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Viernes, 28 de mayo de 2010

ENTREVISTA

ZAPATISMO GLOBAL

En el centenario de la revolución mexicana y a más de una década y media de la irrupción pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la militante anarquista nacida en Barcelona Guiomar Rovira analiza la complicada coyuntura del México de hoy.

 Por Veronica Gago

Guiomar Rovira es una de esas mujeres que han sido tomadas por un acontecimiento histórico. Algo del orden del azar quiso que estuviera en Chiapas el 1º de enero de 1994. Militante anarquista, nacida en Barcelona (1967), dedicada free-lance al periodismo, el alzamiento armado zapatista capturó primero su entusiasmo político, su vida entera poco tiempo después. Se quedó viviendo desde entonces en México (su tono es ya mexicano), tuvo un hijo y escribió dos libros: Zapata vive (Virus, Barcelona, 1994) y el bellísimo Mujeres de Maíz (Era, México, 1997). Actualmente trabaja en el área de Comunicación y Política de la Universidad Autónoma Metropolitana de México y acaba de publicar su último trabajo (originariamente su tesis de doctorado): Zapatistas sin fronteras. Las redes de solidaridad con Chiapas y el altermundismo (Era), que vino a presentar a la Argentina por invitación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Se trata de un minucioso trabajo que conceptualiza el tipo de impacto trasnacional del zapatismo, las redes que impulsó y, sobre todo, el tipo de ciclo político que inauguró.

Leyendo el libro se logra captar que, en su momento de alza, el zapatismo inventa un modo de politización trasnacional de nuevo tipo; incluso tales invenciones desbordan luego hacia el altermundismo. ¿Cómo sintetizarías la efectividad de esa trasnacionalización de la resistencia? ¿Cuáles son sus elementos más interesantes?

–Creo que el zapatismo fue el detonante de una nueva forma de estar y pensar las luchas más allá del marco nacional, la posibilidad de actuar globalmente. El entusiasmo que suscita la hazaña de los indígenas de Chiapas, capaces de rebelarse en contra de toda expectativa, tras la caída del Muro de Berlín, genera una euforia activista, revitaliza el espíritu libertario de muchas luchas y abre la posibilidad de encuentro entre grupos y movimientos disímiles. El indígena como metáfora de la exclusión global y de la rebeldía en la que todas las exclusiones pueden reconocerse.

La experiencia de la convergencia y la posibilidad de marcarse objetivos comunes a pesar de las diferencias es la gran aportación de la red zapatista transnacional, se trastrueca la idea de solidaridad entendida como apoyo a un tercero, el zapatismo pasa a actuar a nivel local en muchos contextos; se lo resignifica y los activistas se lo apropian a su modo, sirve de activador, dinamizador, ingrediente entusiasmante que permite retomar las protestas, perseverar en la movilización.

Haciendo de Chiapas el eje, sin embargo, se logra interpelar otras militancias...

–De repente, se “hace zapatismo” de distintas maneras, a partir de tradiciones y contextos dispersos y lejanos. El alzamiento de los indígenas de Chiapas funcionó como un lugar común a todos, su efectividad tiene que ver con que logra sumar y no restar. Al coincidir además con la extensión del uso del Internet, el zapatismo inaugura las redes activistas globales, se descubren nuevas posibilidades de acción descentralizada y horizontal basadas en la información compartida. La visibilización de lo que ocurría en Chiapas ha sido labor colectiva y horizontal, se generó de forma espontánea y no dependió ni de un órgano rector. Sorprendió al mismo EZLN. Ese es el gran aporte: encontrar lo que las luchas tienen en común, sumar sin tener que homogeneizarse, buscar nuevas formas de coordinación sin centralización, ensayar la potencia de la diversidad, romper la idea de la gran masa uniforme a favor de los muchos grupos autónomos que saben concertarse ante un objetivo común: defender a los indios de Chiapas o atacar el neoliberalismo.

Esta secuencia la caracterizás como ciclo concluido, ¿qué balance puede hacerse de él?

–Considero que el ciclo de acción global, caracterizado por la euforia ante la posibilidad de la comunicación horizontal, de las redes y el ciberactivismo, las formas de movilización basadas en la convergencia de muchos hacia un objetivo –la idea de enjambre o de nube de mosquitos– a partir de coordinaciones laxas y autonomía de los nodos de la red, ha mostrado su efectividad, pero a la vez es insignificante frente a las mismas redes y tecnologías puestas al servicio de la guerra y el control. A partir de 2004, los cambios geopolíticos, las guerras en Afganistán y en Irak desencadenadas de modo unilateral por Estados Unidos restringen las oportunidades políticas del activismo global. Las movilizaciones de millones de personas contra la guerra en Irak que ocurrieron en todo el mundo no lograron detener las estrategias imperiales. Tampoco la persecución de la OMC, el FMI, el BM, el Grupo de los 8... hoy en día, no parece muy efectivo denunciar violaciones a los derechos humanos ante un estado de excepción global, donde se cometen atrocidades y se lanzan bombas sobre poblaciones civiles en nombre de la democracia. Ante el terror de un capitalismo de guerra, la falsa promesa de la globalización como democracia mundial cosmopolita desaparece y lo que queda de esa palabra-trampa, la globalización, es simplemente un capitalismo todavía más descarnado.

¿Qué tipo de activismo es posible en este contexto?

–Esto inevitablemente obliga a repensar las formas de transformar la realidad, y considero que la euforia global dejó paso a un ciclo de acción colectiva mucho más pragmático, basado en lo local. Incidir y cambiar las condiciones de la vida cotidiana, luchar por generar espacios inmediatos donde se experimenten otras relaciones, no patriarcales y anticapitalistas, construir procesos autónomos dentro de lo posible para vivir mejor, hacernos cargo de nuestra existencia y sentir el vínculo con los otros. Y si acaso, las redes globales y el ciberactivismo sirven para el apoyo mutuo ente las diversas experiencias, de aprendizaje compartido, pero pensar en que haremos la revolución en el ámbito macro y en las redes tecnológicas es hoy una ingenuidad.

La situación mexicana actual parece estar dominada por violencias de toda clase, ¿qué espacio tiene hoy la palabra zapatista?

–Dígale terrorismo, dígale narcotráfico. La actual fase del capitalismo y la dominación mundial se basa en la guerra y la violencia. La falta de legitimidad de los estados, reducidos a engranajes del expolio capitalista, incapaces de garantizar los derechos ciudadanos, se palia con la invención de los enemigos internos. En México tenemos un presidente que llegó al poder a través de un magno fraude electoral y que para mostrarse fuerte emprendió lo que llamó “una guerra contra la delincuencia organizada”, para lo que movilizó al ejército. Van alrededor de 22 mil muertos en los últimos 3 años, según un informe del Senado mexicano, sin que nadie sepa si son narcotraficantes que se matan entre sí, daños colaterales o acciones del ejército fuera de todo control... darle todo el poder al ejército para que se instale en las calles y carreteras del país, sin importar sus terribles violaciones a los derechos humanos ni su “fuego cruzado” con civiles, sin jamás tocar ni una sola cuenta bancaria, librando una guerra de todos contra todos, el Estado contra sí mismo, porque la corrupción y el narco no son discernibles del aparato de poder.

En este contexto, con una media de 40 a 50 asesinatos diarios, ajusticiamientos, víctimas del fuego cruzado, cabezas cortadas y civiles baleados, el zapatismo tiene poco espacio, pues poco espacio hay para la palabra en tiempos de guerra.

El fraude electoral en México distanció a ese país del fenómeno de los llamados gobiernos “progresistas” de Sudamérica a favor de una militarización creciente, ¿desde qué lugares se ha podido responder a esta situación? ¿Son los movimientos sociales actores de alguna resistencia importante?

–La exigencia de la sociedad de sacar al ejército de las calles se está convirtiendo cada día más en un clamor. Las organizaciones de derechos humanos han hecho continuas denuncias de los desmanes castrenses, que escapan de la Justicia apelando a su propio fuero, que no es otra cosa que impunidad.

La gente no aguanta más: ejemplo de esto es la población de Ciudad Juárez, donde la masacre de mujeres y jóvenes es extrema, se ha organizado a través de marchas y plantones exigir el regreso de los soldados a los cuarteles.

La impunidad es el gran problema, que sólo se ve incrementado con esta aparición del ejército en la persecución de un enemigo que está en las mismas filas del Estado, a través de la infiltración y la corrupción, como se ha demostrado a lo largo de todos estos meses. Sin una estrategia de inteligencia y sin tocar el camino del dinero, Calderón ha desatado una guerra brutal contra la gente, quizá para que nos habituemos a ver al ejército en las calles y para que una represión masiva sea indiscernible del número habitual de muertos y decapitados diarios.

Sin embargo, siguen adelante el Movimiento en Defensa de la Economía Popular, que encabeza Andrés Manuel López Obrador y que ha logrado generar espacios de organización por todo el país con las Casas del Movimiento. O las redes del ecologismo popular como “Sin maíz no hay país” en defensa del campo mexicano, contra las mineras, etc. O los miles de obreros sindicalistas despedidos por el gobierno al extinguir Luz y Fuerza del Centro. O los pueblos indígenas con sus distintos proyectos de autonomía y de supervivencia: en Chiapas y en muchos otros estados del país. O las madres en contra de los feminicidios de Ciudad Juárez, la ejemplar labor de “Nuestras hijas de regreso a casa”. O las Mujeres sin miedo, o el comité Eureka que sigue clamando por los desaparecidos políticos.

En Sudamérica los llamados festejos del Bicentenario están en el centro de las agendas oficiales; en el año del 100 aniversario de la revolución mexicana, ¿hay algún tipo de debate en México al respecto sobre su “actualidad”?

–Ante la inminencia de 2010, en muchos círculos de activistas se decía que venía un levantamiento generalizado de grupos armados. Recuerdo un stencil en una pared: un dibujo de Zapata con dos rifles cruzados y la leyenda “Nos vemos en 2010”. Llegó 2010 y nada ha pasado, o mejor dicho, pasó lo peor: el ejército está a cargo del país, las armas y el fuego cruzado impiden preguntar cuál es el sentido de tanta violencia. En México, los festejos del Bicentenario opacan los del centenario, ante la derrota de las fuerzas sociales por parte del autoritarismo, la represión (véase Atenco y Oaxaca) y la violencia. No hay más celebraciones en puerta que las que organizan con un sentido histórico las universidades y las de expiación de culpa con grandes fastos del gobierno. Ninguna referencia al presente, a las luchas de hoy, a la prevalencia de las demandas de Tierra y Libertad.

El poder se apropió de la Revolución y la traicionó al institucionalizarla con un régimen de partido único que acabó restableciendo a un grupo corrupto y usurero por encima de la población. Igual que la Independencia traicionó la posibilidad de fundar un Estado, ya no colonial ni basado en la exclusión, para convertirse en una sucursal del capitalismo europeo y luego gringo. Sin embargo, la gente sigue defendiendo la Constitución de 1917, el derecho a la propiedad colectiva de la tierra, el derecho a una educación pública laica y gratuita, el derecho al trabajo y al contrato colectivo.... todos ellos pisoteados por los actuales gobernantes...

Como dice el profesor de la UNAM Bolívar Echeverría, estos festejos desde arriba más que de conmemoración parecen “de autoprotección contra el arrepentimiento”. En ambos momentos históricos se dio la posibilidad de fundar la república, en ambos casos se exacerbó la escisión entre los poderosos –la happy ruling class– y el resto.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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