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Viernes, 11 de abril de 2003

madres con ruedas

Un grupo de madres rosarinas, que tienen en común la discapacidad motriz, intercambia sus vivencias y vuelca sus testimonios en un documental, “Madres con ruedas”, que intenta reflejar cómo se vive la maternidad desde ese límite, que cada una de ellas fue corriendo.

Por Florencia Gemetro

Mónica comenzó a filmar por la necesidad de sobrellevar la discapacidad buscando respuestas. “Por el deseo vital –dice ella– de mostrar mis capacidades.” Fue la figura central de un primer documental. Y planea terminar otro con escenas del anterior. Las protagonistas son amigas santafesinas que Mónica reunió y entrevistó para un filme al que decidió llamar Madres con ruedas.
Desde chica necesitó ayuda para cambiarse, bañarse o trasladarse en la silla. Pero su discapacidad no la desalentó: “Siempre fui muy salidora a pesar de mis limitaciones”. Así conoció a las mujeres del Club de Lisiados. Se les ocurrió grabarse durante una tarde de amigas hace una decena de años. “Al documental (A bordo de un carrito) –recuerda Mónica– le terminaron poniendo el nombre los taxistas porque siempre nos preguntaban: ‘Señora, ¿qué hago con el carrito?’. ‘Y... súbalo. ¿No ve que viajo a bordo de un carrito?’.”
A Mario (Piazza, un talentoso cineasta rosarino) lo conoció durante el rodaje. Fue el director al que le encargó la película o, en sus palabras, el hombre que le movió el piso. “Lo fui descubriendo en el rodaje, pero nunca me imaginé que me iba a enamorar de él.” Sus ojos chispean y se encienden cada vez que recuerda la historia de amor: “El tomó la iniciativa, pero no nos dijimos nada. Al principio tuve mucha angustia mezclada con una fuerte, visceral necesidad de estar con él”. Para Mario, la fascinación llegó por las “elementales razones de que era, es, bonita”, y lo escuchaba. “Además me encontraba sin poder encajar adecuadamente en este mundo y encontré en ella comprensión, una sensibilidad herida.” Empezó a vivir su sexualidad con Mario. Antes no se relacionaba con nadie. Y si alguna fantasía difusa tenía él era “la idea irracional –según aclara– de que podía llegar a curarla haciéndole el amor”.
Su hija vino después de dos intentos que frustraron sus deseos. “Con esas dos pérdidas tremendas ya no quería saber nada. Estaba llena de miedos y angustias.” Quedó embarazada cuando había desistido de la idea por temor a las ilusiones. María Victoria nació por cesárea. Cuando se despertó de la anestesia, alcanzó a distinguir a su marido rodeado por una fuerte luz de día que colmaba el ambiente por entre las hendiduras de la habitación. Mario estaba parado al lado de ella. Le preguntó por la nena y sintió un alivio al enterarse de que todo estaba bien. “Al verla tuve una sensación de gran extrañeza porque estaba fuera de mí. Además era igualita al padre y la había imaginado como yo.” Los primeros meses vivió en un estado de “limbo”. Una mezcla rara de alegría y miedo a la vez. “Mi hija ya tiene trece años. Pero pude disfrutarla recién después de mucho tiempo por las implicancias que tiene el vivir una maternidad que se hace continuamente. Porque no es que yo la haga a ella. Yo soy a partir de María y María me hace a mí. Es una interacción.”
La decisión de ser madre surgió “a partir del deseo de ser como ‘todas’. Me siento capaz de ser mamá y creo que todas las demás a quienes conozco y entrevisté para la película se sienten capaces también”. ¿Capaces de qué?De ser trabajadoras, amantes, novias, madres si quieren, responsables de su cuerpo, de su sexualidad y de sus vientres. Ser amadas sin más. Ser capaces de dar y recibir afecto sin pagar precios por amar o sentirse amadas. Tal vez por eso su motivación fue y es “la necesidad de mostrar todo lo que se puede hacer”.
Mónica se emociona cada vez que revive las filmaciones. Recuerda cuando Viviana, lisiada por un accidente automovilístico en su juventud, relata el momento en que recibe el informe del laboratorio anunciándole que estaba embarazada. Sus ojos se colman de emoción sin poder ni querer contener las lágrimas. Se acuerda de Noemí, una mamá soltera con muchos deseos de quedar embarazada, y de Leonora, repasando “la cantidad de folículos de las mujeres, a diferencia de esos miles de espermatozoides que los hombres van desparramando por ahí”.
Empezó a entrevistar a sus amigas mientras des/armaba su historia en el retrato de una mayor. La intención inicial de Mónica era recrear las situaciones del Club santafesino donde practicaba deportes. La de Mario era contar una historia. Pero juntos terminaron encarnando un relato, todavía inconcluso, donde se desarrolla paso a paso la historia de sus vidas y la de otras mujeres que viven su maternidad de una manera diferente. “Los esfuerzos fueron y son innumerables desde lo físico hasta lo económico, pero fue como si a través de esas lágrimas –concluye Mónica–, de esa emoción, habláramos sin palabras de la misma cosa: de un a pesar de todo, de una reivindicación ante la ofensa de una tragedia, que a la vez era el comienzo de otra cosa.”

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