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Viernes, 19 de marzo de 2010

RESCATES > MERCEDES SIMONE 1904-1990

LA NEGRA MAS CLARA

 Por Aurora Venturini

Nació en Villa Elisa, localidad vecina a La Plata; entonces, un campo desolado, con una sola estancia, la de la familia Uriburu cuya hija Elisa dona su nombre al sitio. Hoy, Villa Elisa es una ciudadela preciosa, de casaquintas, negocios de alta moda, escuelas, teatros, clubes y centros culturales. Nada que ver con el lugar desértico donde viera luz Mercedes. Pero para llegar a esa situación lujosa debió correr mucha agua debajo de los puentes. Sobre la infancia de esta futura artista carecemos de datos. Diremos que ella devino del rasgueo de una guitarra y de su voz tonal semejante a la voz de Ethel Waters. Pablo Rodríguez, tanguero, fue su marido suburbano que la inducía a formar dúo, cantar en escenarios humildes, sin otra pretensión que la de ganarse el pan del día. En 1926, son contratados por la confitería Los Dos Chinos, de Bahía Blanca. Desde ese momento se va abriendo el camino para nuestra aventurera musical. El teatro Odeón de Bahía Blanca demuestra interés por las actuaciones y los contrata. Ella sobresale, eclipsa al compañero que cuelga la guitarra en el ropero... Ahora, ella viajará a Buenos Aires integrando una compañía de vaudeville de Julio Escobar, en el teatro Opera. Vía pentagrama y orquesta, “la Negra”, como la llamaban sus amigos, cantará en el teatro Florida, en el Porteño y en el Hindú. Empieza a grabar para el sello Victor, aquel romántico sello de discos de una sola cara, que sonaban pinchados por una púa, mediante un fonógrafo. Se desvinculó de Victor y grabó para los sellos Odeón y T.K., acompañada por la orquesta de Roberto Garza y Emilio Bramen. Compuso los tangos: “Cantando”, “Oiga agente” y “Gracias a Dios”.

Durante 30 años fue reconocida como la voz más honda y templada, sólo comparable con las voces de las francesas Frèhel y Dubas. Corrían tiempos gardelianos difíciles de ser igualados por un estilo de cantante mujer. No obstante ello, se lucían en los escenarios Sofía Bozán, Ada Falcón, Azucena Maizani y Libertad Lamarque. Mercedes Simone no simulaba patetismos, agresividad erótica, ni infantil inocencia, caso de estas divas, especialmente de Libertad Lamarque. “La Negra” se presentaba con elegancia; sus maneras gentiles y naturales, la calificaron “La dama del tango”. La calificación bajó desde México donde ella se volcó a los temas melódicos, con “Noche de ronda” fue aplaudida por Ortiz Tirado y emocionó a Agustín Lara, el autor. Su versión de “Damisela encantadora”, de Lecuona, despabiló sentimientos enamorados en pechos centroamericanos, y para colmo de bienes, la cantora era muy bella: morena trigueña y de ojos sombríos como el rencor. En Colombia marca unos pasillos con “Flores negras”, y en Cuba, dice: “Cuando me fui de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor”.

Mercedes supo alejarse de una época de gauchos cerriles y machismo gardeliano, de chicas que suspiraban por Magaldi y por Corsini. En 1937, rondaba un tema temido por los artistas supersticiosos. Significamos a un vals húngaro que incitaba a la muerte por mano propia; al suicidio en día domingo. Ese mismo año Mercedes Simone graba “Triste domingo, recuérdame, amada...” Años después lo cantaría Billie Holiday. Desde ese momento nuestra artista comienza a experimentar dificultades en la emisión de muchas notas. Coincide el pesaroso asunto con el fracaso de una tanguería que ella abriera a la vuelta de las casas de compraventa de la calle Libertad. Sigue su pésima racha con una operación de garganta que le disminuyó el tono de voz hasta dejarla muda. Así vivió durante 20 años. En tal estado, falleció.

Finalmente, vayan unos recuerdos propios en este laudatorio de Mercedes: Yo estaba comprando, en la feria de Lyon, en Francia, un perramus de nylon y viendo vidrieras. De pronto del puesto de venta de los anticuarios, un fonógrafo hacía exhalar “Amor y celos” por Mercedes Simone, “la Negra”, que aún así la nombraba el marido suburbano, aclarando “Yo soy el separado de la Negra”. Cuento que en Lyon no pude sofrenar mi llanto. La sumisa y desdichada mención del “separado” aún me apena.

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