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Viernes, 3 de febrero de 2006

TRAVESTISMO TRASH

Se armó la gorda

Por Naty Menstrual

Todos los veranos la misma historia. Las revistas y programas de televisión muestran cuerpos flacos quemándose al sol. Chicas rebosantes de carnes duras y pezones apuntando al cielo, alimentadas a rabanitos y botellitas de agua mineral, copan las tapas y páginas centrales. Y en las notas dicen a boca suelta: “Te juro que no me cuido, que como todo lo que quiero como una holando-argentina en celo”. Mi esteticista me dijo una vez: “No hay flaca que coma mucho ni gorda que se alimente a aire”. ¿Será por eso de “yo tomo un vaso de agua y lo asimilo rápido”?

Yo ya no busco excusas del tipo “soy gorda pero pareja”, “las redondeces son eróticas”, “más vale tener de dónde agarrarse”. De ninguna manera. Yo sigo hincando el diente y me quedo en Buenos Aires, disfrutando de este aire caliente –que es un tratamiento increíble contra los puntos negros– y al calor abrasador del cemento –que es un sauna impagable–. Flaca, ¿para qué? ¿Eh? ¿Para qué? ¿Para ser un objeto y que los hombres no me dejen en paz? A mí que me dejen tranquila con mi heladera, que es un ejemplo de fidelidad. ¡No pienso entrar en el juego, en esa carrera loca de la imagen que te devora hasta perder la verdadera identidad! ¡Yo soy yo, no soy un número, 90-60-90!, ¡no soy una carita linda ni una cabecita hueca! Tanto sacrificio, ¿para qué? La gimnasia, por ejemplo, ¡qué horror! A mí, la única gimnasia que me da satisfacción y me saca la depresión es del sillón a la heladera-de la heladera a la cama-de la cama a la heladera-y de la heladera... ¡al sillón!

Algunas amigas intentan convencerme de que, así, me voy a quedar sola, que deje de comer, que tengo que cuidar mi imagen, que ningún tipo me va a dar bola. Soy GORRRRRRRRRRDA, ¿y qué? Si se tienen que enamorar de mí, ya va a llegar mi Romeo, a pesar de mis maratones de masticación. El hombre que se atreva a transitar los zigzagueantes senderos del amor conmigo deberá asumir lo que soy: una mujer de gran corazón, maxilares incansables y kilos de adiposidades. El sueño del cubrecama propio para pasar el invierno –decía un novio que tuve–, pero de carne.

¡Basta de presiones!, ¡a la mierda con tanto verso!, ¡nosotras las gordas al poder! Mueran los anoréxicos modelos imposibles de igualar. Total, la vida no se termina en unos kilos de más, y si tengo que terminar mis días sola ya me las voy a arreglar. Será cosa de sublimar y listo. ¿O no nos la pasamos sublimando en esta vida? Si tengo ganas de que me besen y no hay nadie disponible, me morfo una caja de bombones rellenos; y si quiero una noche de pasión y no la tengo porque no pasa naranja, me encierro en un tenedor libre hasta que nadie me pueda mover del asiento. ¡Y al que no le guste, que no mire!

A mí no me importa morirme sin salir en las tapas de las revistas, porque al fin y al cabo me parece que no entro. Me pregunto de nuevo: flaca, ¿para qué? ¿Para sufrir toda la vida esclavizada por la imagen? Al fin y al cabo, lo que se tenga que caer tarde o temprano se va a terminar cayendo. Si no, pregúntenles a los tanos sobre la torre de pizza. Y si no se les cae, voy yo y me la como, qué tanto.

Les cuento algo, chicas: ¡me compré una heladera que es un sueño! Eso sí... ¿les cuento una confidencia? Bah, no es una confidencia sino, mejor dicho, un sueño. Yo quiero que aparezca un genio de la tecnología y me cumpla lo que deseo lo antes posible. ¿Saben qué es? A que no adivinan... Quiero que me invente una heladera con un pito bien grande. ¡Sí! Porque, así, ¡mi mundo sería perfecto!

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