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Viernes, 25 de noviembre de 2011

MúSICA

Canción animal

Con nueva propuesta tribal, la modernísima francesa Yelle vuelve a Argentina para demostrar que no es un “one hit wonder”. ¿La promesa? Sacudir el directo al son de un electropop desfachatado y exuberante.

 Por Guadalupe Treibel

Cuando Pop Up (2007), su primera placa, salió al ruedo, los críticos que le daban los cinco comenzaron a desconfiar y propagaron una pregunta extraña, poco feliz: ¿Era Yelle un cúmulo hypeado de hits de dancefloor o una verdadera promesa del pop francés? ¿Podría, en definitiva, sobrevivirse a ella misma? Para despejar el terreno, Julie Budet (que, para su bautismo musical unió “yeah” más “elle”) se puso las pieles, el catsuit animal print rojo y nuevamente salió a la pista; esta vez con Safari Disco Club (2011), un disco que –desde el track number one– explota: melodías movedizas, letras afiladas, outfits trascendentales, un poco de amor francés y ¡voilà! Expedición al ruedo, mezclando ritmos bien calientes con frescos sintetizadores (“como las islas del Caribe en Suecia”, dirá ella) y un destino ciertamente tribal: el del poder del cuerpo en movimiento.

Acompañada por el disparador de bases tecno GrandMarnier (léase, Jean-Francois Perrier) y el tecladista Tepr (Tanguy Destable), la francesita canaliza así la energía desfachatada de fines de los ’80 y el desprejuicio pop mejor entendido, mientras le propinan calificativos como “genuinamente exuberante” y la linkean a Madonna, Bow Wow Wow, Tom Tom Club y... Paula Abdul. El vivo (que el domingo tendrá su réplica en Buenos Aires) es ciertamente alentador: sus coequipers lookeados de exploradores y ella, de ejemplar fáunico todoterreno (¿Oh Yelle, reina de la selva?).

Pero, ¿cómo comenzó la animalada? Pues, seis años atrás, cuando MySpace todavía era un hervidero marca-tendencia, la chica (aún desconocida) de Saint-Brieuc subió a la plataforma el explícito electro demo “Short dick cuizi” (más tarde, vuelto a titular como “Je Veux Te Voir”), donde se mofaba del machismo de ciertos raperitos franceses con nombre y apellido. “La imagen de una chica es todavía muy importante para los hombres, que siguen dominando los medios –explicó entonces–. En la electrónica es complicado ser respetada siendo mujer. El sexismo está ahí todavía.”

Después del boom del tema, llegó el primer LP, donde la lengua deliciosamente filosa de Yelle, los videos coloridos y su beat animado se ocuparon de, a saber: a) los bobos de siempre, groseros que juegan al levante en las discotecas (“Mal poli”); b) sus propias fantasías lésbicas (“Les femmes”); c) el tamaño de sus tetas (como profetizaba en “85 A”: “Pamela nunca me dio demasiada confianza. Por suerte, Jane Birkin tiene mucho más clase que eso. Botox, hormonas y desinformación; seré un icono pero sin silicona. Vale por las fantasías, pero no las falsas. Sí, estoy sexy al ser natural”); d) su consolador (“Lo único que me molesta de vos es tener que cambiarte las pilas” o “Sos la bienvenida de cualquier fiesta sorpresa”, en “Mon meilleur ami”), entre otras consonantes y vocales del abecedario.

Sí, Pop Up puso a Yelle en la constelación musiquera y, entre visuales chillonas, la cantante vendió miles y miles de discos, fue a clases de canto, comenzó a hacer pequeños papeles en cine, colaboró con los Crookers, dijo que nunca se había drogado, aseguró que su ídola siempre había sido Françoise Hardy y se volvió una suerte de icono fashion, fanática de diseñadores como Andrea Crews y Jean-Charles de Castelbajac. También se fue a una casita del bosque y compuso, en trío, su segundo trabajo.

Si bien Safari Disco Club adeuda en letras zarpadas, equilibra en madurez sonora. Aunque, ojo, entrega lyrics de lo más inspirados, buenamente juguetones: en el tema homónimo que abre el disco, Budet amenaza con hincarle el diente a la manzana prohibida y probar el sabor del pecado; en “C’est Pas Une Vie” se pone en el ojo del huracán e ironiza “Super Girl Yelle, superficial”, mientras ofrece dos opciones: volverse mariposa de noche o ser una simple hormiguita. Para “Le grand saut” ya es inmune a la lluvia, encapuchada con una malla de hierro; mientras “Comme un enfant” la devuelve vulnerable: “Canto y lloro, como una niña. Juego para asustarme, como una niña. Creo en todo y su contrario, como una niña”. Y hay más: apocalipsis, física y química de cuerpos desnudos, tierra de nadie, sexo, amores sin ticket de devolución...

También está “Mon Pays”, la canción donde la flaquísima pelicorti enuncia: “Quiero a mi país, pero adoro el tuyo”. Y no es para menos: su éxito crece exponencialmente... fuera de Francia, con convocatoria a sala nutrida en recitales propios y eventos como el Berlin Fest o el Coachella por el resto de Europa, Estados Unidos y América latina. Julie intenta una explicación: “A veces me pregunto si pasaría lo mismo si cantásemos en inglés. Es posible que ciertos franceses se sientan intimidados por las letras cercanas y crudas. Quizá necesitemos más tiempo; no sé...”. Es que los medios locales le dieron el mote de “banda de la generación flúo”... y luego decretaron que el movimiento de los flúo kids estaba muerto.

Yelle sobrevivió la etiqueta y, con GrandMarnier y Tepr, volvió a la prédica, hedónica, saludablemente feliz. Porque, como anunciaba la española Alaska con sus Pegamoides ochenteros: “Muevo la pierna, muevo el pie / Muevo la tibia y el peroné / Muevo la cabeza, muevo el esternón /Muevo la cadera siempre que tengo ocasión”. Yelle se toma en serio la doctrina y avisa: “Para los recitales, recomiendo traer una muda extra de ropa; seguramente saldrán empapados de tanto bailar”. Si lo logró en su visita a Argentina de 2008, ¿cómo no creerle ahora?

Yelle presenta Safari Disco Club el domingo 27 de noviembre en el Teatro Colegiales, Av. Federico Lacroze 3455, a las 20. Entrada: $ 120.

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