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Viernes, 21 de marzo de 2003

Edda, leonina

Edda Díaz lleva varias décadas dedicada a lo que eligió: hacer, escribir y dirigir espectáculos de humor. Espiritual y espirituosa, es devota de un grupo casi ignoto, confía plenamente en los astros y está nuevamente enamorada. Le han pasado en su vida cosas graves, pero “Leo, ¿dar lástima? Nunca”.

Por Sonia Santoro

Esther Edda Ana Díaz Lammens tiene casi una obsesión, entre las otras muchas que reconoce, por buscarle significados a los nombres; una búsqueda poética, seguramente, porque en su traducción siempre quedan más artísticos. El de ella, por ejemplo, en la cultura dinamarquesa y/o árabe –quién sabe dónde confluyen– sería: Estrella Poema (o Santa Batalla) Graciosa. Y cómo no creerle si es una graciosa estrella del espectáculo que en su intimidad ha librado una batalla más que dura. Por su mundo privado, tal vez, se ataja desde el comienzo de la nota: “Pienso, como Oscar Wilde, que no hay preguntas indiscretas, las respuestas son indiscretas. Uno elige contestar o no, y qué contestar”.
Pero las puertas ya están abiertas. Y se ve a Angélica bajar la escalera de entrada, entreverándose con los pies de su ama, y luego saltando y ladrando al recién llegado, como toda cusca. Lo que menos tiene Angélica es la maldad de su tocaya de los dibujitos animados. Cómo convivir en paz, si no, con cuatro gatos que compiten por los cuidados de Edda Díaz.
Las paredes están pintadas de colores fuertes, como si compitieran entre sí por quién se gana la mirada del sorprendido visitante. Hay unos cuadros donde se ve a la Edda que promocionaba hace años este o aquel espectáculo. Hay texturas brillantes. Hay fotos de los amados debajo del vidrio de una mesa. Todo parece un poco pasado de moda. Un poco kitsch. Y muy ameno.
“Mamá tenía un sentido del humor muy ácido. Ella atendía la panadería y tomaba nota de la gente que iba a comprar, en su propia cara: ‘La tetona hoy está más pelotuda que nunca’, ‘ésta estudia para cretina’. Y después a la noche nos leía sus anotaciones de toda la gente que había pasado por el negocio y nos hacia reír a todos.” Por si hiciera falta, en el living de su casa, Edda Díaz demuestra entre pregunta y pregunta que ha sabido repotenciar esa herencia humorística: se para, imita, larga carcajadas, hace chistes. “Las mujeres somos los seres más adorables y locos del mundo –agrega mientras se agacha y le pregunta a su vagina, como el personaje que compuso mucho antes de que existieran los Monólogos de la vagina–, ¿a vos te parece? –Y nuevamente hacia el imaginario público–. Ella es la realista, ella es la que sabe.”
La que sabe le aconsejó que, después de varias décadas de dar la cara en el escenario, era hora de retomar la dirección teatral –algo que ya había probado– en Cuatro obras sanitarias, de Pablo Albarello, para contar con su sello humorístico cuatro historias, cuatro escenas de la ciudad a modo de sketch, unidas por un soporte que vuelven delirantes las situaciones cotidianas.
Hace seis años que presenta su espectáculo Humor a toda máquina –desde este año auspiciado por Konex y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires– en el Club Italiano, en el Vélez Sarsfield, La Boca, y en el Camión en Barracas, entre otros, en el marco del ciclo “En mi barrio y en el Club”.
Edda se encontró con su vocación a los 5 años viendo una película de Chaplin. Mientras estudiaba teatro fue maestra normal y después se lanzó a su veta artística, siempre con temor a padecer de “suelditis” y cambiar su verdadero deseo por la seguridad de cobrar todos los meses un sueldo. Selució en el café concert de los ‘60 y ‘70 a partir del exitoso ¡Help, Valentino!, con Antonio Gasalla y Andrés Percivale. Después se lanzó con sus propios libretos en espectáculos como el recordado La gallina embarazada, de 1970. Y alcanzó la popularidad que sólo puede dar la televisión como la petisa de “Los Campanelli”. Y aunque su versatilidad le permitió también encarar obras “serias” como Salir del pozo o Por amor al Arlt, su llegada al público, lo sabe, se la ha permitido el humor. “Ayer me saludaron tres chicas prostitutas, me dijeron si me podían dar un beso... esas cosas muestran lo que puede hacer el humor.”
Hoy, presente en el que siempre prefiere centrarse, se diría que está en una impasse de su batalla personal. En esos valles en que se encuentra el bálsamo para poder seguir. Su bálsamo es Salvador Macari u Hombre Feliz, según ella hace saber; un periodista, escultor, entrerriano que vive en Santa Teresita, y al que conoció el 22 de julio del 2002, como indica muy notoriamente un almanaque que cuelga en una de sus coloridas paredes. Es el cuarto amor de su vida, según ella, mujer de grandes pasiones, después de seis años de estar sola.
“El me mandó un mail preguntándome si era yo y yo le dije que sí, yo soy yo, me gustaría saber si vos sos vos –larga una carcajada que enseguida corta–; no, eso es una broma. Supe que era él la persona que yo estaba esperando”, dice.
–¿El era un admirador tuyo?
–Eso dijo, pero es un viejo truco. Pertenecíamos a la comunidad Maranatha, que quiere decir “del señor Jesús”, del padre Elías, un católico carismático. En realidad, yo soy del movimiento espiritual MSIA, Movimiento de Sendero Interno del Alma. Somos una secta, somos seis -vuelve a largar la carcajada–... y cuando estuve en Santa Teresita el año pasado conocí al padre Elías. Yo me considero una servidora de la luz. El es un servidor orante, una persona que ayuda por medio de la oración.
–¿Qué es el MSIA?
–Es lo mejor que me ha pasado. Hacemos cursos, estudiamos mucho sobre teología y paz. El referente es John Roger, de Estados Unidos.
–Antes te interesaba la parapsicología, algo pasada de moda.
–Sí. Yo empecé parapsicología hace 33 años. Fue una aproximación hacia lo espiritual fuerte. Porque todos fuimos educados en el judaísmo, en el catolicismo en mi caso, pero era un adorno. En cambio ahora hay un movimiento espiritual muy fuerte: cristianos, judíos, metafísicos, tienen alguna preocupación que va más allá del cuerpo físico. Hay gente que se ha dado cuenta de que esto (señala su cola) se va a arruinar, así que para que gastar tanta guita... Un poquito sí, pero tanto en mantener algo que de todos modos va a sucumbir...
Como su Hombre Feliz, Edda es del Interior, nació en Tucumán.
–¿Tenés recuerdos de Tucumán?
–Tengo recuerdos que los digo en broma en mi espectáculo, que no sé si son verdad o no. Yo nací de una mamá pelirroja como yo en pleno Tucumán, donde todos eran morochos, y fuimos a parar a un barrio obrero donde todos seguían siendo morochos y se mataban de risa de mí en la escuela primaria. Yo, en mi espectáculo Humor a toda máquina, escribí que no ha habido niño que no fuera torturado. Yo pensé que había sido torturada porque era distinta y después, haciendo el espectáculo y hablando con la gente a medida que pasaban los años, me di cuenta de que a todos nos pasó. Había una chica bellísima y le dije: “A vos también te han torturado, ¿y por qué?”. “Porque era tonta”, dijo. Y esto sigue vigente, yo estoy muy atenta a los niños porque cuando veo un niño de 4 o 5 años me está pintando el hombre que será. Hay niños que vos decís “qué lástima”, son tan inteligentes. Y sin ninguna dirección esa inteligencia va a ser orientada hacia una delincuencia o, sin ir al extremo, hacia una falta de amor hacia el otro, porque el amor también se aprende.
De chicos sabe mucho Edda. Tuvo tres: Elena, Maximiliano y Gustavo, que fueron inspiración para sus obras. Por hacer un personaje infantil fuecensurada durante la última dictadura militar. “Tita (Merello) me dijo: ‘Vos estás recontra prohibida porque dijiste que te hacías pis en el personaje de la nena. Preparate porque en TV no laburás más’. Y encontré debajo de la puerta de casa una carta en que el Comfer me decía que estaba prohibida por violar no sé qué artículos; llamé a mi abogado y se los leí y me dijo: ‘Atentás contra la sagrada familia, los niños, todo’... Un personaje que había sido premiado. Lo terrible de la censura es que no sabés qué está prohibido”, dice. Antes, durante el gobierno de Isabel Perón, mientras presentaba un espectáculo en Rosario, le habían prohibido que nombrara a la presidenta. “Entraban diez tipos con diez grabadores enormes, se desparramaban por toda la sala para grabarme... y lo tuve que sacar (ese fragmento). Me hacía vomitar la rabia de no poder decir lo que quería.”
Parece lugar común decir que detrás de tanta carcajada rápida o chiste breve hay otra cosa. Pero cómo no decirlo, si los ojos de Edda lo confirman a cada momento. La muerte le pisaba los talones desde bien chiquita. Nació muy débil, con un kilo ochocientos en una época en que quién iba a hablar de incubadora. Y a lo largo de su vida sufrió la muerte de demasiadas personas de su familia. Pero el humor siempre la mantuvo a salvo. Como su abuelo francés, el colorado, que cuando se enteraba de que había un velorio, agarraba el caballo y recorría la distancia que fuera necesaria hasta llegar al cajón del muerto desconocido, para montar una farsa y divertirse nomás. “Llegaba y se tiraba encima del cadáver, se afanaba al muerto... era una joda, tan teatral. Se iba a cagar de risa de la vida”, cuenta todavía con admiración, de ese hombre que conoció a través de los relatos de su madre.
Hija de padres obreros que en la época de Perón se transformaron en industriales panaderos y, absurdamente piensa Edda, fervientes antiperonistas, compartió su infancia con un hermano menor y una hermana mayor. Con ella son “amorosamente unidas” porque son del mismo signo del zodíaco, Acuario, explica, e inmediatamente pregunta el signo de la cronista.
–Mi mamá también es de Leo y le tocaron hijas de su signo opuesto... pero Acuario se lleva bien con Leo porque es el opuesto complementario. Yo estuve casada con un leonino al que he adorado –analiza.
Devorada por su personaje radial como la astróloga –por el que una editorial le pidió que escribiera un libro que la obligó a estudiar bastante–, hoy Edda Díaz se ha convertido en una fanática en el asunto, hasta el punto de reemplazar los nombres de quien habla por su signo identificatorio. Se define soñadora como todos los acuarianos, pero también obsesiva, puntillosa y puntual. Dice que vive con una libertad muy acuariana el hecho de que sus hijos estén viviendo y trabajando en España. “Yo siempre digo que ninguna jaula es una jaula si tiene la puerta abierta.” Y su gran casa tiene puertas y ventanas por todos lados, que están abiertas.
Si algo ha aprendido Edda en su vida es a quedarse sola, profundamente.
–Has recibido muchos golpes.
–Sí, pero dar lástima, Leo, nunca –contesta, cómplice, agarrándose del ¿personaje? astrológico.
Para negarse a reconocer su edad, hecha mano a otro recurso, el de las citas. Parafrasea una, casi tan solemne como la del principio, nuevamente del viejo Wilde: “Una mujer que es capaz de decir su verdadera edad es capaz de cualquier cosa”. Ella dice que ponga 58. Los cuatro gatos, únicos testigos del encuentro, confirman con la característica mirada enigmática. Angélica, por su parte, apura la salida de la cronista para poder disfrutar de su habitual paseo por el barrio. No hay más preguntas.

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