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Viernes, 7 de febrero de 2014

VISTO Y LEíDO

Sensatez y sentimientos

Historias mínimas que se vuelven gigantes a la luz de la prosa de Banana Yoshimoto. De qué va su última novela, El lago.

 Por Malena Rey

¿De qué nos habla y qué universo pone ante nosotros la joven y prolífica escritora japonesa con nombre de fruta? En cada uno de sus nuevos libros, Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) despliega una equilibrada galería de personajes que parecen responder únicamente a su pulso, a su forma pausada, compleja y emotiva de ver y aprehender el mundo.

El caso de El lago, su última novela, escrita en 2005 y finalista del premio Man Asian en 2011, no es la excepción. Con una prosa etérea, acompasada por el uso de la primera persona femenina, la sensibilidad está a flor de piel. Como si quisiera decirnos a través de sus criaturas que la vida cotidiana, con sus acontecimientos mínimos, con sus rutinas minuciosas, esconde un ritmo tan único como cada uno de nosotros, con el que enfrentamos la realidad. Y ese ritmo propio, que a primera vista parece simple, siempre tiene algo misterioso, apaciguado o contenido, incluso un poco enroscado.

El lago es una novela sobre el duelo por la pérdida de los padres, sobre las circunstancias fortuitas de las despedidas y el acostumbramiento paulatino a una ausencia irreversible, pero también sobre cómo volverse adulto, cómo asumir una relación seria, cómo despegarse de los estigmas que se arrastran desde pequeños para hacer de ellos una fuente de experiencias con las cuales valerse en la vida. A través de la voz de Chihiro, una joven artista de murales, hija única de una pareja que nunca se casó, con una madre que era “mujer de la noche”, y de sus confesiones y reflexiones, vamos haciéndonos eco de una sensibilidad delicada, que se revela mucho más fuerte de lo que aparenta ser cuando se contrapone a la de Nakajima, su vecino. Nakajima es un muchacho solitario, metódico, callado, que tiene algunos secretos y algunos traumas mayúsculos con los que trata de lidiar. La relación amorosa de ambos es morosa, por momentos inestable. Y ambos se encuentran transitando el duelo y la ausencia, midiéndose con las figuras de sus madres.

Para ellos, el mundo exterior –distante, hostil, automático– y el mundo interior –profundo, encapsulado, comedido– se contraponen. Y sólo se sienten a salvo reafirmando su intimidad, dejando entrar al otro muy de a poco, a medida que lo van conociendo.

Los que tildan la literatura de Banana Yoshimoto de ingenua no pudieron conectar con el núcleo duro de sus historias, marcadas por la sugestión y la certeza de que no todo puede ser dicho con palabras. La percepción “realista” es engañosa en sus novelas, porque lo que a simple vista parece un fresco del Tokio actual y una historia de crecimiento personal se transforma en algo más complejo, con más aristas y matices. El lago del título, por ejemplo, es el lugar de las revelaciones. Es el sitio al que llega Chihiro acompañando al desolado Nakajima en busca de algunas respuestas sobre su presente y su pasado. Es también el espacio de los encantamientos, el de la puesta en abismo de los traumas. Al igual que en sus otras novelas y colecciones de relatos, para Banana los sueños tienen un lugar preponderante. En ésta, la habitante más particular de la casa del lago, la pequenísima Chii, yace en la cama sumida en un largo sueño del que sólo sale para hacer revelaciones a través de la voz de su hermano Mino. Y la propia Chihiro recibe la visita de su madre en sueños, y Nakajima enfrenta las pesadillas aferrado a un objeto preciado de su progenitora, ahogando el miedo.

Así, conjurando los demonios más íntimos y los hechos más traumáticos de sus infancias, Chihiro y Nakajima van sobreponiéndose a la distancia que hay entre los acontecimientos y sus deseos. En este sentido, la prosa de Yoshimoto los lleva de la mano marcándoles el paso, dándoles aire para que todos los fantasmas se ventilen y ellos logren de una vez estar menos solos.

El lago
Banana Yoshimoto
(Tusquets) 184 páginas

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