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Viernes, 28 de mayo de 2004

INUTILISIMO

Hacerse el picnic con etiqueta

Tiene toda la razón del mundo Jacobita Echaniz (Libro de Etiqueta de Rosalinda, Editorial Bell, Buenos Aires, 1951) cuando se lamenta porque muchas personas parecer creer que la etiqueta se termina justamente “en las ocasiones llamadas de etiqueta”, y entonces, por ejemplo, “no cuidan en absoluto sus modales en las reuniones impromptu, los paseos, los picnics”, con el resultado de que “dan la impresión de incultura y mala educación cuando menos lo sospechan”. Para que estas gaffes no sucedan y no decaiga nuestro prestigio de ladies en todo momento y lugar, hay que cuidarse mucho en las comidas campestres y no permitir que el famoso relax contamine nuestros modales.
Como anota doña Jacobita, “es incorrecto que, habiéndoseles puesto cubiertos, los invitados se dejen llevar por el ambiente rural y emprendan con el asado a golpes de diente. Tampoco la invitante debe suponer que a todo el mundo le encanta comer a lo gaucho y omitir los cubiertos, puesto que hay muchas personas que no tienen ni humor ni dentadura para este estilo de cosas”. Y lo mismo rige para las bebidas (evidentemente, el caballero de la foto no debe ser imitado), “si se ofrece copetín, cerveza, vino o agua, cada líquido debe servirse en su respectivo vaso”.
Indicaciones parecidas corresponden a los pequeños picnics, que no por decontractés requieren menos organización y finura. Queda pésimo que “los concurrentes desembalen enormes paquetes, y peor aun que usen los papeles de envolver como manteles”. Un horror, la verdad sea dicha. Por eso, “una de las adquisiciones más recomendables es la de una canasta de picnic, con un recipiente para cada cosa y cada cosa en su lugar”. Desde luego, este simpático objeto combina de maravillas con mantelitos y servilletas a cuadros rojos y blancos, incluye cubiertos y permite un almuerzo campestre con toda la etiqueta del caso.
Jacobita Echaniz subraya la importancia del respeto al prójimo en estos paseos al aire libre: “Nada impresiona peor que un grupo de gente en desabillés diversos, bailando al son del fonógrafo o de la radio, ruidosamente, rodeados de bollos de papel, botellas, etcétera. Naturalmente, son las mujeres las que deben evitar que los esposos e hijos se diviertan de este modo”. Que no se les olvide, pues, aunque estemos al borde del invierno más crudo: todo va mejor con una bonita canasta de paja, un poco más grande que la de Caperucita, claro. Y, no hace falta aclararlo, dejando el fonógrafo en casa.

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