situación embarazosa por demás, tanto a la mujer expuesta como para el hombre que confiesa delante del país y delante de ella. No siempre se llega a la conferencia/confesión de prensa compartida, pero la esposa/familia ocupan un lugar fundamental para la opinión pública y el “escándalo sexual” entonces es un ítem revisitado en la historia política del país. Les pasó a unos cuantos. Todavía se recuerda aquella declamación por medio de la cual el gobernador de Nueva Jersey, James McGreever, después de que se le endilgara un affaire con un empleado, admitió delante de su esposa: “Soy un gay norteamericano” (dijo, allí por el 2004: “También estoy aquí porque, con vergüenza, me impliqué en una relación consensuada adulta con otro hombre, lo que viola los lazos de mi matrimonio. Fue un error, fue absurdo, fue inexcusable”). Por supuesto, Dina Matos McGreever le pidió el divorcio, como también lo hizo la esposa de Mark Sanford, el gobernador de Carolina del Sur a quien se le descubrió una amante argentina a mediados de este año. Jenny Sanford de paso aclaró que si su marido le hubiera propuesto dar una cándida conferencia de prensa juntos, ella lo habría rechazado de cuajo. Pero esa no es necesariamente la regla. Elizabeth Edwards, esposa de John, senador de Carolina del Norte y aspirante frustrado a la presidencia, decidió quedarse con su marido a pesar de que en 2007 se le hubiera descubierto una amante y en 2008 él lo hubiera admitido. La mujer, además, padece un cáncer terminal, lo cual hizo que se considerara el asunto más grave todavía. Elizabeth dio una entrevista con Ophra Winfrey y sacó un libro llamado Resilience, donde además de hablar sobre la ardua batalla que atraviesa, menciona su reacción ante el affaire: “Lloré y grité. Fui al baño y vomité”. Sin embargo, tuvo que sobreponerse a esa noticia en función de su decisión: “A pesar de que no iba a saber más en qué podía confiar sobre nosotros, sabía que podía confiar en lo que habíamos hecho juntos”. También, concluía en alguna otra entrevista: “En el modo en que él me ve y me cuida, veo que esta relación es la relación esencial de su vida, tanto como lo es de la mía”. Entendible.

Otra de las recientes, la del matrimonio Spitzer, causó un revuelo sonado en cuanto al proceso y su resolución. A él, Eliot, el entonces gobernador de Nueva York, le achacaron haber engañado a su mujer con una prostituta de lujo (de la que Internet nos facilita muchísima información) y el escándalo lo llevó a renunciar. Pero no lo hizo solo. Al lado, sobre el estrado, siempre estuvo Silda, su estoica esposa, enfocada en cumplir con un timing rítmico que la llevaba de mirarlo a él, compungida, a mirar al frente, para volver a escrutar la boca culposa de su marido, pensando quién sabe qué.

(Quien sucedió a Spitzer fue David Patterson, y de él también tenemos un detalle marital mordazmente diferente: tanto esposo como esposa admitieron ambos haber tenido alguna que otra relación extramarital durante su vida. A veces pasa.)

PANTALLA FAMILIAR

Muchas de estas mujeres tienen ahora su serie; The Good Wife cuenta una historia inspirada en casos reales. Alicia Florrick (Julianna Margulis, ER) es una abogada que volvió a trabajar luego de que su marido, fiscal del condado, fuera destituido y encarcelado debido a ambas acusaciones de corrupción y relaciones sexuales con prostitutas. Ella sale junto a él a la conferencia de prensa y mientras él habla, sus ojos se posan en un hilito desprolijo de su traje. Después de escucharlo, ya lejos de las cámaras, le pega una cachetada que duele.

Fuera de esta protagonista densa y ambigua, la serie tiene la típica estructura de delito/enfermedad que se resuelve a lo largo del capítulo. Además, cae en algunos clichés visuales (los profesionales que siempre hablan caminando porque están muy ocupados) y la protagonista se pasa de prístina desde que se despierta hasta que se acuesta, supuestamente como 20 horas después. Sin embargo, yendo al tema que nos ocupa, es un personaje curioso. Alicia encarna diversas ambigüedades: si, por un lado, estuvo firme al lado de Peter pasando por esa bochornosa conferencia de prensa, por otro lado, en privado parece tener poca tolerancia con las disculpas de su marido y repite que se queda con él, si bien consultó a un abogado por un eventual divorcio, “por los niños” (a pesar de lo extraña que puede sonar la frase, la ficción indaga allí y le da sentido). Si, por un lado, parece dispuesta a una independencia laboral que recién empieza, por otro lado, aprovecha dudosa los beneficios de acceder a cierta información, justamente la que le brinda su marido crípticamente en las incómodas visitas penitenciarias. Y sí, por último, qué feo es que todo el mundo pueda ver a tu marido metiéndote los cuernos en YouTube y el noticiero, qué divertido era eso de vivir en un barrio tan top, con un marido tan poderoso y reuniones tan glamorosas.

Por supuesto, desde el minuto uno, el ángel de la guarda está presente: Hillary Clinton aparece en una foto que le muestra la socia fálica del bufete en donde ahora trabaja la oxidada pero muy despierta Alicia. La mujer le explica que no será fácil para ella adaptarse a su nueva vida. No sólo está arrancando un poco tarde (Alicia estuvo más de 10 años siendo madre y esposa de) sino que... bueno, no está en el lugar más envidiable para un abogado, pero “si Hillary lo hizo, tú también”, y el petardito engominado le señala el retrato de Hillary (junto a ella), en lo que marca un madrinazgo por partida doble: tanto de la socia poderosísima de un bufete machista, como de una esposa que da la cara por las aventuras de su marido.

Mientras, Alicia tiene que padecer el rumoreo constante, las miradas piadosas o los amedrentamientos, vía fotografías de su marido con otras. Nada fácil.

LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS

Visto desde el presente, más de 10 años después, parece ser que la performance de Hillary Clinton durante los días rojos del gate sexual más famoso le dio un poder inusitado. No sólo estuvo cerca de llegar ella a la presidencia. Durante su última campaña, contestaba las preguntas que tenían que ver con esa historia con sinceridad y también fórmulas. De hecho, Ann Lewis, quien la asesoró durante la carrera presidencial, fue la misma que hizo de todo para hacer salir airosos a los Clinton cuando fue directora de comunicaciones de la Casa Blanca (durante el áspero período de 1997-2000). En su autobiografía, Living History (por la que recibió un adelanto de 8 millones de dólares), Hillary cuenta con pulso narrativo y lujo de detalles cómo se sucedieron los meses entre la negación de Bill, la confesión de Bill y su perdón. Al principio, el enojo era suculento, pero finalmente decidió ponerse de su lado: “A pesar de que estaba con el corazón roto y desilusionada de Bill, mis largas horas de soledad me hicieron admitir que lo amaba. Lo que no sabía era si nuestro matrimonio podía o debía perdurar. (...) No había decidido si luchar por mi esposo y mi matrimonio, pero sí resolví luchar por mi presidente”.

Para analizar los casos de estas mujeres que, a partir de Hillary, hacen del sostén de esposa algo tal vez privado pero seguro público, Analía del Franco elige no martirizarlas: “En toda decisión de este tipo siempre hay un beneficio secundario. Son matrimonios muy públicos, se componen sobre distintas convenciones. Pero yo creo que la decisión de la mujer se toma desde su propia conveniencia. A Hillary, por cierto, evidentemente no le hizo mella en su carrera política toda esa situación”. También, sucede que el mundo íntimo queda por fuera de nuestro alcance, más allá de las autobiografías y entrevistas con Ophra. En un artículo publicado en salon.com, Lynn Harris reflexiona, alrededor del caso Spitzer: “Después de todo, ¿quién sabe realmente qué le pasó a Spitzer? Quizás ella lo está engañando también. Quizás él le prometió un limpio y expeditivo divorcio si ella hacía sólo esto. Quizás está manifestándose por perspicaces intereses propios”. Y cita a la vez a Anne Applebaum: “Puedo ver una ventaja en esta elección: todo se da rápido. Y nadie te pide otra entrevista. Aparecés una vez y después desaparecés para siempre, junto con la carrera de tu marido. Si fuiste lista, te quedaste con el apellido de soltera y podés volver a tu propia carrera”.

Enumerados estos casos de explicaciones y justificaciones públicas por actos que tal vez sean considerados privados, vale una distinción: “Depende de la idiosincrasia de los países –explica Luis Tonelli, director de la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires–. Cuando se dan estos discursos, en general están dirigidos a la Deep America, muy creyente y conservadora, a diferencia de la población de las costas”. Además, agrega: “En Estados Unidos una forma de hacer política es buscar el escándalo sexual. A veces se transforma en un boomerang, como pasó con Clinton”.

Mientras que Jaime Durán Barba plantea también una diferencia en la relación más abierta de las sociedades latinoamericanas en lo concerniente a la sexualidad, Del Franco agrega: “Es desgraciado, de todos modos, que siempre sea la mujer la que sale a guardar las formas cuando el otro no las guardó”.

Las historias mencionadas marcan una insignia norteamericana en el manejo de estos asuntos que son tomados como de Estado. Las frecuentes revelaciones relacionadas con la vida sexual de Silvio Berlusconi, por ejemplo, y las exclamaciones de su mujer (que está tramitando el divorcio) tuvieron otro tono, incluso aunque se oigan a lo lejos tan desestabilizantes. “El caso de Berlusconi –señala Tonelli– está en los antípodas. Si en la sociedad norteamericana cualquier insinuación de tener un amante significa un problema ético, en cambio, en la sociedad italiana Berlusconi hasta sale bien parado. Es muy idiosincrático. El escándalo no hizo nada en la popularidad de Berlusconi.”

Frente al caso de Fernando Lugo en Paraguay, Durán Barba también elige analizar cómo funciona la noticia en el público elector. Dejando de lado el hecho de que la complicación específica relativa a si hubo abuso de autoridad, el analista explica que “no causó un impacto tan grande en Paraguay. Después de la guerra de la Triple Alianza, que la población quedó conformada en 10 mujeres por cada hombre, se aceptó más una liberalidad y hasta la poligamia”.

Si buscamos en la historia anecdótica local, no es tan fácil encontrar hechos semejantes. Tampoco pareciera existir ensañamiento sobre ese tema. Acaso, para hablar de “buenas” y “malas” esposas, más sumisas o más retobadas, habría que señalar el caso de Zulema Yoma, despedida de la quinta de Olivos con alevosía y en pleno mandato, cosa que no generó reacciones ni siquiera por parte de la oposición. Tonelli observa que, de todos modos, hay una americanización de los sistemas políticos: “A contrapelo de esta importación de valores norteamericanos, los candidatos de la nueva política son empresarios a los que se les permite todo”.

Acaso no debamos sorprendernos entonces de que en algunos años tengamos industria nacional de conferencias de prensa rimbombantes y a la vez sobrias. Si los cruces de géneros televisivos se siguen dando con tanta asiduidad –como en la última campaña electoral, por ejemplo–, no va a sorprender de que una renuncia por infidelidad se funde y se dirima en lo de Rial. Aunque quizás ya es demasiada proyección.

GUIA PARA POLITICOS INFIELES

¿Cuál sería el mejor consejo para un funcionario que quiere salvar las papas frente a un escándalo sexual? Otro consultor convocado propone: “Lo primero que le diría es: arreglá con tu mujer, como sea. Si no tenés una mujer buena, arreglá para que lo sea. La implicada tiene que estar de tu lado. Después, si no, está el caso de demonizar a la mujer, que se acerca más a lo que pasó con Menem”. Durán Barba dice que lo primero es “decir la verdad. La prensa, más tarde o más temprano, va a enterarse, y es mejor decir uno la verdad buscando comprensión”. Con respecto al lugar de las esposas, si bien el consultor observa que el truco de involucrar a un funcionario en un escándalo sexual, al menos en un momento en que todavía hay muchos menos funcionarias que funcionarios, guarda un costado machista (la mujer “como fuente del pecado”), sería óptimo “humana y políticamente” que la esposa coopere: “Las esposas que asumen el hecho cumplen un papel humano. Tanto el hombre como la mujer deben apoyarse en todo. La gente lo ve bien. Ya pasó la época en la que decían ‘qué mal que estuvo’ cuando una esposa perdonaba a su esposo infiel. Tanto política como humanamente conviene tener la mente abierta. Y que los políticos demuestren que la tienen”.

Analía del Franco estima que en Argentina “la pareja se podría separar y no pasaría nada”. En el juego de pensar qué haría si se le apareciera un político con esta situación, primero, dice: “Mejor si no lo hace público. No es algo positivo. De todos modos, si hay un escándalo sexual no me parece que vaya a ser algo gravísimo para su carrera política. Tampoco lo tomaría como positivo porque es controversial. Lidiar con problemas pseudomorales es lo peor”.

Hay casos que salen de la norma. Por estos días, galopa de viva voz otro lío de firma sajona con características que lo hacen rebosar como comidilla. Se trata del matrimonio Robinson, de Irlanda del Norte. Resultó que Iris, la mujer del gobernador, tenía un amante de 20 años (ella tiene 60), al que ayudó a montar un restaurante dándole una mano como diputada. A raíz de esto, su marido, premier de Irlanda, decidió excluirse por seis semanas del cargo (supuestamente él sabía de las irregularidades que vinieron de la mano de su mujer). Luego de elegir dicha salida, declaró: “Continúo sosteniendo que he actuado de forma ética y es particularmente doloroso en este momento de gran trauma personal que tenga que defenderme de una acusación infundada y malintencionada”.

Actualmente, Iris volvió a poner de moda la canción que lleva su nombre (de Simon & Garfunkel) en la película El graduado, cuya historia central habla de una relación entre un Dustin Hoffman jovencito y una amiga de su madre.

Más allá de la coincidencia, aquí tenemos entonces una venganza pasada por psicofármacos. La infidelidad de ella costándole el puesto a él. Eso ya sí que parece del todo impensado en Argentina. Pero las anécdotas siguen cundiendo a lo largo y ancho del mundo. Situaciones múltiples y de resoluciones dispares, más de una vez craneadas por un equipo de expertos. Porque si van a salir los trapitos al sol, mejor que salgan después del Laverap.

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