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Viernes, 29 de noviembre de 2013

VISTO Y LEIDO

El motor del odio

Nació hace 120 años, pero escribe como una mujer de 20. Dorothy Parker, escritora norteamericana conocida por sus relatos breves, resurge con un libro de poemas inédito.

 Por Marina Mariasch

Una mujer con nombre de lapicera qué puede hacer más –o mejor– que dedicarse a escribir. Aparentemente, Dorothy Parker pudo, como casi todas las mujeres, sostener siete bandejas con copas de cristal mientras meten las botas en el barro. Y además, claro, escribir. Pudo casarse y ser la gran mujer detrás de la que había un buen hombre, pudo militar en la izquierda, pudo abortar, organizarse por los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, trabajar como guionista, reportar desde la Guerra Civil Española, escribir cuentos y poemas.

En la reciente edición de los poemas perdidos (y, aparentemente, encontrados) de la reconocida escritora norteamericana Dorothy Parker (1893-1967), las primeras setenta páginas del libro están dedicadas a un escrito preliminar sobre su obra y, principalmente, su vida. Y los detalles que allí se enumeran tienen sentido no sólo porque están en total consonancia con un estilo de vida sino porque Parker podía dedicarles un poema a las parejas ideales que retratan las revistas sociales.

La vanguardia es así, se propone unir arte y vida, y aunque pese sobre ella la fama de haber sido la única mujer en los círculos de varones –como si este rasgo posiblemente misógino fuera un valor–, Dottie tuvo grandes amigas a las que defendió a capa y espada.

Para quienes nos perdimos en la edición barata de sus Cuentos completos, breves, ácidos y chillones, es –más que un alivio– un placer descubrir que sus poemas contienen el mismo veneno en dosis condensadas. Y que además sirven para terminar de desterrar esa idea que se intentó instalar de una Dorothy Parker –por más newyorker que sea– como una chica Sex and the City. Porque ella más que sobre tacos está sobre el techo de la casa con un rifle en una mano y, eventualmente, con un Manhattan en la otra.

El libro se divide en dos. La primera parte, titulada simplemente “Los poemas”, incluye una serie de textos expresamente narrativos, de verso libre y explosivo, yuxtapuesto, más al servicio del tema del título que de devaneos metafísicos. Parker le escribe al perro (“Quizá te preguntas, como tantos otros, / ¿para qué me someto a tu tiranía? / Así es desde que el mundo es mundo: las mujeres siempre / se enamoran de tus semejantes”); a la Navidad (“Cada Navidad se burla de mi confianza sentimental... / Padrastro Noel.../ Porque YO recibiré un pisapapeles con el que aplastar mi espíritu navideño /... y un ejemplar muy colorido de Esa antigua novia mía”); a la mujer infiel (“Suelte su hermosa oscuridad”). Y lo hace con el desparpajo y la franqueza de alguien que no conoce la condescendencia. Menos que menos para consigo misma.

Los poemas tienen un lenguaje llano, pero no lo llano como quietud, porque lo que no hay aquí es calma. Hay una provocación constante de alteración de los estados. Y eso se revela en el lenguaje. Parker es la primera en captar el idioma que flota en el aire y llevarlo al poema o combinarlo de tal manera que se forme una expresión. Sex appeal (atractivo sexual) o moron (idiota) aparecen tempranamente entre sus versos. Otra cosa que a Dorothy le gusta es descolocar los lugares comunes, y de esa manera correrlos de su uso habitual, como en “La musa previsora”, donde abusa de las frases hechas (del tipo “no hay mal que por bien no venga”), denunciando las pavadas que nos gusta escuchar. También tiene un poema corto que termina con el clásico contemporáneo “Eso es todo”, como si fuera invento del objetivismo derivado. Pero todavía más sutil se pone cuando evidencia la parte femenina que nos abraza cuando dice “... y siempre destinada a llorar hasta quedarme seca / por algún tipo mediocre que perdí”. La clave aquí es “mediocre”, porque Parker nunca se entrega al llanto melancólico y autocompasivo.

La segunda parte del libro es la de “Los poemas de odio”. A los parientes, a los cobardes, a los bohemios, a los pesados, a las fiestas, a los lugares de veraneo, a las esposas, a los maridos, a la oficina, a los universitarios. Un compendio de veneno bien destilado, para que nadie suponga que la ironía o el sarcasmo son inventos literarios de este siglo.

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