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Viernes, 28 de marzo de 2003

En el varieté está el gusto

De hacer –como reemplazos en fechas fijas– a Roxy y Velma en Chicago, Mónica Paoli y Patricia Browne saltaron al Molière y asaltaron el tango con la frescura y el desprejuicio de dos chicas de hoy que aplican su riguroso entrenamiento en la comedia musical en un regreso a las fuentes, a la música ciudadana que se escuchaba en sus casas cuando eran niñas.

 Por Moira Soto

Araca: dos papusas con frondoso prontuario teatral, después de gambetear dificultades y de mucho laburar, con la colaboración de unos cosos, se consiguieron un piringundín bastante abacanado, el Molière Teatro-Concert (Balcarce 682) donde presentan los sábados a las 22 Cirtango. Las paicas se llaman Patricia Browne y Marcela Paoli y, rechifladas por hacer varieté, convocaron a Pablo Jaite que tan bien toca el dientudo, a Gonzalo Fuertes que se da mucha maña con el contrabajo, y a Julio Zurita, entre el fuelle y el bailongo. Alejandra Robetti dibujó las pilchas y Luis López Morera puso el hombro en algunas coreografías. Pero las que, sin nadie que trajera el vento, de puro berretín nomás, se largaron a armar este show, desde el repertorio, los sketches, el canto, el baile y la actuación, fueron estas minas dos bien pulenta, fogueadas en las tablas: las dos vienen de hacer reemplazos en Chicago; y antes, de Arriba a la izquierda e Historia de varieté (Paoli), de Nine y Salsa Criolla (Browne), entre otros laburos. Ahora confían en dar el batacazo con Cirtango, donde recorren todo el espinel, haciendo de cirujas, cabareteras, vedettes, lo que haga falta.
Patricia y Marcela se conocieron en el programa televisivo “Fax” hace una década y se reencontraron en Chicago. “Somos las hermanitas perdidas”, se ríen. “Y teníamos que crear algo juntas”, dice Browne. “A medida que el espectáculo iba tomando forma, recibimos el aporte de Claudio Pirotta, nuestro entrenador vocal, para la puesta de algunos cuadros, lo mismo Omar Lopardo. Nosotras, desde el arranque, sabíamos que queríamos hacer distintos personajes, pero no imitaciones de cantantes muy conocidas. Por ejemplo, no cantar “Dónde hay un mango” en el estilo Tita Merello, que dejó una marca tan fuerte. Intentábamos darle otro giro a temas bastante transitados. Y ahí Omar, que nos estaba ayudando con la actuación –él tiene gran sentido del humor, trabajó mucho con Pinti– nos propuso: ‘¿Por qué no hacen de cartoneras?’. Y dudamos un poco porque no nos queríamos mofar ni en sueños. Más bien buscábamos algo melancólico; imaginate, con la lamentable vigencia que tienen estos personajes. Después surgió la idea de quemar el retrato presidencial sin rostro.”
“Así fue aflorando cada idea”, agrega Paoli. “A cada escena le íbamos sumando detalles. De este modo, decidimos sacarle la escarapela y la banda al cuadro antes de prenderle fuego. También merece ser mencionado el aporte de Pablo Jaite que le mostró música a Patri y ella señaló lo que le gustaría bailar. Por supuesto, son importantes las participaciones de Julio Zurita, de Ariel Naon que nos hace un solo propio de contrabajo.”
En un principio, para dar marco sonoro, ellas iban a poner efectos. Intentaron con viento, lluvia, truenos, pero no funcionó. Y ahí se avivaron: “¿Por qué no aprovechamos el contrabajo? Y Ariel, que es fantástico, hizo todas improvisaciones”, señala Browne.

El pasado que vuelve
“Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo que el sexo se les caiga en la vereda. (...) Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que les pasan la vereda” (Exvoto, 1920).
–La idea de interpretar un fragmento de Oliverio Girondo dedicado a las chicas de Flores, es brillante. Y muy inspirado el acompañamiento.
Marcela Paoli: Ay, sí, ahí tenemos un efecto de calle con ciertos sonidos, bocinas... Ariel empezó a improvisar como para él, y nos pidió que lo oyésemos. Nos encantó, y al diablo con el CD de efectos.
Patricia Browne: En un principio yo no iba a bailar, pero Marcela sí quería hacerlo. Por eso incorporamos a Julio Zurita, primero como bailarín, después como bandoneonista: chico orquesta. Y yo, cuando escuché este tema, “Sangre”, de Pablo Jaite, me animé: “Dale, Julio, bailémoslo”. Y con otras dos composiciones, se armó un bloque de coreografía.
–Hay un relato, un recorrido que se detiene en ciertas situaciones que aluden directa o indirectamente a la realidad actual, aparte de seguir un orden cronológico en las fechas de los tangos.
M.P.: Sí, se fue dando espontáneamente. Tampoco queríamos quedarnos con las ganas de hacer algo de Chicago, comedia musical en la que estuvimos juntas y transformamos uno de los últimos cuadros –”Urbanidad”– en tango. O sea, no nos privamos de nada, nos dimos todos los gustos. Después fuimos viendo cómo le dábamos forma desde la puesta, el vestuario, todo con ajustado presupuesto...
P.B.: Tampoco deseábamos hacer reconstrucción de época sino ofrecer algo estilizado, sugerente, que se notase el espíritu que le queríamos dar. No buscábamos los brillos, salvo los del final, apenas un pantallazo de homenaje a la revista.
–Ustedes se suman a toda movida de chicas que no han podido resistir al tango, desde cantantes especializadas hasta actrices y, por supuesto, hasta intérpretes de otros géneros que rinden su tributo personal a esta música.
M.P.: Eso es lo bueno, que en general no se trata de imitar a nadie. Personalmente tiene que ver con una vuelta a las raíces, y me encontré con alguien como Patricia que coincidía en querer hacer tango. En mi casa se lo escuchaba, mi viejo estaba con D’Arienzo, Pugliese. A mí me gustaba Astor Piazzolla.... Bueno, dejé el tango por unos cuantos años y volví hace un par.
P.B.: Yo escuchaba a Astor y a Susana Rinaldi. En mi casa se oía mucho tango, se bailaba también. Pasó el tiempo, entre otros trabajos empecé a hacer presentaciones cantando otros ritmos. De pronto incorporé un par de tangos y fue como un descubrimiento, me sentí muy identificada. También alguna gente empezó a decirme que lo mío era el tango... Bueno, me puse a estudiar en serio, comencé a darme cuenta de que esas letras eran tan ricas para interpretarlas, tan variadas. Además, siendo porteña, ¿existe otro género en el que una se pueda sentir tan representada?
–En el show hacen claramente una relectura de ciertos tangos que reflejaban el acendrado machismo de una época. ¿Cómo fue el proceso de empezar a advertir que ciertas letras no eran tan graciosas como parecían?
M.P.: Por supuesto que no son tan inocentes y nosotras quisimos ponerlo en evidencia, sin dejar de reconocer el ingenio literario de los textos, su calidad musical.
–Ustedes recrean, por ejemplo, “Pedime lo que querés” en un tono burlón que pone de manifiesto lo imperdonable de esa conclusión: el tipo le ofrece a la mina todo –hasta un negro que le eche aire– para sentirse con derecho a fajarla.
M.P.: Bueno, la misma Tita tenía un tema que decía: “Pa’ que la mujer marche derecha hay que fajarla...”. La primera vez me divirtió porque ella lo hace con ese estilo que ya sabemos, pero después me di cuenta de que nosotras no podíamos cantar eso, ni siquiera en broma.
–Por cierto, no es posible imaginarse un tango que diga que al varón, para que se porte como la gente, hay que torturarlo un poquito...
M.P.: Por supuesto que no, se hablaría de apología a la dictadura. Teníamos intención de reírnos, de satirizar algunos mitos: qué guapo ni guapo. Hoy, por estos lados, ya no debería tener ninguna vigencia, aunque sabemos que no todas las mujeres de acá son tan afortunadas como nosotras. Y también que en otros países están todavía muy sometidas, que se violan sus derechos. Acá, al menos en lo legal, estamos mejor. Aunque todavía falta mucho.
–¿Cómo se dividieron los tangos de milonguitas?
P.B.: De acuerdo con los gustos personales. Yo hago “De mi barrio” y Marcela, “Prostibulario”. Y juntas, “Los amores con la crisis”. Así sucedió con todo el repertorio. Este sería el bloque de prostitutas, aunque “Los amores...” tiene que ver más bien con cierta prostitución encubierta: las que buscaban marido con plata, las mantenidas con libreta. Después de ese tema jugamos con el papel, hacemos como que yiramos un poquito al bandoneonista. Yo he escuchado a algunas intérpretes hacer, por ejemplo, más en joda “De mi barrio”: a mí me parece que es totalmente triste, denso. La historia es trágica: una chica que es engañada con falsas promesas de matrimonio y puesta a trabajar en el cabaret. Y ya no puede salir de eso.
M.P.: Es que “De mi barrio” y “Prostibulario” están cantados desde el lugar de muchas chicas que no eligen este camino, que han caído ingenuamente y están totalmente indefensas.
P.B.: En este bloque nos sentimos muy solidarias con la tristeza de estas mujeres, con este sufrimiento: “Mi dolor se confunde con mi risa, porque a reír mi dolor me acostumbré”, canta la protagonista de “De mi barrio”. Es una tragedia.
–¿Cómo surge la idea de intercalar fragmentos de Oliverio Girondo en esta zona?
M.P.: Estas chicas de Flores aparecen porque a mí me encanta Girondo, ya había incorporado textos suyos a un espectáculo que hice el año pasado. Voy con la idea a Patri, la entusiasma y nos ponemos a ver cómo lo ensamblábamos. Y quedó así, enganchado con “De mi barrio”.
–¿De entrada ya sabían que el espectáculo iba a oscilar entre el drama más sórdido, el humor crítico y el patetismo con referencias a la actualidad?
P.B.: Queríamos recorrer todo ese abanico de sensaciones, de emociones, de estados de ánimo. Porque nosotras somos así también: nos gusta la intensidad, tomamos las cosas a veces con mucho humor, a veces con mucho dramatismo, siempre con fervor. Por eso es un espectáculo que nos exige, además de actuar, bailar y cantar, muchos cambios de registro.
–¿Hubo alguna idea madre respecto del repertorio?
M.P.: Hacer un varieté porteño, lo que nos daba la posibilidad de jugar libremente. Obviamente, se trataba de hacer algo en torno de la mujer. Lo de desarrollar nuestra visión del tango, hoy siglo XXI, apareció después. Sabíamos que sobre el escenario tenía que haber algún tipo de narrativa, claro. Y sucedió naturalmente, no lo forzamos, pero surgió un poco esa historia abreviada: empezamos con Tita, terminamos con Astor. Y lo de la revista era un gustito que nos queríamos dar: Patri tiene mucha experiencia y yo, por lo que hice el año pasado con Gogo Andreu, estaba muy motivada. Decíamos: esto es para Sofía Bozán. De hecho no somos cantantes de tango profesionales sino más bien actrices que tuvimos la suerte de formarnos en varias disciplinas: teatro, danza, canto.
–La leyenda misógina –que alimenta las promocionadas guerras de vedettes– sostiene que dos mujeres no pueden trabajar en armonía, en igualdad de condiciones sobre la escena.
M.P.: Por favor, podemos disentir, intercambiar, pero no rivalizar.
P.B.: Si lo bueno es que las dos rindamos al máximo en el escenario, con diferentes estilos. Cuando estamos juntas, somos pares. Una dupla fuerte, eso es lo genial. Rivalizar, competir, sería ir en contra de nosotras mismas.
M.P.: La idea es sumar. Yo no le voy a decir a ella que no lleve algo que le queda bien. Y a mi vez, me pondré panchos si hace falta para equipararme más o menos con las tetas de ella... Así nos sentimos tan bien, estamos recontentas con el show. Está mal que lo diga yo, como si no tuviéramos abuelas ni tías... Costó en más de un sentido, pero es un productazo. Acá nadie vino y nos puso 20 o 10 lucas. Nadie. Fue todo a pulmón, y eso le da un valor extra.

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