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Viernes, 17 de agosto de 2007

LA VENTA EN LOS OJOS

El varón domado

 Por Luciana Peker

El mito dice que los hombres no pueden ser violados por una mujer porque si ellos no quieren, no pueden tener sexo. Más allá de que la coerción puede suceder de otras maneras —y que los hombres tampoco tienen que estar siempre disponibles a vencer la ley de gravedad con su deseo—, la sociedad construyó el mito de los varones violados amorosamente. No con amor sino en el amor. En esa idea, los hombres no aman, son invadidos. Las mujeres no aman, son invasoras. Los hombres no quieren, no sueñan, no dicen sí, no aceptan, no proponen, no planifican ni se cuidan. Los hombres, sencillamente, son acorralados por mujeres sedientas de tener familia. El mito pareciera ser del tiempo del ñaupa, si no fuera porque es un boom con jingle y todo. El hit del invierno dice que Pablo es un pobre muchacho que se cruzó con Mariana, que un día —como en un trabalenguas apurado— dejó un cepillo de dientes —símbolo de la plantada de bandera femenina—, después acomodó una bombacha rosa (como si ella fuera una agente secreta 007 en una misión contra un marinero ruso) y el cajón fue sólo el primer cuchillazo. La canción sigue con que como Pablo no notó que cuando estaban rodando en la cama ella acomodó la crema antiage en la mesita de luz —el dato no es menor porque implica que Mariana ya tiene arruguitas y eso la convierte en mujer bomba con el reloj biológico en tiempo de descuento— y como Pablo no se avivó después ella llevó la ropa de invierno, el perro, un bonsai y un sofacama a la casa de Pablo.

“Cuando Pablo reaccionó ya estaban los dos esperando un varón”, remata la canción de la publicidad del auto Renault Logan, que intenta promocionar “que tiene lugar para todo lo que se viene” como si todo lo que se viene en la vida de un hombre que va a tener un hijo no fuera un destino arrasador —ya no con la imagen poética del amor cortazariano de un rayo que te estaquea en la mitad del patio— sino una minita que a escondidas te deja el cepillito de dientes, no te dice que no se cuida y te fuerza a hacer vida de sábado en el futón. El éxito publicitario en el sentido pegadizo no está sólo en la idea del cantito símil “hay que sacar a la chiva” sino en las repercusiones que se reflejan en el foro de Internet de Mariana y Pablo. El eco que provocan esos personajes es lo que señala la marcha atrás de esta publicidad. Por ejemplo, hay quien amenaza a Mariana “yo te estaqueo con el cepillo de dientes si me intentás hacer eso”, y hay quien tilda a Pablo de “dormido”. Hay un sinfín de razones para que el año 007 sea una época de encontronazos amorosos (con más desencuentros que encuentros) y para pintar a Mariana como una mujer que más que casarse quiere procrearse junto a un hombre (y con auto) y a este Pablo como un tipo que no tiene un hijo porque decide —buscar o evitar un embarazo— sino que no reacciona hasta que la panza se cruza en su cinturón de seguridad.

Mariana y Pablo son una pareja que sigue estereotipando y subestimando a las mujeres y a los varones, y poniendo al amor en el lugar de guerra con vencedores y vencidos.

Después no digan que no reaccioné.

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