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Viernes, 21 de agosto de 2015

MATERNIDADES

Mi cuerpo no es mío

Casi en simultáneo, el estreno de Mi amiga del parque, la película de Ana Katz, y la aparición del libro Mamá mala (Hehkt), de Carolina Justo von Lurzer, retratan con acidez y buena dosis de ánimo para la aventura íntima ese momento sinuoso y tantas veces oscuro que sigue al nacimiento de un hijo o una hija. El puerperio como estado enajenante que sigue a esa burbuja de ser una con otrx que es el embarazo reclama su existencia y deja caer ese supuesto endulcorado de la felicidad instantánea que tanto se exhibe frente al binomio mamá-bebé.

 Por Marina Yuszczuk

Puerperio: toda la locura junta. Entre la insólita definición médica que pauta cuarenta días para que, teóricamente, el cuerpo de la mujer vuelva a su estado anterior al embarazo (¡¿qué?!), el médico permita que la pareja, si la hay, retome su vida sexual (¡¿cómo?!) y las hormonas se estabilicen (¡¿cuándo?!), y otras corrientes más novedosas que lo hacen durar dos años o más, el puerperio no termina de abrirse camino como tema ni de ganar un espacio propio en la vida de las mujeres que se convierten en mamás. Por el contrario, lo que impera es la imagen radiante de la felicidad posparto que relumbra en publicidades de pañales, libros sobre maternidad y otros productos, la mamá sonriente, satisfecha y completa con el retoño que descansa pacífico en sus brazos, un círculo de pura armonía. Porque convertirse en madre es algo que ya viene guionado: lo que hay que decir y sentir, lo que se puede responder a los otros cuando preguntan a la madre nueva cómo está (“Agotada”, “Bueno pero estás contenta, ¿no?”) ya fue escrito desde hace mucho tiempo, y no precisamente por mujeres.

ILUSTRACIONES DE MAMA MALA POR FLORES

Pero lo que queda afuera de la foto, ese sacudón del alma al que se puede designar como “puerperio”, sigue siendo bastante misterioso, algo que se susurra en reuniones de crianza o charlas entre amigas. Las razones son muchas: la primera, como sucede con tanto de lo que concierne a la maternidad, es que a nadie, pero nadie (más que a las propias madres, se entiende) le importa. La segunda, que reclamadas por la vuelta al trabajo u ocupadas con la crianza, a muchas se les pasa de largo y nunca se enteran de que eso que les pasó en el inicio de su maternidad, toda esa masa confusa que sintieron y jamás le dijeron a nadie, podía tener un nombre o merecer una consideración más detenida. Tercero, que mientras algunxs teóricxs del puerperio como Laura Gutman demandan hacer de la casa un territorio salvaje en el que la mujer, mientras dura la fusión emocional con el nuevo hijo, se encuentra a través de él con su sombra jungiana, para muchas ese tipo de planteos son inviables o resultan excesivos. Porque el mundo exterior existe y tironea, las licencias por maternidad se terminan, las parejas demandan. O simplemente porque cada mujer, enfrentada con ese estallido de la vida que significa traer un hijo o una hija al mundo, inventa un camino diferente, a tientas, y si tiene suerte a su medida, mientras aprende cómo abrir la puerta de un taxi con el bebé en una mano y el cochecito plegado en la otra o practica mil formas de levantarse de la cama tan sigilosamente como un ninja para que el bebé, que por fin se durmió después de mucho resistir, no se despierte.

En definitiva, la palabra intenta darle un marco a ese conjunto de sensaciones, crisis, cambios y hasta delirios que pueden suceder cuando la llegada de ese nuevo ser pone a una mujer en la situación de ver su vida anterior hecha pedazos, su cuerpo transformado, su identidad en estado de reconstrucción, el corazón asaltado por un amor violento y los días copados por ocupaciones estrictamente materiales. Porque el cuidado no se toma descanso, y entre teta y mamadera o entre pañal y batita que se cambia, arroz hervido con apuro o visitas con las que se conversa sin entender la mitad de lo que nos preguntan, los movimientos del alma se abren paso como pueden, volcánicos o a borbotones, mudos o derramados en un llanto silencioso: solamente quien haya pasado por la experiencia de estar angustiadx y cuidar a un bebé al mismo tiempo es capaz de entenderlo. Por eso hay tantos relatos posibles como mujeres y algunos de esos relatos, mediados por la ficción, empiezan a poner el foco en las madres recientes. Así lo hacen Mi amiga del parque, la nueva película de Ana Katz que se estrena el 27 de agosto, y Mamá mala, el libro en el que Carolina Justo von Lurzer registró un aspecto (el peor, sí) de los primeros meses que siguieron a la llegada de su segundo hijo.

Para Ana Katz (que antes escribió y dirigió El juego de las sillas, Una novia errante y Los Marziano) ésta es su cuarta película, mientras que Carolina Justo, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet en temas de género y sexualidades, debuta en la escritura no académica con un conjunto de textos que nacieron como estados de Facebook, pequeñas botellas al mar que comenzó a arrojar a esa corriente imprevisible de las redes sociales cuando su bebé le dejaba ratos para estar en la computadora. Las dos coinciden en la elección del humor para encarar ese proceso al que a veces es un gesto de supervivencia encontrarle un lado divertido: Mi amiga del parque es un breve momento en la vida de Liz (Julieta Zylberberg), que tiene un bebé de pocos meses llamado Nicanor y un marido (Daniel Hendler) que está de viaje en Chile por trabajo. Mientras posterga su propia vida laboral y pasa largos días y noches encerrada en su departamento con el hijo, Liz encuentra un respiro en los paseos por el parque, donde conoce a Rosa (Ana Katz), que cuida a una beba llamada Clarisa. La complicidad se instala entre las dos, y aunque Rosa no parezca del todo confiable, Liz comienza a tomar con respecto a ella una serie de decisiones inexplicables, como si estuviera tanteando para encontrar la punta de un ovillo que la saque del encierro posparto.

ANA KATZ

El personaje de Carolina Justo, en cambio, está encerradx, apenas se reconoce en esta mujer sedentaria que en otra vida solía viajar y disfrutarlo, y se bautizó a sí misma como Mamá mala (que da nombre a su libro recién publicado por Hehkt, una editorial dirigida por mujeres interesada en pensar el posfeminismo, que cuenta con libros como Teoría King Kong, de Virginie Despentes, y Primeros materiales para una teoría de la jovencita, de Tiqqun, en su catálogo) porque ésa es una de las madres que fue cuando el derrumbe de un orden familiar que ya era de cuatro, el deseo que no se cumplió de amamantar nuevamente y la dificultad para sostener su trabajo le hicieron sentir, directamente, que todo había salido mal. De ese algo oscuro que gritaba adentro de Carolina nació Mamá mala, quizá con la intuición de que si le pasaba lo que le pasaba lo mejor era decirlo, y si iba a decirlo mejor que fuera públicamente, en un acto de coraje que fue el primer paso para empezar a entenderse.

Claro que el malestar, por ese entonces, no tenía nombre: “Retrospectivamente te diría que la palabra puerperio me sirve para explicar el mundo en el que estuve suspendida todo el año pasado –explica Carolina–. Para mí no tenía mucho sentido antes, de hecho ésta es mi segunda maternidad y con mi primer hijo no lo había vivido. Sabía que es algo que supuestamente nos sucede a todas después de parir, pero no era algo que yo hubiese experimentado o que me hiciera sentido, y sí me hizo sentido muy profundamente el año pasado. Y en todo caso es algo de lo que sabía muy poco. Cuando empecé a tratar de pensar qué me estaba pasando dije: ‘Ah, debe ser el puerperio’; después vino una gran incógnita y un agujero negro, porque nadie me había dicho nada sobre el puerperio, nunca. Las explicaciones del mundo médico y del mundo psi tampoco me servían para entender qué era mi puerperio”. A Ana Katz, por su parte, le interesa despegar el término de la idea de “posparto” y del aspecto fisiológico: “La palabra puerperio intenta englobar un conjunto de sensaciones sin nombre, pero para mí no es del todo ajustada porque de hecho en mi película una de las madres (el personaje que interpreto yo) transita algo que podría vincularse con el puerperio y sin embargo el hijo no es de ella, el bebé que cuida es de la hermana. A veces en relación a lo femenino se intenta nombrar, especificar algunos sentimientos un poco más complejos, con ‘estoy indispuesta, estoy menopáusica, estoy puérpera’, cuando en realidad lo que pasa es que en esos estados se llega a un grado de conciencia –y, por eso mismo, de confusión– más alto que lo que la sociedad permite”, opina Ana, y con esa sola frase pesca al vuelo un elemento clave, la contradicción, que está en el centro de ese remolino que desata el parto.

Salir a la ruta

Así, entre la conciencia y la confusión, anda Liz, la protagonista de Mi amiga del parque, captada en un período particular en que la vida oscila de la oscuridad del cuarto donde duerme el bebé, a las tardes luminosas al aire libre. Liz perdió a su mamá hace un año, su marido está de viaje por trabajo y no parece tener amigas con hijos o hijas que le puedan aliviar los días. Se baña como puede, come de parado y como todavía procesa la frustración de no haber podido amamantar, la peor amenaza del mundo se condensa en la posibilidad de que otra persona le dé a Nicanor su mamadera: fallar en el cuidado y el alimento parecería ser el primer fantasma de toda madre. “Creo que la experiencia que tenemos como mujeres previa a la maternidad es la de los juegos con muñecas, es como un ensayo general que después se transforma en realidad. En un principio la maternidad es puro cuerpo, lo que genera la plenitud en ese hijo es el abrazo, el abrigo, la alimentación. Y para un cuerpo adulto que vive en un estado de comunicación y de redes y charlas es como ir hacia la infancia, a la raíz, volver a entender el día como un espacio donde hay una noche, donde hay un día, donde hay agua, donde hay alimento, y donde se caga y se hace pis y se duerme.”

Ese período la encuentra a Liz en soledad, con la única compañía de la voz del papá que irrumpe contento desde el teléfono y el marido en la pantalla del Skype. En ese aislamiento, aunque sea circunstancial, se cifra algo de lo que Ana Katz e Inés Botagaray, la escritora uruguaya con la que hizo el guión de la película, encontraron en la maternidad: “Nos pareció interesante quitarle a Liz, pero también al espectador, la posibilidad de acomodarse en una solución que se le aportara desde afuera, desde el marido o la madre o la amiga piola. Porque teníamos la sensación de que hay momentos en que una está sola a determinados sentimientos nuevos, en los momentos más fuertes, puede haber un millón de personas rodeándote pero la experiencia es intransferible. Eso fue lo primero, tratar de jugar a la isla a ver qué pasaba. Además, cuando una recibe un hijo está totalmente ligada a alguien y a la vez estás sola, porque esa persona no habla. Entonces no podés estar más pendiente y ese chiquitito no puede estar más dependiente y a la vez, si el día pasa entero con el bebé, hay un punto donde una madre siente que está sola”.

CAROLINA JUSTO VON LUTZER

Para Katz, de esos ratos a solas durante los primeros meses de su segundo bebé, en ese tiempo lento y excepcional que quizás esté lleno de potencial inexplorado, surgió la imagen que después se transformaría en Mi amiga del parque: “Recién con esa segunda experiencia de maternidad empecé a encontrar una especie de universo muy claro, identificable, que tenía que ver con el invierno y este horario de sol, como la tregua que deja el invierno al mediodía o a la tarde temprana, que es un horario donde las madres de bebés chiquitos salen corriendo hacia el parque a airear la vida de ellas y de los bebés”. En ese lugar, Ana se encontraba con un mundo que comenzó a mirar con cierta sospecha, hasta desnaturalizarlo: “Me pareció que ese parque tenía una poética muy definida, la sociedad circula por afuera y adentro están las madres con bebés, las personas muy viejitas, a veces hasta excursiones del psiquiátrico, personas que están fuera del sistema por una cuestión económica. Y me empecé a preguntar por qué eso es así, parece que la sociedad necesitara que las madres se quedaran tranquilas en sus casas. Pero la verdad es que hay una trampa, y ahí aparece la película. Es mentira que la madre tiene que apartarse, es conveniente por algunas razones muy concretas pero no es lo cierto”.

Por un lado, entonces, ese dedo invisible que les marca a las mujeres lo que deben hacer cuando tienen un bebé a cargo y, por el otro, el que señala lo que deben sentir o decir. Al comienzo de la película, el personaje de Julieta Zylberberg está varado entre esas dos imposiciones y apenas se pregunta qué es lo que quiere: “Yo siento que hay un derecho que la mujer todavía no aborda demasiado, que es el de la subjetividad. Hay un montón de cosas que no están admitidas todavía dentro de lo que podríamos llamar subjetividad, que se consideran fuera de lugar, o fuera de agenda. El personaje de Liz no amamantó y eso la frustra mucho, también hay tribus o tendencias de crianza nuevas en las que hay mucha bajada de línea. Para ella es muy grave eso que no puede hacer cuando en verdad está dando todo por esa criatura, y me interesaba mostrar la injusticia de esas frustraciones que una sufre por una exigencia muy grande que le viene de afuera”. Quién es Liz, más allá de la persona que sufre por no poder cumplir con ciertas expectativas, es algo que una puede preguntarse durante toda la película, porque la información no abunda y eso es a propósito. Katz y Botagaray quisieron abordarla en ese estado de indefinición que caracteriza a un cambio muy profundo: “Me conmueve contar los momentos donde los personajes están viviendo algo y lo están experimentando con mucha intensidad pero todavía no tienen la capacidad de nombrar lo que les pasa”, confiesa Ana Katz. “En las experiencias vitales a veces después de un año podés decir, ‘en esa época estaba así y asá’. Creo que Liz está absolutamente conmovida, tanto que todavía no tiene a su alcance los recursos que le permitan construir una idea más clara de lo que le pasa. Yo me peleo un poco con esta exigencia de que todo se presente procesado para no perder el tiempo, para volverlo más práctico. Creo que sería muy interesante encontrarnos como madres, como criadores, en relación a la experiencia, compartir algunas cosas que hacen más a la parte vivencial, no el discurso sobre lo que a cada unx le pasa.”

Pero para que esa experiencia tenga lugar a veces es necesario estar perdida, y Liz parece estarlo. Aunque contrata a una niñera para que la ayude –una que la mira torcido por ciertas decisiones que no comparte– la verdadera revelación viene del lado de otras mujeres, las hermanas R (a cargo de la propia Ana Katz y Maricel Alvarez), que representan algo más libre frente a la comunidad forzada de los papis del parque y la rigidez de esa niñera. Porque un pedido de las hermanas activa algo misterioso, esa chispa de ganas que a veces hace falta para que una mujer vuelva a ponerse al volante –literalmente, en el caso de Liz–, y deje de sentir el puerperio como un estado de indefensión o de debilidad: “Lo que se lleva Liz de estas hermanas, que es haberse ido sola manejando 186 kilómetros a Saladillo con dos mujeres que no eran de su familia, es de un nivel de emancipación frente a la sociedad y ya no sólo frente a su marido, que me parece enorme”, se entusiasma Katz. “Si las mujeres se animaran a hacer 186 kilómetros con un bebé, porque tienen el tiempo y las ganas, sería otra sociedad. Sin querer desde ese sinsentido de irse de viaje porque sí, ella se está acercando a una lógica que la puede hacer mucho más feliz que quedarse con la niñera, una lógica que le permita descubrir el mundo por ella misma. Hay algo de lo que le ofrecen estas hermanas que tiene una clave mucho más lúcida que la otra opción, de seguir yendo al jardín rodante, pasar al jardín común, a las madres de la cooperadora y a ‘mis hijos se fueron a vivir solos’. Yo lo que traté de contar es cómo Liz está aprendiendo a hacer su identidad de madre en el disfrute, en el deseo.”

“Maternidad” rima con “maldad”

Para Carolina Justo ese disfrute se demoró un poco más. Igual que la protagonista de Mi amiga del parque, ella tampoco pudo amamantar, ni siquiera las consultas a una puericultora la ayudaron y si una clave de la maternidad se dibuja en esta figura que comparte con Ana Katz es que siempre, siempre, hay algo que falla. Algo que se sale de control. Esa sensación de no poder con todo no fue algo que le haya pasado a Carolina cuando fue mamá por primera vez, pero sí con el segundo hijo: “Creo que el primero viene a instalar una cosa diferente de la que había antes, pero un segundo viene a romper todo. Es como si vos tuvieras un adorno de porcelana, se te cae o se te rompe, agarrás la Gotita y lo pegás, y enseguida viene el viento y se vuela a la mierda..., es un poco esa sensación, hay un rearmado. Con mi primer hijo yo nunca tuve la sensación de que quería volver a un estado anterior. Los primeros años fueron un terremoto, todo se movía y no paraba. En ese período no había ninguna rutina que durara más de dos o tres meses, era todo movimiento y más movimiento hasta que en un momento se estabilizó, y ahí yo cometí la locura de tener un segundo hijo. Pero antes nunca había tenido esa sensación de querer bajarme; ahora sí la tuve y por eso fue tan duro. Eso es lo que fue radical de esta experiencia. Después, hablando con otras amigas sí, había algo del puerperio, esa dimensión más oscura, que ninguna contaba con profundidad”.

Si por varias razones se sentía una mala mamá (en una sociedad en la que, convengamos, las mamás se dividen en malas o buenas y punto), Carolina se hizo cargo y convirtió esa maldad en el signo de su personaje, que nació la primera vez que su bebé se durmió sin estar en sus brazos: “Fue la primera vez que tuve un poco de autonomía, entonces lo dejé en la cuna, me fui hasta la computadora a conectarme con mi viejo mundo, y escribí. Me bauticé Mamá mala medio inconscientemente, supongo que porque yo sentía que estaba saliendo todo mal”. Una vez que se animó a decir lo que no podía decirse, la voz de Mamá mala se abrió paso y empezó a volcarse en una serie de textos, escritos entre la bronca y el humor, que parecen bombas molotov arrojadas contra un ideal que a Carolina, como a la mayoría de las mamás reales, se le hacía demasiado pesado. “Había ciertas sensaciones que me costaba decir de otro modo que no fuese escudada tras ese personaje, y que no fuese tamizada con un poco de ironía, porque eran sensaciones no socialmente aceptables para una madre recién parida, que debería haber estado feliz con su retoño”, explica. Y de modo similar a la protagonista de Mi amiga del parque, ella también se retrató como una madre sola, porque había una verdad en esa maternidad nueva, en el una a uno con ese bebé que de a poco dejaba de formar parte de ella misma, que así lo sentía: “Me parece que ese período especial, ese estado de excepción podríamos decir, es de una soledad interna muy profunda. Hay algo que se está produciendo en una que no se puede compartir, como sí se comparte la gestión cotidiana de la vida doméstica, la mamadera y el pañal. Pero el proceso personal, subjetivo, de construcción de este vínculo con ese hijo o hija, es en soledad, aunque el otro esté presente. Después hay una cuestión de desigualdad de género, porque en una pareja heterosexual el varón tiene más chances de huir de ese clima puerperal”.

A las mujeres, sí, se les reclama que puedan con todo, sólo que no pueden. Porque nadie puede, y ahí viene la culpa: “Mamá mala también es un poco eso, es decir, yo estoy pensando en mí, la estoy pasando como el culo, y él está ahí, y yo en realidad le tendría que estar sonriendo, le tendría que estar poniendo una musiquita de esas que lo estimulan, no tendría que estar pensando en que quiero que se duerma. Ese desfasaje entre algo del egoísmo de la supervivencia y el hecho de que hay otro ahí al que hay que cuidar en el sentido afectivo más que doméstico es parte de esa maldad que yo sentía porque yo me estaba priorizando a mí, me estaba ocupando de mí misma”, recuerda Carolina. Solamente cuando alguien le recordó que en un accidente aéreo el adulto que está cargo de un niño debe ponerse primero la máscara de oxígeno antes de poder ayudar al pequeño, entendió que la imagen de la madre que se sacrifica, que se pone siempre en segundo lugar, era inviable. Y se rió de eso, en un texto del libro donde se prueba unas plataformas, practica caminar con el bebé en brazos y frente al espejo, por un segundo se siente todopoderosa.

Pero esa visión se desvanece rápido: la imagen de mujer y madre que arroja Mamá mala es mucho más compleja, y dibuja casi dolorosamente ese ritmo de pérdidas y ganancias, de duelo y enamoramiento que es hacerse madre. El final del libro coincide con el primer año de su bebé, cuando todo empezó a acomodarse y la vida retomó su cauce, pero Carolina ya no era la misma. En principio porque se había convertido en escritora, y la reciente publicación de Mamá mala así lo atestigua, como un recordatorio de que el puerperio podrá ser un momento de estallido pero de ese volcán pueden salir cosas nuevas, imprevistas. No todo es lamento ni queja: en Mi amiga del parque y en Mamá mala también está la aventura, eso que por definición, y porque implica entregarse a lo nuevo, comporta un grado de peligro.

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