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Viernes, 22 de mayo de 2015

CINE

La furia

Una niña de nueve años que no para de rockearla para escapar al eterno conflicto familiar lleva adelante la trama de Incomprendida, una película con perfume a autobiografía.

 Por Marina Yuszczuk

Hermosa, descarada, rockera, Asia Argento debe ser una de las directoras de cine más atractivas que existen y por muchas razones: hija de Dario Argento, el director italiano de giallo rojo fuerte que no le prestó mucha atención cuando era chica, Asia no pierde oportunidad para contar en entrevistas que a los nueve quiso hacerse actriz para que algún día papi la eligiera en un casting y así poder verlo un poco más. A esa edad publicó también un libro de poemas, pero el arte surgió del sufrimiento y de no haber tenido una infancia feliz. De las tres películas que dirigió hasta el momento, dos la tienen como protagonista (Scarlet Diva, del año 2000, y El corazón es engañoso por sobre todas las cosas, del 2004) y en ellas se muestra como una actriz autodestructiva y renegada pero siempre bella, y como una madre trash y adicta que mantiene una relación tortuosa con su hijo. Sus películas son como un grito desordenado y violento en un mundo que no tiene lugar para la melancolía, solamente para la furia, y la más reciente es algo así como una versión más colorida y retro, con algunos toques de humor, del mismo espíritu.

Incompresa (2014) no es autobiográfica, pero la nena que la protagoniza se llama Aria (el nombre legal de Asia, porque los padres no pudieron anotarla con un nombre que resultaba demasiado exótico), tiene un aire a la directora en versión rubia y de ojos celestes, y sobre todo está muy enojada. Al contar las idas y venidas de Aria (la deslumbrante Giulia Salerno) a partir de la separación de sus padres y en el intento por hacerse un lugar en una familia partida, de la que además se siente expulsada, la película es algo literal: Incomprendida es el título y lo que se muestra todo el tiempo, casi sin matices. Aria tiene una mamá pianista (Charlotte Gainbourg) y un papá actor de bodrios comerciales (Ariel Garko) que están podridos el uno de la otra. También hay dos medias hermanas, Donatina y Angelica; la primera es la compinche de la mamá, y la segunda es una adolescente insoportable vestida de rosa que es malcriada incondicionalmente por el padre. A Aria no le queda más afecto que el de un gatito errático llamado Dac, y una mejor amiga con las que se visten igual para ir a la escuela.

La vida de la familia se resume en una escena inicial donde la madre sirve albóndigas revoleándolas en cada plato con desprecio, justo antes de que se arme una de tantas peleas donde los grandes se dicen cosas infernales. La separación no tarda en llegar, y a partir de ahí la mamá prueba novios como vestidos nuevos –un empresario que le regala joyas, un rockero lleno de tatuajes que se instala en la casa–, se va de viaje a cada rato y echa a la nena de la casa cuando no la aguanta más. El papá la recibe de mala gana y tampoco demuestra mucho interés. La única salida que encuentra Aria en esa olla a presión es hacer quilombo, desde travesuras de nena hasta fumarse un porro y enfiestarse con desconocidos en la calle, donde al menos encuentra el consuelo de las caricias de una mujer que le hace de mamá por un momento efímero.

Pero la película no llega a ser dramática porque hay una sensación de aventura en la soledad de Aira, y la banda de sonido rockera que la acompaña en cada lío les da un aire de libertad a esos arranques que para los grandes son inexplicables, y para quien mira está claro que no son más que un intento desesperado, infantil, por conseguir que alguien le preste atención. Incompresa es un poco como Aira: original, atractiva en su manera de construir un mundo lleno de detalles coloridos –como la composición buenísima que lee la nena en la escuela–, excéntrica y vital. Sólo que, en la sucesión de escenas que quieren ilustrar lo incomprendida que es la nena y lo demuestran exhaustivamente, se llega a extrañar algo que se corra de esa misma y monótona premisa: “Me porto mal porque mis padres no me dan bolilla”.

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