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Viernes, 29 de agosto de 2014

FOTOGRAFIA

Señas particulares: la deuda

A pesar de que la presidenta Michelle Bachelet ha puesto en su plataforma la reforma educativa y a la principal referente de las movilizaciones estudiantiles entre sus líderes políticos dentro del Congreso, lo cierto es que en Chile todavía conseguir un título universitario es igual a contraer una deuda millonaria que afecta no sólo a quien persigue una profesión, sino a toda su familia. Marcela Bruna, integrante del colectivo de fotografía Las Niñas, encontró un modo de hacer visible esta realidad con mínimos recursos en una muestra que participa del Festival de la Luz 2014.

 Por María Mansilla

Marcela Bruna no se olvida del día en que le nació la conciencia. Ya era fotógrafa. Trabajaba en Santiago, en su ciudad, en la prestigiosa agencia UPI (United Press International). Le asignaron cubrir un tema del que había escuchado poco y nada: la revolución pingüina, como se llamó el “¡basta!” que en el 2006, desde el desierto a la Patagonia andina, enunciaron con movilizaciones cien mil estudiantes de secundarias de Chile.

Marcela hoy tiene 32 años, una hija de cinco, integra el colectivo Las Niñas y desde el 9 de agosto está colgada en el Museo de Arte Contemporáneo de Junín, Buenos Aires, su muestra Cifras en el marco del Festival de la Luz 2014 (www.encuentrosabiertos.com.ar).

Su obra presenta retratos de chicos y chicas, estudiantes universitarixs endeudadxs hasta la coronilla a cambio de una vocación, de un título en una facultad privada, las únicas disponibles para la formación académica, que de completarse será la que se ponga en juego para pagar el costo de tenerla, un círculo como una vuelta al mundo en un parque de diversiones temático donde todxs ponen y pocxs se llevan. Son la carne del tema capital que pone al país de Nicanor Parra y Camila (Antonia Amaranta) Vallejo en las noticias internacionales: el escrache a la privatización de la enseñanza, la movilización por la recuperación de la educación pública y más: la represión policial de la protesta social.

“En Chile, cada estudiante se gradúa con una deuda promedio de 40 mil dólares.” “El 40 por ciento de quienes estudian no logra titularse, y de quienes consiguen su título, el 60 por ciento no ejerce lo que estudió.” “Las tasas de interés varían entre un 2 y un 9 por ciento anual. Los y las jóvenes pueden terminar pagando hasta cuatro veces el valor de su carrera, a 15 o 20 años.” “La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) califica la educación superior chilena como una de las más caras del mundo, y la única en América latina donde todas las universidades son pagas.”

Estos datos le dieron el impulso a Marcela Bruna para disparar las tomas de su serie Cifras: fotos carnet donde los sujetos portan un cartel lleno de números que se traducen en pesos chilenos, en el valor en el que tienen empeñado el futuro. “Cada fotografía se titula con el nombre de la carrera y la comuna en la que viven, para que se entienda lo transversal del asunto. No es necesario no tener recursos para no poder estudiar, es un problema que abarca familias de clase media, clase media-alta”, explica. Y se enlaza, sin querer, con la estética de los mexicanos del Movimiento #Yosoy132, de estudiantes de universidades que intervienen en la política de su país por fuera de las estructuras partidarias.

Bruna no les tiene mucha fe a las promesas de la clase política que, como declama Bachelet en su web personal (michellebachelet.cl), prometen llegar a la gratuidad universal y “pasar de la educación como un bien que es posible transar en el mercado y la competencia como mecanismo regulador de la calidad, a un sistema coordinado que ofrezca a las niñas, niños y jóvenes de Chile un derecho social”.

Adhiere a los referentes de su generación, los que mutaron de pingüinos y zombies (por aquella performance de Thriller que se ejecutó masivamente para denunciar que la educación no es un dividendo sino un derecho) a nuevos iconos políticos. Su trabajo como fotógrafa tiene coherencia y correlatividad. Ahora va por las otras “deudas” contraídas para acceder a otros derechos básicos como vivienda y salud. Las entiende como las nuevas formas de esclavitud contemporánea.

En la película chilena No, basada en una obra de Antonio Skármeta y nominada al Oscar, quedó documentada la alianza entre arte y comunicación al servicio de la protesta social y la incidencia política en tu país. Cuenta de una campaña que destronó a Pinochet. ¿De qué manera te influyó ese bagaje?

–Cuando estábamos en dictadura había también colectivos como la AFI (Asociación de Fotógrafos Independientes), su trabajo era bien documental, de calle y de protesta, de todo lo que estaba pasando con la represión policial. Hubo un tiempo en el que no se publicaban fotografías en diarios ni en revistas, pero el espacio estaba, y en su lugar salía una X bien grande, como una forma de dejar en claro que había sido censurada, de decir “aquí no va”. Al estar trabajando en conjunto, podían mandar las fotos hacia afuera, a medios extranjeros. Otro grupo importante fue el CADA (Colectivo de Acciones de Arte). Su obra era netamente política, también estaba relacionada con lo que estaba pasando en el momento. Ahí estuvieron Diamela Eltit, Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld... En fotografía, por lo menos acá en Chile, la producción grupal sigue estando muy potente.

Pertenecés a una cofradía de artistas mujeres.

–Sí, es el colectivo Las Niñas. Nos estamos yendo a Santos, Brasil, a un encuentro iberoamericano (http://ecosantos.art.br). Van a participar los argentinos de Sub Coop, un grupo peruano y otros chilenos que se llaman Caja de cartón. Con las chicas, algunas abordamos cuestiones más sociales, otras se dedican a temas íntimos, pero nos une una búsqueda de dar visualidad al trabajo femenino.

¿El temita de la deuda?

Decís que la obra que traés a la Argentina habla mucho de vos. ¿Cómo fue tu educación superior?

–Estudié Licenciatura en Arte pero no terminé. Me retiré, y ahí empecé fotografía periodística y publicitaria. Es más, la pensé bien como una carrera técnica que me permitiera entrar a trabajar directamente.

¿Siempre cursaste en el ámbito privado por falta de opciones públicas?

–Existen algunas universidades estatales pero que de estatales no tienen nada. El arancel es el mismo que tienes que pagar en una privada. En nivel básico y medio hay colegios municipales gratuitos. Pero acá en Chile si uno quiere tener una formación de calidad tiene que pagar.

En la búsqueda de una vocación, dejar una carrera debe ser una doble frustración. Pesa, además, la inversión hecha hasta el momento...

–La verdad es que una de las razones por las que dejé la Licenciatura en Arte fue porque no podía costearla. Tenía un crédito. Me di cuenta de que iba a salir de la universidad debiendo una millonada de plata que quizá no iba a poder pagar nunca. Abandoné por diferentes intereses y porque no me sentía de acuerdo con eso. Somos cuatro hermanos. Mi papá es ingeniero, no tiene un mal trabajo, nunca tuvimos una situación económica precaria. Pero no podían pagarnos a todos. Por eso este trabajo me toca personalmente.

Llegó la felicidad

¿Hace unos años hubiera sido sencillo conseguir testimonios para fotografiar? ¿No era un tabú asumir el tema?

–Casi todas las personas que están retratadas son conocidos, amigos o gente en común. Te das cuenta de que no es necesario no tener recursos para no poder estudiar. Este problema también afecta a la clase media y alta. Sí, había personas que sentían vergüenza por ser deudores. Para mí es un problema incluso ya como mundial, el tema es la deuda. Se estableció, en los sistemas económicos, una nueva forma de esclavitud para acceder a derechos sociales básicos como son la vivienda, la salud y la educación.

La presidenta Michelle Bachelet declama que la reforma educativa es un objetivo de su nueva gestión. Además, está la presión de los estudiantes-militantes que hoy se sientan a la mesa donde se toman las decisiones. ¿Cuál es la expectativa?

–Es difícil. El actual sistema de educación ha cambiado muy poco desde la dictadura, ¿y han pasado cuántos años de Concertación, sin modificaciones?

Además, es una época de caída de paradigmas, y Europa con los indignados lo demuestra. Pero en Chile, además, quienes logran estudiar no siempre consiguen que su título les sirva para algo.

–Eso es lo más terrible. Muchas personas quedan debiendo, no sé, 20 millones de pesos chilenos durante 20 años, y sin poder ejercer su profesión. Varias universidades privadas no tienen la calidad suficiente, entonces sales de ahí y no te van a tomar en serio. A muchos les están embargando las casas. Te embargan los bienes, y la familia entera se ve afectada. En realidad, en vez de estudiar una persona inteligente lo que debería hacer es pescar la plata destinada a invertir en educación y armar un negocio propio.

No hay cambios desde la política, ¿pero qué consecuencias tiene la movilización social?

–Mucha gente ya está aburrida, sabe que algo tiene que mejorar. En los ’90 nadie atinaba a hacer nada. Estoy bien relacionada con el tema porque cuando estaba en el colegio fue un tiempo dormido, era la llegada de la democracia, ¡llegó la felicidad! Bueno, así lo sentí yo. Justo cuando empezó la revolución pingüina tuve mi primera experiencia laboral. Me tocó cubrir las protestas, y desde ahí me quedé pensando cómo hacer algo que se saliera de lo clásico, de las manifestaciones y las tomas. Ahora una va a una protesta a sacar fotos y son más los fotógrafos que los que protestan. Es demasiado masiva la fotografía. No tiene nada de malo, a mí me gusta que sea masiva y democrática. Pero al haber tanto material parecido en las calles busqué diferenciarme un poco, traté de hacer un clic. Porque, en realidad, lo que una quiere es que su trabajo cause algo en la sociedad.

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