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Viernes, 28 de marzo de 2003

EDUCACIóN

Enseñar en tiempos de guerra

Por Marta Maffei *


En nuestro congreso de los primeros días de marzo, los trabajadores de la educación resolvimos como una prioridad el dictado de clases sobre el conflicto bélico. Aun cuando la invasión genocida sobre Irak decidida por Bush, el Pentágono y sus aliados tácticos, vendedores de armas y corsarios del petróleo, no habían comenzado.
A las operaciones concretas de destrucción masiva, al espantoso y siniestro dolor sembrado en Irak por el absolutismo imperial se agregan los mensajes abiertos o subliminales, insidiosos y específicos promovidos desde las empresas ligadas a la práctica de la desinformación masiva.
El fracaso ostentoso de la promesa civilizatoria del paradigma neoliberal que ofrecía el pasaje al primer mundo, y terminó sembrando nuestras vidas de desdichas, generó también un nuevo conocimiento de la realidad allende los discursos y movilizó intensas rebeldías sociales (Seattle, Praga, Florencia, Porto Alegre, Barcelona...). Una resistencia que el establishment no está dispuesto a tolerar ni a soslayar. Por eso, esta “inesperada conciencia planetaria” encendió las luces de alarma del imperialismo y le puso en marcha su afán de establecer el orden absoluto, violento y depredador en manos del Gendarme Mundial:
Bases nuevas en Cercano Oriente, nuevas relaciones de dominación para Irak, Irán, Palestina y en general para el mundo árabe.
Nuevas estrategias de control y presión para Oriente Medio.
Nuevas relaciones para una Europa que incorpora al menos 10 repúblicas desprendidas de la URSS antes sometidas a Rusia, hoy compradas por EE.UU.
Nuevas estrategias concretas de dominación con el gas (recordemos Afganistán) y el petróleo, para controlar también el desarrollo de las inmensas naciones como China e India, donde reside un tercio de la población mundial.
Una estrategia simultánea operando desde sus institutos de circulación multilateral del capital y las ganancias, a partir de la OMC, el GATS, el AGSC, el FMI, el ALCA.
¿En qué quedó la OEA, la ONU, la OIT, la Unesco? ¿Qué dirá Unicef de los niños iraquíes?
Por eso, en las escuelas públicas de nuestro país, los docentes estamos tratando de explicar con toda claridad por qué queremos la paz y por qué nos oponemos a lo que Juan Bautista Alberdi llamó hace ya más de cien años “El crimen de la guerra”. Procuramos minimizar las pantallas televisivas que muestran sin sangre y sin muerte la lluvia de misiles, para salir de la “novela” y entrar en el análisis de los valores, la ética, la solidaridad, la autodeterminación y seguir sembrando en las conciencias que una invasión es una decisión unilateral, una mentira ilustrada que pretende hacernos creer que para “liberar” a un pueblo, es preciso entrar a sangre y fuego matando a cientos de miles de personas.
Es difícil, muy difícil enseñar ética, valores, un pensamiento autónomo, reflexivo, crítico y constructivo en medio del saqueo, la muerte y el “bombardeo” mediático que encubre esta y otras realidades que padecen nuestros niños, otros niños y otros millones de hombres y mujeres, exactamente las dos terceras partes de la humanidad.
Difícil, pero no imposible. La clara expresión mayoritaria de nuestro pueblo en los acontecimientos más recientes es una palmaria demostración de que se puede. Se puede y se debe. Es necesario ayudar a ver, a leer, a comprender la realidad y formar el pensamiento reflexivo, el conocimiento profundo para sustentar la opinión y más aún la construcción de las alternativas. En todo el sistema educativo, en todos los niveles, pero particularmente en las Escuelas Medias, Terciarias y de Adultos, necesitamos abrir el debate, intercambiar información, enriquecer nuestras miradas, tener más y mejores elementos de juicio. Escuchar al otro, incorporar sus argumentos, tratar de persuadir y aceptar ser persuadido, penetrar la realidad con una mirada más profunda y más ética, es formar. Es establecer las bases del diálogo, de la pluralidad, de la diversidad y es también apostar a la democracia que, con toda evidencia no se sustenta con las “clases de civismo” que tratamos de impartir con un éxito tan relativo.
Desde nuestras escuelas públicas necesitamos otorgar los elementos para comprender éticamente, más allá de la tecnología involucrada, el lugar reservado a los derechos humanos, a la igualdad de oportunidades y posibilidades, a la justicia, y desarrollar el conocimiento necesario que nos ayude a organizarnos para edificar, junto a otros, ese “otro mundo posible” que el Foro Social Mundial ha proclamado tantas veces.
Más allá de la lucha salarial y la reiterada defensa que hacemos del derecho a vivir decentemente de nuestro trabajo honrado (ése también es un proceso de aprendizaje), los trabajadores de la educación sabemos que en las escuelas públicas se juega buena parte del destino de nuestros pibes y en esto queremos comprometernos. Sus posibilidades y su futuro están fuertemente entrelazados con ese proceso de aprendizaje no neutral ni reproductor que con mucho esfuerzo sostenemos a pesar de la adversidad.
En este sentido, como educadores, no podemos pasar por alto que ésta es la primera vez que el imperialismo confronta, no con otro imperio sino con la conciencia de la humanidad. Ni podemos ignorar que los adelantos tecnológicos en materia de comunicación, bien usados, pueden contribuir fuertemente a ese esclarecimiento y conocimiento liberador evidentemente ausente en los mensajes oficiales. Una contradicción en el uso de la tecnología que se repite hasta el cansancio con cada insumo.

* Secretaria general de Ctera.

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