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Viernes, 17 de agosto de 2007

VISTO Y LEíDO

Desde el país del no me acuerdo

 Por Liliana Viola


Los últimos
Katja Lange-Muller

Adriana Hidalgo
113 páginas

Gracias al relato de una tipógrafa mediocre para lo suyo pero memoriosa para el resto, Katja Lange-Muller consigue reproducir ese gusto raro que deja el tiempo cuando se ha dejado perder. Ya no existe ese país, ya no existe ese oficio, ya no se piensa como hace unos años.

El personaje femenino que construye esta pequeña ficción ejercía su vetusto oficio en la vetusta Alemania Oriental de los años ’70 hasta que a poco de haber sido contratada, el dueño desaparece, tal vez se fuga como tantos, la imprenta se cierra y todo lo que ni siquiera había comenzado se dispersa. Las acciones transcurren en un tiempo agotado, diría Fukuyama y se lamentarían otros; pero sobre todo, perdido en las nimiedades de la vida diaria, en la oficina y en la rutina del after hour, en los gestos equívocos y el desinterés por lo que no se dice y tal vez no vale la pena preguntar. Cuando se pregunte, veremos aparecer recuerdos de abuso, violencia, locura, abandono, asesinato y tal vez amor.

La protagonista define sin lamentarse aquellos días: “Finalizadas las ocho horas de trabajo, tenía ese momento de felicidad garantizada llamada ‘salida’, y la posibilidad de imaginar, camino al hogar, que el día siguiente, con suerte, estaría enferma y podría ir al médico y regresar luego a la cama”.

La autora, nacida en Alemania Oriental en 1951, fue tipógrafa y enfermera como su protagonista, pero no parece ir en busca del tiempo perdido: con aviesa crueldad escoge a su víctima narradora —mujer, joven, fea, sola, ignorada o rechazada en cada uno de sus intentos por conseguir compañero ocasional, torpe para su oficio, buena para la cerveza— para que registre la pérdida. Estos son “los últimos registros de la imprenta de Udo Posbich”, dice el título. Aparecen tres compañeros más, alguna incógnita, algunos secretos bien guardados y algunas coincidencias.

El cambio de punto de vista en la mitad de la novela y la aparición de una serie de cartas cruzadas amenazan con provocar uno o dos cambios de género. Pensamos por un momento que la historia puede devenir en policial, puede quedarse cómodamente en el diario íntimo femenino de “muñequita elefanta morada”, como le dicen sus compañeros, o en una estampa de un proyecto de vida que no resultó. Después no es ninguna de estas tres cosas. Con elegancia y mesura, Katja Lange-Muller consigue un relato acotado sin alejarse ni un poco de ninguna de las posibilidades con las que decidió jugar.

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