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Viernes, 21 de agosto de 2015

MONDO FISHION

El último ladrido de la moda

 Por Victoria Lescano

RETRATO DE ROSA BAILON

Con un logo que se modificaba cada semana como si fuese las novedades de alguna vidriera –y pasaba de exhibir una máquina de escribir con teclas provistas de margaritas a la morfología de un zapato de punta redonda, con taco cubano y hebilla de metal– y que siempre ostentaba el cartel “La Donna è Mobile”, la escritora Sara Gallardo, autora de Los galgos, los galgos, entre otros títulos, indagó en la crítica de moda desde la revista Confirmado. De ahí que entre 1970 y 1971 esa sección ofició de manifiesto estético y también de galería de personajes y excentricidades de los años ‘70 en Buenos Aires. Escribía Gallardo: “Frou Frou ya come. Madame Frou Frou se puso demasiado triste. Descubrióse que hace dos años que no come porque le aburre. El médico la retó. Prepara su colección de primavera con nuevos bríos. Albricias!” Así se refería a Rosa Bailón, la diseñadora que recaló en el local 26 de la Galería del Este para convertirlo en sitio ineludible de la moda (el DJ y fotógrafo Juan Gatti no dudó en comparar el ajetreo estético y cultural de la minúscula tienda con los salones literarios de antaño). Etiquetadas con cintas de seda celestes y rosas impresas con un logo art nouveau, cautivaba con su línea de camisas unisex con prints de estrellas o ceros, llamadas Camisas Donovan (en homenaje al músico inglés y a su canción “I love my shirt”), los maxitapados de pelo de cabra teñidos en tonos de blanco, rojo y azul, las capelinas con prints de lunares y flores y primordialmente los vestidos Súper Bizcocho o Romance Oriental realizados con metros de satén, rematados con volados y escotes muy pronunciados, que provistos de delantales al tono sublimaron el arte del almidonado.

En julio de 1970, Gallardo profundizó sobre Rosa Bailón y la puesta en escena de su boutique. Tituló: “Madame Frou Frou: sensación inenarrable” y dictaminó: “El Pierrot Lunaire de la moda es la admirada Madame Frou Frou, cara de talco, cejas less, pestañazas, ropa de cire negro, plataformas zapatales. En su boutique de la Galería del Este hay ambiente a Nueva York, música, ropas que se bambolean, clientes vanguardistas, curiosos boquiabiertos. Ultimo grito o mejor dicho ladrido de la moda: los collares de perro, mientras que las bisabuelas los usaban de perlas y oro, las bisnietas, igualmente ceñidos, de cuero, adornados con cencerros o cascabeles o incrustados de tachas”. Y continuaba con el inventario de accesorios: “Las muñequeras que causan arrebatos y son arrebatadas. Especialmente las destinadas al reloj en el modelo recio y rebeldote de los Hell angels, o sea los Malos californianos que andan en motocicleta y asustan a los gordos buenos (400 pesos). Para el antebrazo hay brazaletes con o sin flores que se encargan, igual que los cinturones, haciendo juego con el collier. Sensación inenarrable, los tapados de cabra blancos, cuero afuera y pelo flecoso por dentro en mini (puede ser infantil), midi y maxi, de 3949 a 59.000 pesos”.

Porque los accesorios fueron una constante en las tramas de la columna de Sara en los días previos a las navidades de 1971: recomendó las piezas rara avis de Bijouterie X, un lugar de culto, situado en el local 23 de la Galería del Este y al que en ocasiones supo elogiar y rememorar el poeta Arturo Carrera. Adjetivó Sara en relación a la colección de bijou ideada por Julio Ribeiro: “Verdaderos tesoros, capaces de entender la codicia de Alí Babá y todos los piratas (del Indico y del Caribe juntos”). Cadenas de plata con eslabones marineros hechas a mano, arandelas de hueso y plata o plata y azabache. Otros imitando eslabones antiguos. Otras napoleónicas con imperiales lises (desde 140 a 400 pesos). De estas cadenas se pueden colgar dijes, iniciales, pies, bichitos art nouveau, hadas, elefantes y yo qué sé. Como anticipo de la moda invernal toda una fauna de camellos, pingüinos y gatos minúsculos (de $25 a $45). Exóticos al máximo los colliers africanos con colmillos de marfil”.

La Donna è Mobile –clara alusión de Gallardo a la ópera de Verdi– se refirió a otra de las creadoras raras avis de la moda porteña: “Vanina busca Mono”. “Vanina de War busca piel de mono. El furor de 1913 y de los 20 vuelve con más furor. Elegantes argentinas guardan estas flecales pieles como recuerdo o a la espera de nuevo uso. Vanina prepara su colección y espera ofertas de tan insólita piel. Llamar al 419293. Vanina espera”. Hubo además en la misma publicación de 1970 –y siguiendo la línea inaugurada por Felisa Pinto desde “Extravagario”, su célebre columna en la revista Primera Plana– otra página destinada a usos y costumbres y donde emergió un retrato de la columnista y escritora con su pelo carré, los ojos pronunciados por lápiz kohol y el cuello de una camisa blanca que hablaba de una elegancia serena. Al observarla, llama la atención el arco de sus cejas; no en vano el 14 de enero de 1970, Gallardo sentenciaba: “La ceja se usa ausente. Ya lo saben, buenas donnas, una las han reducido a hilo, otras las han arrancado de cuajo supliéndolas con golpecitos de lápiz. Hay un tercer método para aclararlas con cosmético y allí el manual de instrucciones para el uso de Translucent Brow Lightener lanzado cual novedad por la firma Revlon. En formato de pastillas y en sus tonalidades Demi Honey, Demi Cooper, Demi Ash”.

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