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Viernes, 22 de marzo de 2013

CINE I

La belleza de lo real

La densidad de lo cotidiano desde los ojos de una púber o Le Skylab, el último film de Julie Delpy.

 Por Marina Yuszczuk

Puede que el nombre de Julie Delpy no diga mucho, pero también es posible que muchos recuerden la preciosa cara renacentista que esta rubia francesa le prestó a la protagonista de Antes del amanecer y Antes del atardecer, esas películas que para muchos hicieron el milagro de darle voz a todo lo que pensábamos sobre el amor. En las dos películas de Richard Linklater estrenadas hasta ahora (la tercera, Antes del anochecer, recién anda dando vueltas por festivales) Julie Delpy es Céline, esa chica soñada que conoce a Jesse (Ethan Hawke) en un tren que cruza Europa y que acepta la invitación de salir a dar vueltas por las calles de Viena. Linklater escribió la película junto con sus actores y tal vez sea por eso que consiguió esa rara piedra preciosa de la naturalidad, en diálogos donde un chico y una chica perfectamente reales se conocen y se enamoran al mismo tiempo que van deshilachando por las calles de una ciudad nueva sus inquietudes también nuevas sobre el amor y la pareja.

Las tres películas de Linklater fueron filmadas con unos diez años de diferencia, y así se pudo ver en el personaje de Céline cómo una Julie Delpy cada vez más madura –y más linda también– interpretaba, y a la vez construía desde el guión a una chica en proceso de devenir mujer y de afrontar ese primer gran shock de que los romances imaginarios se dieran de cabeza contra la realidad, pero también dieran lugar, con un poco de suerte, a amores más tranquilos. Pero ni Linklater ni Delpy ni Ethan Hawke se conformaron con enfocarse en temas amorosos al escribir estas películas: por el contrario, la riqueza de la serie es que los personajes opinan y conversan sobre “la vida” (ya saben, desde contar cómo fue la experiencia de la familia para tus abuelos hasta plantar posiciones sobre política y ecología) con la misma ligereza y fluidez con que recorren al azar las calles de ciudades cada vez distintas.

Mientras tanto, Delpy fue desplegando su propia carrera como directora en un puñado de películas en las que también actúa, y así se dio el gusto de ponerse en la piel de mujeres tan distintas como la chica de Dos días en París –de grandes anteojos y neurosis en tono de comedia que le daban un aire a Woody Allen más suave y menos irritante– o la dama terrible que es Erzebet Bathory en La condesa (ese personaje desesperado que se baña en sangre de doncellas para conseguir la belleza eterna y que también cautivó a Alejandra Pizarnik). En Le Skylab, la penúltima película escrita y dirigida por Julie Delpy que acaba de estrenarse en las salas porteñas, la francesa recurre más explícitamente a lo autobiográfico y da un paso al costado para interpretar a su propia mamá en la ficción y en cambio pone a una nena (Lou Alvarez, en ese momento preciso en que ya crecen las tetitas pero que se mantienen los cachetes de la infancia) a revivir un fin de semana familiar del ’79 que marcó un poco el fin de la niñez, con la llegada de la primera menstruación y el primer lento compartido con un rubiecito deslumbrante. El mundo de Le Skylab es mucho más variado que el de las películas de Linklater que Julie Delpy protagonizó, y cubre un arco que va desde la llegada de los nuevos bebés hasta la muerte de las abuelas, pero si algo comparten como directores es el amor por los modos de hacer y de hablar de las personas reales, con ese placer agregado de sentir en el oído la vibración de algo ya un poco olvidado al escuchar las conversaciones y peleas de grandes y chicos. Eso, y una manera fresca de afrontar y desdramatizar todo lo que puede haber de sórdido y terrible en cualquier familia, desde el tío que violó mujeres en la guerra hasta las sexualidades semiescondidas y complicadas de adultos y chicos. ¿Hay algo así como la madurez o será un mito? En todo caso, hay un recorrido, desde las preguntas sobre la familia de Céline en las películas de Linklater hasta la visión nada tremendista de Le Skylab, donde si el pasado brilla y manda luz al presente no es porque sea ideal sino ante todo porque está lleno de personas que ríen.

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