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Viernes, 21 de marzo de 2003

El ojo detrás de la cámara

Un puñado de directoras extranjeras dio el presente en el reciente Festival de Cine de Mar del Plata. Entre ellas se destacaron la coreana Lee Jeong-Hyang y la mexicana Lourdes Portillo, quien trajo su Señorita extraviada, sobre los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez.

 Por Sandra Chaher

La sección “La Mujer y el Cine” se llevó este año los elogios del 18º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, realizado entre el 6 y el 15 de marzo pasado. Fue en conjunto la mejor sección, con buenas películas, salas siempre llenas y varias visitas de cineastas locales e internacionales. Es cierto que esta edición del festival no brilló por la calidad de sus películas, pero eso no le quita mérito a una sección que poco a poco fue haciéndose un lugar a fuerza de perseverancia y buenos films. Antes de que el Festival Internacional volviera a realizarse en la Argentina, la Asociación La mujer y el Cine ya había organizado seis encuentros en Mar del Plata con el objetivo de difundir la cinematografía hecha por mujeres. Después se sumaron como sección dentro del gran festival que relanzó el gobierno menemista y al principio fue catalogada como una sección casi de gueto. Sus organizadoras insistieron y en los últimos años lograron el respeto de la crítica. “El criterio de selección es que los films sean de calidad y representativos de diferentes países y continentes, que aborden temas diversos desde géneros también variados y, nos gustaría, aunque no siempre lo logramos, que también fuera diversa la oferta de los modos de producción, pero suele ser más fácil conseguir películas de bajo presupuesto que grandes producciones” señala Marta Bianchi, una de las fundadoras hace 15 años de la Asociación La mujer y el Cine y una de las tres principales responsables –junto a Pastora Campos y María Rivera– de la organización de la sección en el festival.
Para esta edición 2003, Bianchi viajó sólo a Cannes. Y en general nunca van a más de un festival por año. “Nos arreglamos con los catálogos y recomendaciones de amigos y conocidos que viajan. Para esta edición, por ejemplo, logramos ver más de 80 películas, de las cuales quedaron seleccionadas dieciocho.” Entre las exhibidas había varias europeas, pero también la comedia Bollywood Hollywood, de la directora hindú Deepa Mehta, miembro del jurado oficial; Señorita extraviada, un documental de la mexicana Lourdes Portillo; y películas de directoras chinas, iraníes, coreanas, finlandesas, danesas, canadienses, mexicanas, y los últimos trabajos de la polaca Agnieszka Holland y la checa Vera Chytilová.
Morvern Callar, el segundo largometraje de la británica Lynne Ramsay, fue la película más experimental y sorprendente de la sección. Morvern Callar (Samantha Morton), una chica de 21 años, encuentra que su novio se suicidó y le dejó el encargo de que intente publicar su novela. Ella lo hace, pero con su nombre, y los editores le ofrecen 100 mil libras por el contrato, completamente fascinados y ávidos de más. Pero para Morvern no importa el éxito (que de todas formas no podría sostener) sino el dinero que le permite dejar el supermercado en el que trabaja en su pueblito de Escocia y largarse a la ruta. Con una estética y un relato que intentan retratar los sentimientos, las emociones y los pensamientos de Morvern, Ramsay se interna en la lógica de las películas que relatan las búsquedas existenciales de una generación sin rumbo: la de los jóvenes actuales. Hubo en la sección una película de alto presupuesto: Ningún lugar en Africa, de la alemana Caroline Link, una directora de menos de 40 años con fama internacional. En este film, nominado al Oscar de este año como mejor película extranjera, Link relata la travesía de una familia judía que huye de los nazis y llega al Africa para trabajar como granjeros. Con el fondo de una coyuntura histórica que finalmente los pondrá en el dilema de volver a Alemania terminada la guerra, o quedarse en Kenia, la directora pone en juego los estereotipos de lo masculino y lo femenino. Mientras el padre es el impulsor de la huida –motivado por la visión anticipada de la destrucción de su pueblo– y promediando la guerra se une a los aliados para después intentar volver “a construir la nueva Alemania” llevado por sus ideales de justicia, su esposa, aferrada a los vínculos familiares y la vida burguesa que dejó en Alemania, tarda mucho en adaptarse, pero cuando lo logra, y sabiendo que su familia fue exterminada, no tiene interés en volver.
Probablemente la película más poética y emotiva de la sección haya sido Camino a casa, de la coreana Lee Jeong-Hyang. Esta mujer de 38 años es una de las seis únicas directoras de cine que existen en Corea del Sur, y una de las dos únicas que logró concretar un segundo largometraje. Camino a casa fue uno de los films más taquilleros en su país en el 2002, al punto de que tuvo más público que El señor de los anillos. “Es que en mi país hay mucho machismo –explica Lee–. Si una mujer quiere triunfar, tiene que tener mucha capacidad, y en el caso del cine, sus películas deben recibir muy buenas críticas para que pueda seguir en carrera.” Lee estrenó en 1999 su primer largo, que podría traducirse como Galería de arte al lado de un zoológico, “una especie de comedia romántica bien comercial”, que fue inmediatamente aceptada por la crítica. Así llegó a Camino a casa, que en verdad es el primer guión que escribió: una película autobiográfica presentada como “un homenaje a todas las abuelas del mundo”. A través de la historia de un niño de Seúl al que su madre deja un tiempo en el campo con su abuela muda, Lee muestra cómo el niño, que en principio rechaza el mundo de la abuela, va entrando en sintonía con el lenguaje de la naturaleza, hecho más de implicancias que de explicitaciones. “Yo quise expresar el amor por mi abuela –dice Lee–, que falleció mientras lo estaba filmando. Cuando fui chica, la traté tan mal como el niño de la película y nunca pude pedirle perdón. Pero creo que ella fue la persona que más me amó y que gracias a ese cariño pude enriquecerme y llegar a ser quien soy.”
Por último, una película exhibida en la sección Punto de Vista resultó la denuncia más fuerte sobre un tema de género. The Magdalene Sisters, del escocés Peter Mullan, ganadora del Festival de Venecia en el 2002, no escatima recursos para que el espectador quede impresionado ante las brutalidades a que fueron sometidas algunas mujeres católicas irlandesas hasta hace apenas diez o veinte años. Mullan describe un sistema de encierro regenteado por la Iglesia Católica y conocido popularmente como “lavanderías”, aunque la Iglesia prefiriera llamarlos conventos. Las mujeres pobres, violadas, sospechadas de “llegar a cometer algún abuso”, las madres solteras, eran encerradas por sus familias en estos lugares donde se las obligaba a lavar 10 horas diarias bajo un régimen opresivo ejecutado por monjas católicas.

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