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Viernes, 24 de septiembre de 2010

INTERVENIR

Buenas Señales

La obra de Luz Darriba, una artista que reflexiona sobre la violencia de género en el espacio urbano.

 Por Flor Monfort

Un buen día, la artista, que nació en Montevideo pero pronto vino a vivir a Buenos Aires, decidió que quería hablar de género en sus obras. Luz Darriba había pintado durante más de 20 años, se formó como escultora en la Pueyrredón, ganó el prestigioso premio del Salón Nacional, entre otros, pero lo suyo estaba en otro lado, no sólo había encontrado el contenido sino también la forma: quería hacer obras colectivas, intervenciones urbanas donde miles de personas participan y crean la obra al tiempo que sienten con ella.

Desde 1990, vive entre Lugo y Buenos Aires; en esa época entendió que España sería un mejor lugar para dedicarse de lleno al arte, y una década después lo comprobó cuando tantos argentinos llegaban buscando refugio del caos.

¿Por qué hablar de género en el espacio urbano? “Porque soy mujer, porque como mujer recibí diferentes discriminaciones y maltratos, en diferentes lugares y de diferente índole, y porque siento que mi obra se completa con esos hombres y mujeres de todas las edades que pueden pensar aquello que mi obra interpela”, explica Darriba, quien tuvo esta revelación en el año 2000 (una suerte de buen augurio para el nuevo siglo), y de allí en más, todo fue acción y reacción.

Primero fue la Plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela, la más grande de toda España y donde se encuentra la catedral de la ciudad. Consiguió que diseñadores y textiles donen cientos de rollos de tela y puso a la gente a coser una gran alfombra que rodeó la catedral. “Fue un homenaje a las mujeres de Nueva Inglaterra y las colchas de patchwork, las cuales transmitían mensajes cifrados de abuelas a nietas, y de generación en generación. No fue casual que lo hiciera frente a la Catedral: yo siempre procuro trabajar donde están los centros de poder de la Iglesia porque pienso que fue la institución que más oprimió a las mujeres”, explica, y las imágenes de ese día la apoyan: la fuerza del color y la textura entremezclada junto a la opulencia de la construcción gris y pesada de la iglesia dan cuenta de un nuevo milenio que se para frente al concreto para asumir la diversidad. Cinco mil personas cosieron, pegaron trazos que traían de sus casas y escribieron sobre esta gran alfombra con un mensaje claro: diversidad, tolerancia y esfuerzo colectivo para evitar la violencia y el desamparo de miles de mujeres. “Fue impresionante cómo se acercaba la gente a contar sus historias, a pedir ayuda, mujeres mayores que habían sido golpeadas en su juventud y aconsejaban a las jóvenes sobre cómo evitar el maltrato. Ahí es donde la obra continúa y ya no se puede ver ni tocar pero vive”, dice la artista, admiradora de Marta Minujín y sus happenings en el Di Tella, antecedente de una rama del arte que actualmente cobra más fuerza, la que promueve la participación, la acción social, la intervención directa sobre el espacio compartido, marcando sus límites y posibilidades.

Poco después, la noche del 7 de marzo de 2005, Lugo amaneció con 56 nombres de calles cambiados, todos, por nombres de mujeres. Ilustres y desconocidas que vestían los carteles con una breve reseña: quiénes habían sido, por qué valía la pena recordarlas. Pocos indignados se acercaron a protestar al ayuntamiento; el resto entendía el mensaje siendo el Día Internacional de la Mujer. “De hecho, son acciones que tuvieron réplicas, pero en Internet muchos me criticaron, decían que era una gilipollez; sin embargo tanto esas réplicas como las polémicas son formas de que la obra siga tejiendo redes y abriendo cabezas”, reflexiona la artista.

En noviembre de ese mismo año, y con motivo del Día Mundial contra la Violencia de Género, llegó “Guante Negro, Guante Blanco”, quince mil pares de guantes alrededor de la Catedral de Lugo en un espacio de dos mil metros cuadrados. “Todo fue montado por mujeres en situación de prostitución que estaban aprendiendo diferentes oficios para conseguir otros empleos. El efecto visual era shockeante, pero además los guantes hacían alusión a los tipos de violencia que se ejercen contra las mujeres: la simbólica y la física”, recuerda. La obra fue tapa de El País y una vez desinstalada, se pusieron a la venta los guantes y lo recaudado se envió a una asociación de mujeres maltratadas de Honduras, cuya sede había sido destruida por completo.

En 2006 se puso en marcha Señales, un proyecto de la artista con su hija Micaela, quien dirige una revista española de género (Foeminas) y se apura en aclarar el concepto: “Puede parecer una perogrullada, pero lo que no se nombra no existe”. El proyecto consistía en intervenir 76 semáforos de la ciudad para incluir la figura femenina en la señalización tradicional, a través de un stencil junto a la imagen del hombre. “En todo el mundo, la figura que representa el orden civil es masculina. Parece un detalle menor pero no lo es, porque de las cosas pequeñas se va a las cosas grandes. En Lugo, hay una grabación para ciegos que dice ‘peatón, puede cruzar’, por eso a esta acción la llamamos ‘Peatona, Ud. también puede cruzar’”, cuenta. En España, la intervención fue un éxito y tuvo tal repercusión que se repitió en otras cinco ciudades, que además adoptaron esos semáforos de manera definitiva. Por otra parte, el último congreso sobre señalización mundial acordó que en toda España, a medida que se vayan reponiendo los semáforos, se incluyan éstos, no sexistas. La acción está expuesta mediante fotos y video en el Museo Mundial de Mujeres de Washington. Mucha gente se enojó por la medida, pero mucha más expresó su satisfacción. “En España hay tanta visibilidad de la violencia contra la mujer no porque haya más que en otros lados, sino porque hay una resistencia muy grande, que hace que esa violencia quede expuesta. Algo de eso quisimos traer a la Argentina cuando vinimos con Señales”, explica. Fue el 25 de noviembre de 2009, en el marco del I Congreso Latinoamericana sobre Trata y Tráfico de Personas. Intervinieron cerca de 200 semáforos de las principales calles del microcentro: Corrientes, Florida, Lavalle, Diagonal Norte, Suipacha, Sarmiento... y con una vuelta de tuerca: las mujeres representadas intentaban estar más individualizadas que por el género: una embarazada, una coya (en representación de las mujeres migrantes), una niña, una Madre de Plaza de Mayo, una señora haciendo las compras y una estudiante. “La gente sacaba fotos, preguntaba, miraba, muchos pensaban que era una medida permanente y nos felicitaban, generalmente las mujeres, claro”, cuenta Darriba.

¿Tienen algún efecto sobre la realidad cotidiana de las mujeres estas acciones? “Sí, porque cuando la gente participa no lo hace porque sea divertido en sí mismo, es porque cree que haciéndolo está ayudando, por lo menos, a reflexionar sobre cosas que ya no se toleran. En España, las mujeres cada vez más dicen NO y es cuando las matan, porque los hombres las matan cuando ellas los dejan. El famoso ‘la maté porque era mía’ es un dicho muy sentido por gran parte de la masculinidad mal entendida, entonces como contrapartida hay cada vez más gente, hombres y mujeres, que toman como bandera esta lucha. Y mis obras acompañan ese sentimiento”, concluye la artista.

¿Por qué pensás que siendo tan conocida en España, acá no se replicaron las repercusiones de tus obras?

–No sé, tal vez por la temática, pero la idea es que empiece a ocurrir. Tener un pie en cada lugar y poder multiplicar el valor de estas acciones. Que en Argentina se visibilice mucho más la violencia y discriminación contra las mujeres es un buen objetivo para esta década.

Más información: www.luzdarriba.com

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