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Viernes, 9 de noviembre de 2012

RESCATES. LA FRANCISCA Y LA LUCíA

La santita y la putita

 Por Marisa Avigliano

Francisca y Lucía son las mujeres de Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más..., la película que Leonardo Favio filmó –basada en “El cenizo”, un cuento de su hermano Zuhair Jury– en 1966, y que protagonizaron María Vaner, Elsa Daniel y Federico Luppi.

A la hora de la siesta mendocina, Francisca baja de un colectivo con un atado de ropa y un cuadrito sin envolver; Aniceto está parado sin hacer nada y la mira irse. Camina despacio con pasitos rectos sin ondulaciones como si no tuviese cadera. A pocos metros se para y mira el cartelito pegado en una vidriera “Se busca empleada doméstica” gira la cabeza y lo ve, baja la mirada, vuelve a él y se sonríen. Después, en la pieza, ella plancha, lo cuida y le da maíz molido al blanquito (el gallo de riña, fuente de ingresos de su galán). El enciende cigarrillos, ella velas. El le dice santita, ella, que lo quiere y que está muy triste sin él.

La primera vez que Aniceto ve a Lucía es en el teatro, ella está sentada en la fila de atrás, están viendo una función de Jorge Golazo Fabián, “el astro de radioteatro cuyano” –la escena de la obra con la madre buena, el estanciero cruel, la lechiguana, el galán, el cómico y el angelito es extraordinaria, una revelación y una genialidad de Favio–. Aniceto está con Francisca, que aplaude el místico final feliz mientras se despereza en timidez, pero él sólo mira a Lucía, que también lo mira y le sonríe; entonces él ya no puede dejar de mirarla y justo ahí es cuando comienza la tristeza. Formado el triángulo amoroso, se huele a tragedia en el devenir dramático narrado a lo Favio, perfección conmovedora, tempestad y asalto sin amparo. Si hay algo que estos dos personajes femeninos saben hacer es mirar; Favio les enseñó que el límite estaba más allá de los ojos de Aniceto y hacia allá van las dos con afinada destreza. La santita lo espera toda la noche tomando mate cerca del brasero y la putita, mientras sus dedos traducen el vuelo de la mano que acaricia, le mete miedo: “Che, gringuita, no me vas a hacer mal...”. Cuando un anillo se cae del bolsillo del pantalón de Aniceto, brilla en el suelo, Francisca lo ve y él le miente, se arraiga el encuentro entre las dos mujeres. La escena es prodigiosa. Lucía exhibe su anillo sosteniendo una jarra de porcelana barata y Francisca apenas puede sostener el balde. Sin embargo el desafío es equidistante en la crueldad y en el martirio cuando una bellísima Vaner se aleja con la jarra vacía. El agravio ocupa ahora el lugar que el tiempo ufano se encargó de ocupar antes. En el medio, en un territorio perdido, está Aniceto, que sólo escuchará un “bueno, chau” de Francisca y un “a mí no me ves más” de Lucía cuando, después de decirle que no quiere irse a vivir con él, recibe una cachetada. No hubo anhelos exagerados en ninguna de las dos, sólo la oscuridad que la hondura del desprecio acrecienta. Verlas en sus silencios y gestos es descubrir de una vez y para siempre el alfabeto de la espera y el encanto.

En horas de obituario, cuando el calor desprecia cualquier descanso, el sol de Las Catitas brilla eterno y se mete en una pantalla casera convirtiéndola en un cine de barrio de los de antes donde se está por estrenar un nuevo film de Leonardo Favio. Hay yapa, es continuado.

La Francisca y la Lucía tuvieron en el 2008 una nueva versión danzada y mágica que Favio quiso darle a su Aniceto, la película fue protagonizada por Hernán Piquín con Natalia Pelayo (Francisca) y Alejandra Baldoni (Lucía).

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