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Viernes, 11 de abril de 2003

señora danza

María Fux es un nombre que resuena en varias generaciones. Bailarina, coreógrafa, terapeuta, creó la danzaterapia, una técnica que se emplea en escuelas de Milán, Trieste, Florencia y Madrid. A los 81 años, la increíble vitalidad de esta mujer, Ciudadana Ilustre de Buenos Aires, invita a conocerla mejor.

Por Sonia Santoro

Yo quiero saber cómo está el cielo, dónde se ha puesto el sol, quéforma tienen las nubes. Por ejemplo un día trabajo sobre hacer pan. ¿Cómo se hace el pan? Los chicos me dijeron: se compra, medio kilo, dos panes, lo que quieras. ¿Pero no sabés cómo se hace? ¿No sabés qué es la harina? Entonces todo el encuentro fue a sembrar trigo, a dejarlo crecer, a recoger el trigo, a pasar por el cedazo, todo con movimientos, con música. Una vez que hicimos el pan vamos a bailar hasta que esté. Una vez que esté, ¿qué hacemos? Agarramos el pedacito de pan y le damos al compañero. Y así, todo así, todo así, todo así. ¿Quién me enseñó? Yo danzo de la manera en que no me enseñaron y construyo de la manera que a mí me hubiera gustado que me enseñaran.” Recién llegada de Europa, María Fux confiesa que concedió esta entrevista a Las/12 para avisarle a la gente que está viva, que tiene 81 años y todavía sigue dando clases de danzaterapia, con esa metodología personal que fue creando a lo largo de su más de medio siglo de enseñanza.
Hace 25 que no se toma vacaciones. En enero y febrero viaja a España e Italia, a seguir sembrando. Tiene centros en Milán, Trieste, Florencia y Madrid. “Voy formando gente. Lo importante es hacer de la vida de uno, a través de la madurez, la posibilidad de dar a los otros la experiencia que tenés en vida. Si no, no tiene sentido. Lo que me importa es no llevarme nada sino tratar de desarrollar en los otros el interés por algo que pertenece a todos, que es el cuerpo; poder comunicar los sí puedo del cuerpo a la gente que tiene problemas”, dice en su estudio, que a la vez es su casa, de Buenos Aires.
Sentada a la mesa de un living comedor amplio y oscuro –con muñecas rusas, árboles pintados en la pared, palomas colgando de un espejo, libros–, muestra las fotos de su seminario en Italia. “Yo no hablo ni de pedagogía ni de técnicas corporales, sino que trato de dar lo que tengo y lo que voy descubriendo dentro de mí”, dice.
Fux es una mujer pequeña de ojos brillantes. Envuelta en una especie de kimono de invención propia, se mueve inquieta por su casa. Trae fotos de sus nietos, va a la cocina a ver la gatita que le acaban de traer. Busca un libro para la cronista. Por momentos, esos ojos verdes se vuelven pícaros cuando sus cejas sonríen e invitan a su juego. En otros, como cuando habla de la guerra, se humedecen. “Ahora estoy totalmente sacudida por la guerra. Cada noticiero, cada imagen se graba en el cuerpo. Y la guerra no está lejos, está cerca. Me siento impotente pero al mismo tiempo tengo esperanza y la esperanza es justamente dar laposibilidad de poder creer que se puede. Todos debemos sentirnos partícipes para encontrar la paz. Se puede hablar de integración.”
–¿En sus clases los chicos muestran preocupación por la guerra?
–No. Y yo no quiero producir lo que ellos no tienen todavía como pregunta.
La guerra es para Fux sinónimo de un mundo con límites para cada vez más gente. Piensa en los cuerpos mutilados que dejará esta nueva guerra. Y recuerda el viaje a Taiwan que hizo en 1996 para participar de un congreso sobre el arte como estímulo para la creatividad en personas con límites. “La última noche se presentó el grupo nacional de Taiwan –relata en el libro Danzaterapia. Fragmentos de vida–. Se trataba de un ballet de treinta bailarines, hombres y mujeres, todos imposibilitados de caminar y de usar sus piernas. Cuando se abrió el telón, el grupo avanzó hacia el proscenio y, durante unos instantes, que parecieron interminables, simplemente miraron al público. Luego arrancó un rock pesado y ellos comenzaron a deslizarse por sus sillas de ruedas. Eran como raíces. Subían y bajaban, se enroscaban y creaban formas laberínticas, muy impresionantes. Su danza era pasión, ternura, rabia, dolor y alegría.” Le preocupa pensar si estos nuevos mutilados tendrán la posibilidad de danzar.
A los cinco años, Fux ya sabía que lo suyo era la danza. Era la mayor de seis hermanos de una familia judía que vino de Rusia. Su padre joyero había quebrado por los coletazos de la crisis del ‘30. “Aprendí de chica el valor de no tener. La primera vez que tuve un aparato tocadiscos de 78 rpm tenía 21 años. Yo veo ahora los chicos que tienen teléfonos, que tienen aparatos de sonido, amplificación, jueguitos... mi juego era la danza, era sentar a mis hermanos y bailar para ellos. Y me arreglaba con nada, con pedacitos de trapo. Tenía 16 o 17 años, tomaba ese tranvía 2, de Liniers a Retiro para tomar mis clases de danza, y en esa época las chicas usaban sombrero. Yo no tenía plata para comprarme, entonces, mamá tenía carpetitas de encaje, cosas viejas, me las ponía en la cabeza con un pinche acá. Y yo me miraba por el vidrio a ver si algún chico me miraba... es decir, siempre usé la creación.”
“Quiero hablar de los valores que permanecen inmutables a través del tiempo –agrega–. ¿Se puede comprar la dulzura? ¿Se puede comprar una mano? Son cosas que no se pueden comprar. Y fijate, el de al lado tiene también un codo parecido al nuestro, la boca en el mismo lugar. ¿Por qué no lo miramos? Entonces hacemos el juego de la mirada. El juego que no es juego, ¿no?.” Fux habla simple. Tan simple que pareciera que recién en ese momento una puede tomar conciencia del verdadero significado de las palabras.
Estudió con la bailarina rusa Ekaterina de Galantha, gracias a que su madre sacaba 20 centavos de su magro presupuesto para que pudiera viajar. A los 15 años alguien le prestó un libro sobre la vida de Isadora Duncan que le hizo darse cuenta de que había otros caminos distintos a la danza clásica que estudiaba. Entonces empezó su búsqueda personal a partir de la improvisación y la experimentación con la danza. A los 19 años debutó en el Teatro del Pueblo después de convencer a Leónidas Barletta, el director, de que lo suyo, que era tan diferente a lo conocido en el mundo de la danza, también era arte. Durante los diez años que Fux se presentó en ese teatro, siguió buscando un maestro que la guiara. A los 31 años viajó a Estados Unidos a tomar clases con lalegendaria bailarina Martha Graham. Pero Graham era inaccesible. Durante un año trabajó sacando fotocopias en Aerolíneas Argentinas. Con lo que ganaba apenas podía pagar una pieza y poca comida. “Un día, al salir de una clase, por fin la gigantesca inalcanzable Martha Graham quedó a solas conmigo. Fue en el ascensor. Entonces, en mi entrecortado y mal inglés, le supliqué que viera mis danzas –relata en Danzaterapia...–. Accedió, mirando su reloj me concedía media hora al día siguiente. Esa fue una noche infernal, revisé in mente cada una de mis danzas y todas me parecían muy pobres. Por fin, llegó el momento. Ella me esperaba y yo, con mis discos rayados, comencé a bailar frente a Martha. Ya no me importaba nada, era mi meta. (...) Fue pidiéndome más y más, hasta que, después de una hora, yo ya no tenía más que darle y me senté en el suelo frente a ella. Entonces, con su voz gutural, me dijo pausadamente: eres una artista, no busques maestros fuera de ti. No tengas miedo de hacer danzas teatrales, eres actriz. Continúa hacia adentro de ti lo más que puedas. Vuelve a la Argentina y no esperes nada de maestros. Tu maestro es la vida.”
–Dejó a su hijo de 7 años en Buenos Aires...
–Sí, sufrí mucho. Pero era muy fuerte la búsqueda de la vocación. Yo en aquel momento no comprendí a Martha Graham. No sabía por qué me decía eso, yo quería un maestro fuera. Pero vieras qué hermoso es cuando vas encontrando caminos que te enseñan desde adentro. Porque también es misterioso, porque tampoco se sabe, y eso es importante, el no saber todo, que no está todo dado, eso es lo que les pasa a los chicos ahora.
–¿Y cómo creó su propia metodología?
–Siempre me han interesado los límites, los de mi cuerpo y los del otro. Yo he tenido una mamá que tenía una pierna rígida. Cuando tenía 5 años vinieron del pogrom de la Rusia con 11 hermanos, se infectó una rodilla y acá le quitaron la rótula. Esa pierna de mamá se vinculó con mi cuerpo desde chiquita. Mi padre siempre cuidaba mucho de la pierna porque era fija –gira en su silla y estira la pierna izquierda–, renqueaba. Por qué era mi interés hacia los límites lo supe posteriormente. Indudablemente, la pierna de mamá me hizo pensar que yo era la pierna de ella que danza. Al mismo tiempo me interesaba la exploración del silencio como posibilidad de comunicarme sin estímulos exteriores y hacía espectáculos sobre danzas en el silencio.
–¿Tiene registro del momento en que dijo “hay que buscar por acá”?
–Sí, claro. El día que una amiga mía tuvo una criatura sorda. A los 4 años era una criatura que no hablaba, que gritaba, estaba con un estado de rabia muy grande con el mundo que la rodeaba. Yo pensé que como había trabajado tanto sobre el silencio podía vincularlo con la danza. Y así comenzó. En esos encuentros, gente diferente se fue acercando. El trabajo con los chicos con síndrome de Down, la espasticidad... siempre me interesaron los límites: por qué el cuerpo dice no puedo. Entonces, ¿qué he hecho o qué hago? Descubrir ese punto de contacto donde el cuerpo comienza a sentirse vivo, utilizando estímulos de todo tipo, no solamente a través de lo visual del cuerpo en movimiento, sino a través de la música, de la percusión, de la palabra, del color.
El estudio da sobre la calle Callao, a dos cuadras del Congreso. Un grupo de mujeres espera la llegada de la maestra charlando sobre el piso parquet. Chicas de joggins, mujeres de malla de lycra, una chica negra, otra con problemas motrices, otra con sufrimientos que no se ven. “Micuerpo es un elástico, lo estiro, y lo relajo, lo estiro y lo relajo”, comienza María Fux. Las mujeres toman un elástico y empiezan a moverse, se estiran y contraen, cada una según su gusto o según su necesidad, bajo esa consigna. Al final de la secuencia todas aplauden, ya entradas en calor. “Ahora vamos a trabajar con los talones. ¿Dónde está mi talón? ¿Está solo? No, tiene un hermano. Y qué bueno que tiene un hermano porque cuando uno se cansa el otro sigue”, dice Fux con esa mirada pícara. La danza es ahora sobre los talones. Cada una con su paso. Talones rítmicos, talones ágiles, talones cansados, talones suaves, talones agrietados.
Las clases de María Fux son todo improvisación y creación. Recorrió el mundo llevándolas a asilos de ancianos, cárceles, colegios de sordos, neuropsiquiátricos. Creó escuelas donde pudo. Escribió libros registrando su experiencia.
–¿La danzaterapia es sólo para gente con problemas físicos?
–No, para todos. Integración significa que hay gente como vos, como yo, unida a una persona sorda. La danza es para todos y cada uno de acuerdo con los límites y con las posibilidades. A partir de la danza, uno puede decir mi cuerpo ha comprendido, ni la cabeza ni el ánima, porque el cuerpo es la totalidad. Otra cosa que te da es la aceptación de los cambios a través del tiempo, especialmente en las mujeres. La aceptación de los cambios de la piel, la aceptación del cambio físico... ésos también son límites.
–A las mujeres les cuesta aceptarlos.
–Sí, a las mujeres y a los hombres ahora. No se cambia a través de cirugías estéticas, se cambia a través de lo que somos y de lo que podemos hacer con lo que somos. Y de dar.
–¿Cómo cambiar la mentalidad de los chicos, guiados por la estética de la delgadez?
–La tienen que cambiar en la casa, la casa de todos. La casa de uno es el cuerpo, y la sociedad es parte de ese cuerpo. Ese mundo que tenemos lo tenemos que desarrollar y amplificar.
–Hay gente de 45 años que parece vieja. ¿Cómo se relaciona con la gente que parece o es mayor?
–La acepto, trato de difundirles alegría, movimiento, capacidad de que se puede. También el hecho de que sea una persona grande les ayuda a pensar: si ella puede por qué no yo. Aparte el estar activa...
–En una entrevista dijo “no existe el movimiento bien o mal hecho, existe lo que es”. ¿Esto se puede trasladar...?
–A todo. Yo no trabajo únicamente con el cuerpo, sino que trabajo con el pensamiento, trabajo con la realidad, trabajo con la creación, donde no existen ni bien ni mal. Si tu movimiento es diferente al mío, es tuyo y yo lo acepto; no tiene que ser igual al mío porque yo soy diferente a vos. Ese es el sentido del trabajo.
–Esto es contrario a la danza clásica, por ejemplo.
–¡A todo, a la vida!
–¿Cómo ve la danza actual en el mundo y en la Argentina?
–Partimos de la Argentina, creo que hay muy buenos coreógrafos que trabajan con mucha originalidad. Especialmente ahora con el gran auge que hay con el tango. En cuanto a los jóvenes, siento que hay una gran diversidad en la búsqueda del cuerpo a través de la danza. Y los maestros que existen en Buenos Aires son de valor, pero muchas vecesestán embriagados por la técnica. Y el mundo, indudablemente, es la proyección de lo que se puede hacer a través de técnicas diversas. Siempre es apasionante ver danza.
–¿Lo suyo es danza contemporánea?
–Es danza, es comunicación.
–Todo su trabajo es muy movilizador. ¿Cómo se hace para estar todo el tiempo tan movilizado?
–Bueno, tengo mis caídas y yo las acepto. Tengo un destino para cumplir. Tengo buena salud, me cuido. Viajo sola pero siempre estoy integrada con mi sombra. Mirala, ¿la ves? –sonríe, indicando la imagen de su cuerpo proyectada en el piso–. No estás nunca sola. Cuando estoy cansada, duermo. Mi trabajo tiene una extensión de tantas horas. Después como lo necesario, descanso.
–¿Cuándo supo cuál era su destino?
–Cuando comencé a darme cuenta que todo lo que tenía no me pertenecía, que estaba en el cuerpo de los otros, que yo debía despertarlos, que debía entregar ese hilo conductor para que la gente que me rodeaba encontrara su propio camino. Entonces, me produjo mucha fuerza, mucha energía, muchos deseos y también muchas dudas, muchos miedos, muchas caídas. Se me partió la pierna en dos pedazos.
–Como su mamá.
–Sí, pero yo me di cuenta de que no soy mi mamá. Y acá estoy, mi pierna –levanta una y otra con los pies en punta, como bailarina de can can. Ríe– está perfecta, estudió con María Fux.
–¿Su mamá hizo danza con usted?
–En la cama, pobrecita, ya de mayor, con las manos; sentía mucho la música.
–¿Cree en Dios?
–Creo en la vida, creo en la gente, creo en el poder del cambio. Y creo que debo hacer algo por el cambio, primero debo cambiarme yo.
–¿Qué otras cosas le gustan?
–Leer, me interesan mucho las biografías, las experiencias de otros. Me interesa mucho el arte plástico, ni qué hablar de la música, improviso en el piano, me gusta imaginar.
–¿Mira televisión?
–Poquísimo ahora, porque me horroriza. Los documentales que son tan realistas. Me horroriza pensar que el hombre ha llegado a la luna, que sabe cibernética, que hay montones de aparatos de todo tipo en las casas y que no le da valor a una silla vieja para arreglar. Ahora parece que sí, que hay una muy buena vuelta al reciclaje y eso me da una enorme alegría porque yo vivo reciclando, vivo dándome vuelta los vestidos. Me encanta esa palabra: reciclar, volver a construir con lo que se tiene.
–¿Va a votar?
–Claro que voy a votar. No sé a quién y tengo miedo de los monstruos que están avecinándose.
–¿Alguna vez estuvo convencida al votar?
–Sí, en la época de (Arturo) Frondizi, lo voté creyendo que sí. Nunca más.
–¿La defraudó?
–Más tarde.
–El año pasado la nombraron Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
–Sí. Lo que sentí es que no hubieran estado mis padres. Para ellos hubiera sido como el día que bailé en el Teatro Colón, en el ‘63. Mi papá dijo “ahora entiendo por qué te gusta la danza, perdoname si te hice tanta guerra”. Para él la palabra bailarina era como prostituta, una cosa espantosa. Por muchos años me hizo la guerra, hasta que me casé, con 19 años.
–¿Se casó muchas veces?
–Tres veces. No soy como doña Flor. Me separé las tres veces.
–¿Está mejor sola?
–¿Qué decís vos? –le pregunta a la sombra, con sonrisa enigmática–. No me contesta.
Fux dice que no está sola. Que la acompaña Antonia, su mano derecha e izquierda. Que tiene un hijo músico, Sergio Aschero, que inventó un sistema de educación musical sin pentagramas y sin notas; una nieta, Irene Aschero, también música y cantante; y dos bisnietas, a las que ve cuantas veces puede. Y que esa familia le hace comprender el mundo.
–En una entrevista dijo que encontró el amor y no lo valoró lo suficiente.
–Lo dije por una persona que no comprendí, porque yo en esa época era o blanco o negro y la vida no es así. Fue uno de mis maridos. Está muerto ya, han muerto ya dos, creo que los tres están muertos. Nunca más los vi.
–Otra cosa que dijo es que era inflexible y que se creía dueña de la verdad.
–Es verdad, cuando era más joven, ahora no. Era muy absolutista. Es como si hablara de otra persona. Pasó, aprendí.
–¿Se arrepiente de algo?
–Claro, hay cosas que no volvería a hacer si tuviera la claridad de mis 81 años. No quiere decir que no creo en el amor, ni en apasionarme, aun ahora, yo creo absolutamente que eso hasta que uno se muera es así. No es que ya terminó.
Al día siguiente de esta entrevista, Fux se comunica con la cronista, muy preocupada por algo importante que, según ella, había olvidado decir: “Mi deseo más grande es seguir sembrando esperanza”.

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