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Sábado, 19 de abril de 2014

VIOLENCIAS

Jaque a la reina

Los concursos de belleza gozan de buena salud en Latinoamérica. En nuestro país, una mujer mendocina que había sido coronada en Tunuyán fue discriminada por estar embarazada y ahora lleva adelante un juicio por violencia de género institucional. Mientras que el grupo Acciones Feministas y la Consavig piden que se suspendan estos concursos, hay publicaciones infantiles que fomentan que las nenas conquisten un trono para sesiones de belleza.

 Por Luciana Peker

La mano se mece por el aire. Se mueve lenta. No es un simple saludo, sino casi una caricia etérea. El hombro permanece firme y el codo apenas acompaña. Los dedos dibujan un arqueo de muñeca. La mano alzada, danzante, suave, calmada y soberana es el gran gesto triunfal de las reinas. Algunas tienen una gran corona, con la que cuesta caminar, y otras tienen coronita. La mayoría brilla en plateados y dorados que destilan lucecitas hipnóticas, pero otras portan flores de colores, silvestres o plastificadas. Están maquilladas aunque sea un rapto de adultez en la infancia o un recreo de juventud en la vejez. Son muchas, son distintas, son chicas, son grandes, son jóvenes. Todas suben las manos y menean, menean su espontáneo arrebato de victoria. Así las muestra el documental panameño Reinas, de la directora Ana Endara Mislov, que se pudo ver en en el último Bafici, con gran repercusión de público.

En Argentina, mientras tanto, arde el debate sobre las reinas de belleza. La agrupación Acciones Feministas, con el respaldo de la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género (Consavig), pide la suspensión de estos concursos. La práctica de estas mediciones de simpatía, conocimientos y aspecto de chicas –o chiquitas– en donde el cuerpo se presta como envase va desde fiestas regionales hasta la coronación con brillantina de causas con buenas intenciones.

El 15 de marzo, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires propició la elección de la Reina Porteña de Colectividades. La elegida fue la representante de la colectividad libanesa, Vanesa Yanel Rezuc, y, atrás, salió primera princesa, Ana Laura Mársico Ruiz, de la colectividad española, y en el segundo puesto de princesa quedó Gloria Britez Ayala, de la colectividad paraguaya. Sin duda, una decisión polémica que se fomente la diversidad cultural a través de la promoción de una migrante superstar y que la integración a las extranjeras –que tanto suelen ser discriminadas por su aspecto físico– se dé por el escalafón de hermosura occidental y porteño.

Otro trono que preocupa es el fomentado por la publicación infantil Tintero, del diario mendocino Los Andes, que muestra fotos de la trastienda de cómo le pintaban las uñas y lookeaban a un grupo de nenas que, finalmente, recibieron como premio un año o seis meses en Tijeritas. Magalí Manquez fue coronada Reina Infantil 2014, con aplausos y carteles que fomentaban el camino al éxito –¿y contenían frente al fracaso?–, mientras que Amparo Araujo llegó a virreina y Megan Dominik Cepeda al título de princesa.

Un caso que desnuda aún más las ataduras de este trono por un año es el de Yamila Estefanía Escudero, de 18 años, que fue elegida Reina de la Vendimia en 2013. Pero como se embarazó, la destronaron y ni siquiera aceptaron que se presentaron al evento en donde era coronada la reina posterior para que ella entregaron corona, capa y cetro a su sucesora. ¿El reinado tiene leyes fuera de la frontera de derechos? La abogada Carolina Jacky inició una demanda contra el municipio de Tunuyán y el gobierno de Mendoza por considerar que el reglamento del concurso es discriminatorio y que se ejerció violencia de género institucional.

Pero no es la primera vez que pasa. Aunque la experiencia no sirvió ni para cambiar la letra chica de la sangre mendocina que –al contrario de los libros clásicos de princesas– no permite ni el casamiento ni el embarazo. Es una corona, pero más moralista: nada de comer perdices, hacer el amor y ser felices. En 2009, Gabriela Dellatorre tuvo que entregar la corona porque sacó pancita, una rebeldía que no está permitida ni por un hijo o hija. También, en 2011, Jennifer Cubillos rescindió los honores, esta vez para decir “sí, quiero” a su marido. Al mismo tiempo, el diputado mendocino Gustavo Arenas (FpV) llamó al Inadi y a la Secretaría de Derechos Humanos para aggiornar el reglamento y presentó un proyecto legislativo que no prosperó.

Un debate interesante es si cambiar el cuento para que el cuento siga o si cuestionar el trono. El año pasado, el grupo Acciones Feministas le pidió al director del Instituto Cultural de Bahía Blanca, Sergio Raimondi, el cese de la participación de este organismo en estos concursos. Verónica Bajo, titular de Acciones Feministas, resalta: “Estamos visibilizando un tipo de violencia estatal hacia mujeres y niñas que son las elecciones de reinas y reinitas en fiestas populares, en donde se montan verdaderos concursos de belleza y hasta les hacen firmar a las chicas declaraciones juradas con sus medidas corporales como busto, cintura, cadera, altura, número de calzado, etc. También se realizan selecciones de nenas entre 4 y 8 años a las que hacen desfilar como adultas y, en muchos casos, las hipersexualizan. Algunas elecciones de reinitas son Miss Espiguita en Tres Arroyos, Miss Capullo en Escobar, Miss Azahar en Bella Vista. Y, cuando hablamos de esta cosificación de mujeres y niñas, no hablamos de Tinelli, sino de un Estado que ejerce violencia simbólica”.

Por su parte, Ana Endara Mislov explica el fenómeno cultural que se da en Centroamérica como una cuestión –también– de clase: “En Panamá, la mayoría de las veces las reinas no se eligen por un concurso de belleza, una reina se puede elegir por votación popular, por un sorteo, o por dinastía, como se hace con las reinas de los carnavales, a quienes se las predestina a reinas al momento de nacer. Muchas veces para llegar a ser reina se dice que se necesita simpatía, carisma, pero indudablemente lo que se necesita es dinero, un reinado cuesta dinero. Ser reina es una declaración de poder económico”. La directora ofrece un paseo por un colorido ritual de género, pero que conduce a un solo camino: “A mí lo que me preocupa es que ser reina se trate como el sueño oficial de las mujeres panameñas, el único sueño que se incentive”.

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