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Viernes, 21 de noviembre de 2014

VIOLENCIAS

La noche del cazador

Antes de morir apuñalada, la estudiante chilena Nicole Sessarego Bórquez fue captada por tres cámaras de vigilancia. Cada vez que los medios replicaban su imagen advertían sobre los peligros que encierra la noche para las mujeres, reverdeciendo un concepto de calle como espacio de masculinidad, como territorio “del más fuerte”. Y se retacea que la peor inseguridad, para las mujeres, está en su ámbito de relaciones.

 Por Roxana Sandá

“Fue su presa de esa noche”, dijo uno de los abogados de la familia de la víctima, Julio Cisterna, refiriéndose al femicidio de Nicole Sessarego Bórquez, mutada a una condición casi animal para dejar reducido el drama a una cacería nocturna en zona urbanizada. Ese espacio donde las mujeres se convertirían, siguiendo el razonamiento, en inevitables presas y sus agresores desconocidos en cazadores ocultos. Más allá de las características particulares del caso, el abogado cristalizó un concepto peligroso, un tufillo a “lo que indica el sentido común de la gente” para cuestionar, solapadamente aunque una vez más, la inconveniencia del desplazamiento de las mujeres sobre el espacio público durante ciertas horas –imprecisas– en que la noche dejaría de ranquear en categorías del tipo “decente” o “segura”. Enlazado todo esto a un marcado petardismo social y político sobre la inseguridad, Nicole, Melina Romero, Natalia Melmann, Marianela Rago o Natalia Di Gallo, por nombrar algunos casos, fueron víctimas por transgredir las normas de un discurso –en gran parte mediático– cada vez más moralizante sobre los usos y costumbres en el espacio público. No habrían respetado entonces horarios o corredores apropiados de circulación; ni siquiera evaluaron la incorrección de trasladarse en soledad. Por caso, hasta que apareció el cuerpo de Angeles Rawson en un procesador de basura del Ceamse, los medios encontraron más apetecible preguntarse por qué la adolescente vivía sola en un departamento del edificio de Ravignani, donde fue asesinada, en tanto el resto de su familia ocupaba otro piso. “¿No es muy chica para vivir sola, aunque esté a unos pisos de diferencia de su madre?”, preguntó hasta el hartazgo ese nicho inagotable de panelistas de televisión. Resulta ahora que todas quedaron atrapadas en los peores finales por ser mujeres jóvenes y por tanto vulnerables e inevitables presas de cacerías, “que no debieran andar solas de noche” (conversación escuchada esta semana en un supermercado express). “En los mensajes mediáticos destinados a las mujeres, sería necesario reconocer la vulnerabilidad diferencial que existe entre los géneros, que responde tanto a factores biológicos como culturales”, advierte la doctora en Psicología y coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género, Irene Meler.

Sobran los argumentos para rebatir necedades, pero alcanza con algunos números concretos que descubren dónde se despliega la inseguridad como tragedia sistemática. Las estadísticas que hace años elabora la asociación civil La Casa del Encuentro revelan que una mujer muere cada 35 horas, en la mayoría de los casos a manos de un conocido. La violencia intrafamiliar, la violencia de género que ejercen sobre la víctima individuos de su entorno, casi siempre parejas actuales o ex, los femicidios vinculados, obligan a reflexionar sobre “zonas liberadas” más palpables, donde el peligro no manda al voleo ni dominan supuestos asesinos seriales. Aun así, persiste el empeño en instalar la noción de calle como un enemigo que obliga a encerrarse temprano, a esquivar los pasajes a la hora de la siesta, a evitar el transporte público después de las 12 pm, a terminar pivoteando en un zigzag delirante de vereda a vereda, por las dudas y porque se hizo costumbre.

“Miles de fronteras de género, difusas y tentaculares, segmentan cada metro cuadrado del espacio que nos rodea”, sostiene la filósofa feminista Beatriz Preciado. “Allí donde la arquitectura parece simplemente ponerse al servicio de las necesidades naturales más básicas (dormir, comer, cagar, mear), sus puertas y ventanas, sus muros y aberturas regulando el acceso y la mirada, operan silenciosamente como la más discreta y efectiva de las ‘tecnologías de género’.” Los pasos tranquilos de Nicole y Melina fueron captados por cámaras de vigilancia preparadas para detectar criminales y delitos, pero que también van convirtiéndose progresivamente en cabinas de vigilancia del género. “Se patologiza la libertad de movimiento, la ropa que se usa, los horarios en los que se circula, las compañías, la actitud corporal, los perfiles públicos en las redes. La diversión, los gustos”, dirá Preciado. Como el ojo de un Gran Hermano, las cámaras enfocan y auditan siempre lo mismo: cuerpos en movimiento. Y establecen una especie de orden doméstico que penetra el espacio público y aplica sanciones morales.

Nicole fue asesinada de once puñaladas el 15 de julio, cuando llegaba al departamento que alquilaba junto con unas amigas en Almagro. Volvía a las 5.51 de la madrugada de un boliche ubicado en Lavalle al 300. Un crimen, a entender de Meler, “cometido por un psicótico; un evento meramente casual y alejado de cualquier consideración sobre la condición femenina. Mientras que la inseguridad en términos generales responde a factores complejos tales como la concentración urbana y la exclusión social”. Se refiere a una especie caracterizada por “el dimorfismo sexual” donde los varones son, en promedio, más fuertes físicamente que las mujeres. “Han sido entrenados desde hace siglos para confrontar y utilizar la agresión y la violencia en esas confrontaciones. Las mujeres hemos sido subjetivadas para agradar y para cuidar de los otros, cualidades muy valiosas pero inadecuadas para la autodefensa.” El aliento de una autonomía femenina y el libre uso del espacio público por parte de las mujeres deberían ir unidos a un entrenamiento para prevenir y afrontar posibles agresiones, “o a la instrumentación de mejores recursos colectivos e institucionales para la protección de las personas. De otro modo, se corre el riesgo de caer en un igualitarismo declamatorio que niegue las desventajas reales que hoy padecen las mujeres y las impulse hacia situaciones de mayor riesgo”.

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