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Viernes, 22 de mayo de 2015

ENTREVISTA

UNA MUJER EN APUROS

Cuando empiezan a apagarse las voces que poblaron la última Feria del Libro, queda aquí una, la de Magalí Tercero, a quien puede escucharse con esa crudeza que ofrece el lenguaje a quien tiene un oído atento y una mano dócil para dejarse llevar por lo que proponen las palabras de uso cotidiano. En Cuando llegaron los bárbaros. Vida cotidiana y narcotráfico (Planeta México), la violencia enhebra el lenguaje igual que la muerte alumbra la vida que sigue su curso en el estado mexicano de Sinaloa, allí donde no es difícil levantarse una mañana y encontrar en la plaza “un colgado” o ver pasar junto a un bautismo el cajón de un muerto por las bandas.

 Por Cristina Civale

“¿Cómo cambió su vida cotidiana a partir de la irrupción de la violencia?” fue la pregunta que la escritora Magalí Tercero llevó al hombro durante dos años en el estado mexicano de Sinaloa, núcleo duro del narcotráfico. De esa pregunta y de múltiples investigaciones surgió su libro de crónicas Cuando llegaron los bárbaros. Vida cotidiana y narcotráfico, obra que vino a presentar a la Feria del Libro que acaba de terminar y que este año estuvo dedicada a México. Editado en 2011 por editorial Planeta de México, su vigencia hace que aún dé vueltas por el mundo presentándolo y dando a conocer la realidad despiadada del narcotráfico que se pegó tanto en el lenguaje de su pueblo como en los pequeños actos de cada día. En ese hueco hace pie su libro, también atravesado por una historia familiar. El abuelo de Tercero fue asesinado en el inicio de la constitución de las bandas de narcotraficantes por una de ellas. Cuando llegaron los bárbaros es, además de un viaje a los recovecos cotidianos de los pueblos de Sinaloa, un viaje a sus ancestros. Armado de fragmentos delicados, tres viajes a los bajos fondos de Sinaloa le dieron material para armar el libro. Tercero, residente del DF, es una destacada cronista, además autora de San Judas Tadeo: santería y narcotráfico (UAM, 2010) y Cien freeways: DF y alrededores (UACM, 2006). Fue Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez FIL 2010 con su libro Culiacán, el lugar equivocado, Premio de Excelencia 2007 de la Sociedad Interamericana de Prensa de Miami SIP en la categoría de crónica y Premio Nacional de Crónica Urbana en 2005. Está incluida en A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, de Carlos Monsiváis. Actualmente escribe columnas para El Universal y Milenio Diario. En el espacio de México en la feria fuimos armando esta conversación.

Un testimoniante de tu libro dice que la violencia tocó el lenguaje. ¿De qué modo lo tocó? ¿Y de qué manera tocó la violencia el lenguaje empleado por vos en tu libro?

–En Sinaloa la gente desayunaba, comía y cenaba hablando de “rafagueados”, es decir, personas heridas o muertas durante las balaceras, del AK47, el famoso fusil Kalachnikov, de cabezas que aparecían sueltas por ahí con mensajes de los carteles, de muchachitas pretendidas por jóvenes “narcos” que eran enviadas a estudiar fuera, de asaltos en las casas, de traficantes enterrados con su camionetón, de incursiones del ejército en poblados, allanamientos de morada, intentos de secuestro. Intenté que esa violencia y ese peligro latentes impregnaran el libro por medio del uso de palabras que ahora eran del dominio común, palabras que no usaron las generaciones anteriores: ejecuciones, levantamientos... Como cronista, yo no quería hablar únicamente de una violencia evidente y reseñada todo el tiempo en diarios y revistas. Por eso describí los momentos de goce, la exuberancia multicolor del Jardín Botánico en donde intentaron matar, por cierto, a un profesor de la universidad, la risa de los jóvenes, la alegrísima fiesta de cumpleaños de una prima de mi madre que en esos días cumplió sus 80 rodeada de amigas de su edad, cantadoras y bailadoras como ella. Eso también es vida cotidiana. El libro comienza con palabras violentas: “Hemos metido al narco en nuestras camas. Copulamos con él. Extendemos la mano para que nos dé dinero”, fue el comentario que me hizo el conocido periodista Javier Valdez Cárdenas. La violencia se expresaba también en la exaltación verbal, en las charlas del día a día, que percibí desde mi primer viaje, en noviembre de 2009, marcado por el primer colgado de la ciudad como señal de que se venía una etapa muy violenta. Todo el tiempo escuchaba historias indignantes, aterradoras. Había un tono emocional muy intenso. En medio de un delicioso asado, mientras platicabas muy a gusto con los invitados, podías enterarte de que, en el aeropuerto, las maletas de Fulano fueron revisadas por soldados que contaban a detalle, presumían incluso, cómo habían torturado a varios. En Sinaloa nunca escuché a nadie usar el prefijo “narco”, pero los medios en general lo usan como parte de la mercadotecnia. Y en muchos lugares de México se utiliza el prefijo “narco”, que no sólo ha impregnado el habla sino que produce fascinación. Palabras como “levantar” y “ejecutar” se distinguen de secuestrar y asesinar, porque con sólo mencionarlas aludimos a la violencia de los traficantes, de “ésos”, de “aquéllos”, de los “malandros” que nadie llama narcotraficantes o narcos.

¿De qué manera procediste para recopilar la información para escribir tu crónica?

–Caminé bastante por las calles tomando las precauciones normales que cualquiera toma en una gran ciudad. A los diez días comencé a sentirme muy deprimida, no por lo que estaba viviendo sino por lo que estaba viendo y escuchando. Un mesero de un restaurante célebre de Culiacán me dijo que no había más remedio que persignarse todos los días y salir a trabajar. Yo quería armar un gran mosaico de la sociedad sinaloense y eso incluía estructurar múltiples voces a modo de gran coro ciudadano, cronicar, por decirlo así, las diversas facetas que presentaba la violencia en el día a día sinaloense y bordar en torno de diferentes puntos de vista sobre esa realidad. Una psicóloga me dijo que en Sinaloa la depresión era muy alta. Se atrevió a decirlo pese a que la mayoría cree que el sinaloense está lleno de alegría. Llegué a una conclusión intermedia: es muy alegre y es muy triste también. Cómo no va a serlo si la historia del estado está llena de violencia y en cada familia hay uno o varios parientes fallecidos de muerte violenta.

En lo formal, ¿en qué se diferencia tu libro de un libro de investigación o de entrevistas y se convierte en una crónica?

–Este libro contiene textos hechos a partir de una pregunta central planteada a personas de todos los estratos sociales y edades: ¿Cómo cambió su vida cotidiana a partir de la irrupción de la violencia? Descubrí que en la memoria colectiva cada ciudad estaba señalada por una fecha en particular como inicio del desastre, la llamada guerra del narcotráfico declarada en 2006 por el entonces presidente Felipe Calderón. Me importaba relatar cómo se transforma la vida del ciudadano de a pie cuando la violencia salta a la superficie. Hubo un esfuerzo formal en la estructura fragmentaria del libro. En el segundo capítulo, por ejemplo, prácticamente desaparezco como autora y entrego una serie de crónicas cortísimas entreveradas con citas directas de las entrevistas. Después de una edición minuciosa ordené el texto final en subcapítulos invisibles, no titulados, alrededor no sólo de la violencia entre criminales y ejército, sino sobre la vida campirana y urbana, la percepción de las mujeres y el tráfico de drogas en las escuelas, entre otros temas.

¿De qué manera influyó tu historia personal –el asesinato de tu abuelo– en la elección de estas crónicas y en el tipo de escritura que elegiste para el libro?

–En el libro el abuelo se convierte en un entrevistado post mortem porque cito un testimonio suyo, una carta de defensa, publicada en un diario local, contra acusaciones falsas y calumnias de algunos terratenientes de Mazatlán. El tuvo dos puestos públicos solamente, y por períodos muy cortos, pero cuando lo asesinaron a traición estaba realizando una comisión especial para destruir campos de amapola en la sierra de Badiraguato. Había sido teniente coronel durante la Revolución Mexicana, cuando tenía 21 años, y fue presidente municipal de Culiacán a los 27 años, pero la mayor parte de su vida se dedicó a su rancho, creo recordar que con mil cabezas de ganado, y a la explotación de una mina. Varios escritores me han comentado que el capítulo más literario del libro es precisamente el dedicado al abuelo, “Badiraguato bucólico”.

¿Cómo son las mujeres que aparecen en tu libro, empezando por vos misma?

–Hay mujeres de todos tipos. Están las amas de casa preocupadas por que no se sigan eligiendo políticos corruptos, por que sus hijos no crezcan en una sociedad impune. Figura allí, muy de pasada, la mujer de un traficante poderoso que, según distintas versiones, apoyó generosamente la economía de un convento, cosa que es bien vista por una sociedad que no se cuestiona el origen del dinero. Aparecen también académicas como Anajilda Mondaca y Gloria Cuamea, ahora amigas mías. La primera es experta en el género del corrido que canta las presuntas hazañas del crimen organizado, aunque el gobernador actual prohibió su difusión no sólo en la radio, eso ya se había hecho en 2001, sino en conciertos, bailes y lugares de diversión. Y, sobre todo, tengo presente a Alma Trinidad, ya mencionada, porque fundó una organización para madres de desaparecidos en una ciudad tan apática como Culiacán. Es una mujer admirable. Mi impresión general es que las norteñas son directas, entronas, pero no me atrevo a generalizar porque también he tratado con mujeres conservadoras, de golpe de pecho, preocupadas por el qué dirán, agresivas pasivas, qué sé yo.

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