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Viernes, 2 de abril de 2004

VIDA DE PERRAS

Porteros y encargados

 Por Soledad Vallejos

Desde que el mundo es mundo y los edificios, mundos verticalizados, existe en la vida de departamentos una figura central pero desatendida. Será, tal vez, cuestión de estrategias de supervivencias (les parecerá exagerado, pero conozco a alguien que tenía listo para entregar a la editorial un libro sobre el tema, con anécdotas incluidas, pero que a la hora de los bifes se arrepintió, precisamente, por temor a los ídem). No lo especifican los reglamentos de propiedad horizontal, ni los contratos de alquiler, ni los boletos de compra-venta, pero todo eso no hace más que evidenciar una muy bien articulada táctica del débil al borde de la desesperación. El caso es que no quieran ustedes nunca jamás caer en desgracia con quien lleva adelante su edificio, esos seres a veces entrañables y otras temibles, a quienes el vulgo identifica como porteros/as, aunque ellos históricamente prefieran el más poderoso encargado/a. En esa primera diferencia reside el quid de la cuestión: ellos y ellas están allí para velar por el bien del edificio (su bien), por la moralidad pública de ese (a veces no tan) pequeño universo que se extiende desde la puerta de calle hasta los ascensores, pasando por los pasillos, sin olvidar la terraza y, por supuesto, incluyendo hasta los departamentos que cualquier cabeza hueca supondría como territorio privado pero que, en el fondo, no es más que un fragmento del todo por el que ellos y ellas, conscientes de su misión, deben velar. Porque ellos y ellas todo lo saben, todo lo han sabido y todo lo sabrán, son quienes decretan las normas de una etiqueta tácita y silenciosa cuya ruptura, aun en el caso de que se trate de una transgresión inocente (llevada adelante por alguien que desconocía la interdicción), se paga caro. Nada de insistir con que el cadete de la verdulería pueda dejar algunos trastos en la entrada mientras sube a dejarnos el pedido. Ni se les ocurra hacer silencio ante preguntas indiscretas, ni oídos sordos a chismes sobre el vecindario. Mucho menos, dejar traslucir fastidio porque para entrar o salir del edificio hay que atravesar su tertulia con amiguetes. Sé lo que les digo: hace dos semanas que mi portero –perdón, encargado– no me habla, no abre la puerta a mis visitas, no me deja las revistas haciendo sonar el timbre para que las busque rápido, no me deja subir tranquila al ascensor porque siempre parece apurado. No nada. Que parece que no me quiere más, eso les digo. Y lo peor es que todavía no entiendo por qué.

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