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Viernes, 16 de marzo de 2012

RESCATES > MESALINA

Dama destemplada

Venía de cuna de oro.

La beba Mesalina nació de un matrimonio patricio entre dos nobles romanos: Marco Valerio Mesana y Domicia Lépida, el año 25, d. C. Falleció trágicamente en el año 48. Vida breve y destemplada.

Si nos atenemos a esculturas y retratos, podemos asegurar que fue la criatura más bella del imperio. En tales motivaciones exhala gran tristeza. Muchos de los desmanes de inconducta atribuidos a Mesalina pudieron ser calumnias de señoras gordas, horrendas navegadoras de océanos de gratitud y enojadas con los señores que las despreciaban y no ocupaban el sitio matrimonial, y en vez suspiraban por la adolescente emperatriz, porque la muchacha se casó con el feo viejo y derrengado Claudio, tartamudo y barrigón, procreando con él dos hijos: Británico y Octavia. No sería tan impotente el emperador, a la vista estaba. Este casamiento, planeado por intereses familiares, pronto se iría a pique. Los dos vástagos nacidos tenían los heredados rasgos del papá.

Tácito y Suetonio, historiadores, denigran a Mesalina con tal saña que nos conduce al beneficio de la duda por estas afirmaciones licenciosas, desbordadas, increíbles, que aseguran que ella organizaba campeonatos de fornicaciones y competía con las prostitutas del barrio de la suburra, ataviada de bikini, con el sobrenombre de Lisisca, o sea, mujer perra; que salía del palacio, brillante de joyas.

Según los citados historiadores, midió su potencial erótico con la prostituta Sila, la más fogosa del lugar, a ver cuál de ellas podía satisfacer a 200 hombres en una sola noche.

Juvenal, poeta gay, enemigo de la belleza de Mesalina, que obligaba a los donceles y a los mocitos a desviar sus intereses hacia ella, escribió que ganó el concurso Mesalina, y que Sila gritaba: “¡Esta infeliz tiene las entrañas de hierro!”

Suponemos que son calumnias de despecho. Ateniéndonos al número exagerado de pretendientes y a los “libelos infamantes” o medios de comunicación de los bocones de Roma Antigua, actual, y desdichadamente futura (cabe para todos los países del orbe), “Libelos infamantes”, cuadernillos de cuatro hojas de papiro obtenido en los basurales, recortes despreciados de papiros usados para informaciones mayores, donde aparecían horóscopos, cotilleos sociales, chismes, noticias incomprobables y demás iniquidades. El centro del desquicio: Mesalina emperatriz. “Dannatio Memorial popular”, donde se endilgaba al notable, a veces caído en desgracia, pecados horrorosos con el fin de divertir a los imbéciles de turno, a las feas envidiosas, pelonas de rostro compungido y voz infantiloide.

Recapacitemos que una emperatriz nunca podría salir del palacio en las condiciones escritas, sin que la detuviera la guardia pretoriana.

Una motivación oculta fue el interés de Claudio por Agripina, su sobrinita degenerada. Tenía que desbordar a Mesalina y solicitar dispensa para casarse con la sobrinita.

Volviendo a Mesalina, diremos que la casaron con Claudio cuando cumplió trece años. El contrato, sabemos, devino de los padres de la contrayente por intereses creados. Al principio, Mesalina fue fiel al contrato, mientras el libidinoso marido permanecía en Roma. Cometió el error de enamorarse del joven más hermoso de la ciudad, Apio Silano, cuando Claudio salió de la ciudad de las siete colinas por cuestiones de guerra y dirigencias. Una pitonisa le auguró a Mesalina que asesinarían a su esposo y ella se lo contó.

El emperador tramó un enredo colosal proponiéndole que se casara con su amante.

El solicitaría el divorcio. Todo debía hacerse en la más hermética privacidad. Dijo a la bella que sería una farsa, a fin de que los hados mataran en tiempo augurado al nuevo marido. Entonces, ambos volverían a casarse. Aceptó la cuitada.

Claudio, ausente de Roma, vagaba en la isla de Ostia, cuando recibió la noticia de que su ex esposa daría una gran fiesta con recepciones extraordinarias, a fin de coronar emperador a su flamante pareja.

Claudio, cobarde, temblaba tartamudeando en un recinto de su palacio isleño, pero le ordenaron retornar a la capital cesárea y vino dando órdenes a la pareja de que se suicidara. Acto seguido, el hombre clavó el puño de su espada en la tierra del jardín del palacio y se lanzó encima, traspasándose.

Ella no quería morir. Trató de huir del edén florido a una región de catacumbas. Mesalina no logró huir y navegaba por los callejones romanos cuando los sicarios de Claudio la degollaron.

Dejemos de lado prejuicios que no condicen contemporáneamente. Aceptemos que para sazonar su vida matrimonial impuesta, romantizara con Narciso, doncel que besaba su propia imagen reflejada en un espejo de oro; con Lucio Vetello, quien llevó colgada al cuello una sandalia de Mesalina; con Vinicio, gladiador esplendoroso y viril; con Tito, al que superaba en quince años.

Dio paso en falso, entramándose con Mnester, cuando inauguró una casita de amores. El inquilino, gay, atraía a jovencitos perversos.

El dios del sexo, Tríapo, lucía un sitio de honor estatuario. Ahí se hacían ofrendas porno.

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