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Viernes, 30 de marzo de 2012

VISTO Y LEíDO

Lo que sé

Una serie de experiencias lésbicas en la voz anónima de sus protagonistas, que celebran el erotismo y también funcionan como un llamado de atención a la invisibilidad de las lesbianas que todavía es un sino.

Mujeres al borde de una palabra
Antonia Amprino
Universidad Nacional de Rosario Editora

La escritora Antonia Amprino, santiagueña residente en Rosario, comunicadora social y coach ontológico, publicó recientemente uno de los poquísimos libros que existen sobre biografías lesbianas en nuestro país. A partir de una grilla muy simple de preguntas –y la experiencia ya ensayada en un blog–, la autora arremete contra la “curiosidad de saber cómo otras se acercaron al abismo de amar a otra mujer” y logra con éxito un racimo de experiencias en primera persona, a través de las que se desarman categorías, identidades y estrategias políticas, tan rudimentarias a la hora de medirse con la vida real.

Desde la que tuvo su primer orgasmo en Estados Unidos lejos de un contexto de represión familiar, hasta la joven “precoz y posmoderna” que logra seducir incluso a la entrevistadora, pasan por las páginas de este diario colectivo una decena de mujeres (lesbianas, gays, homosexuales, tortas, tortilleras, activistas, feministas, personas) que se animan sin prejuicios a la intimidad y que “juegan esa danza de nombrarse y desafiar siempre un poco más al orden instaurado”. Entre ellas se entreteje también el aporte autobiográfico de Antonia, omnipresente entre las voces de las demás. Gustará con seguridad a quien sepa rendirse al encanto de las confesiones.

La autora va en busca de esos primeros momentos del “darse cuenta”, empieza con preguntas simples (“¿cómo, cuándo y por qué te diste cuenta de que te gustaba otra mujer?”) y se larga a improvisar según el ritmo que impone cada historia de vida. Las reflexiones más interesantes llegan cuando se abordan esas primeras calenturas, que más que elegirse desde la cabeza pujan con fuerza “desde el chacra plexo solar”. Son las aventuras de las humedades imprevistas, las que no se controlan, las que se afirman más allá de que se las pueda nombrar, pues “que una no pueda definir algo no significa que no exista”. Se trata de una erótica que incluye temores abismales, pudores e ignorancias que se asumen con coraje, besos, sexo y un sinfín de simulacros que nos marcan con suerte una manera de vivir, o que se guardan simplemente “como un recuerdo lindo”. El protagonismo lo tiene aquí ese despertar del deseo que entra en guerra con los imaginarios circundantes, con los mandatos y hasta con la misma lengua, que se revela precaria en sus recursos expresivos. Porque “somos mujeres que vamos al amor declarando la guerra”, a veces incluso contra nosotras mismas.

¿A quién le sirve ante todo este tipo de material? A las personas que se atrevan a mirar las lesbiandades más allá del microclima de lo conocido, a quienes tengan dudas, curiosidad o ganas de sentirse interpeladas por cómo lo vivieron otras y, en definitiva, a cualquiera que desee enterarse de cómo hemos sobrevivido en un mundo heterosocial. Quien lea Mujeres al borde una palabra encontrará una serie de sucesos que se desgranan con ternura, que se recuerdan e interpretan con sencillez, incluso cuando provienen de una teórica o activista experimentada (intuimos, ya que en general no se consignan sus nombres).

Sin duda, el libro prescinde de los beneficios de un editor que ordene y corrija algunas cosas. No son, sin embargo, traspiés de importancia y tampoco le quitan autenticidad. El resultado se disfruta por su entusiasmo desacartonado y porque proviene de un impulso genuino. En épocas de laberintos teóricos y enredadas disputas dentro del activismo, no viene mal abordar “el mundo lésbico” en un registro de alegría y honestidad.

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