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Viernes, 10 de agosto de 2007

TALK SHOW

Yo soy mi propia escultora

 Por Moira Soto

José María Muscari puede celebrar su ingreso en la treintena con la que probablemente (la cronista sólo ha visto la mitad de su copiosa y siempre sorprendente producción) sea su obra más acabada por donde se la mire y se la escuche. Dentro del Proyecto Biodrama, el dramaturgo, director y actor está presentando en el teatro Sarmiento Fetiche, un espectáculo rebosante de ideas felizmente formuladas, teñido de gracia y de una cierta ternura, donde su famosa “irreverencia” —tan citada por los críticos— adquiere espesor y sentido dentro de la gratificante levedad de su tono. Con un ritmo contagioso sostenido sobre la base de una narrativa en la que los rasgos y conceptos que van definiendo a varias Cristinas (que en verdad son una sola y única Cristina) cobran alto relieve merced a las actuaciones, a la música simbióticamente aliada al texto, a la insólita escenografía que recrea y estiliza una sala de gimnasio, a la coreografía siempre expresiva y funcional, a la utilización justificada de otros recursos como pantallas que pasan imágenes y palabras que se integran al relato escénico, a las cambiantes luces que acompañan cada transición...

Desde los tiempos de Ese oscuro objeto de deseo, de Buñuel, esto de convocar a dos o más intérpretes bien diferentes para hacer el mismo personaje ha vuelto a suceder algunas veces en el cine y también en el teatro. La originalidad de la propuesta de Muscari radica en que no sólo las seis actrices elegidas son de distintos palos (algo casi habitual en él) y edades, sino que ellas se presentan a sí mismas en algún momento (con nombre y apellido, alguna referencia personal) y representan a la vez diferentes etapas de la vida de la persona real que inspiró la duodécima experiencia Biodrama, y también facetas o aspectos de la protagonista, Cristina Musumeci. Es decir, la presidenta de la Federación Argentina de Musculación, una dama de 48 años con todo el entrenamiento corporal del mundo, cuarto lugar en nivel internacional, además licenciada en Teología en la UCA y estudiosa de Salud Sexual.

Un personaje fascinante para quien el fisiculturismo es otra religión, además de la Apostólica Romana —como dice una de las Cristinas— que Muscari conoció cuando andaba en pos de un mejor rendimiento físico y, de fracaso en fracaso, fue a parar al gimnasio donde estaba la señora de marras. Ella le dio un diagnóstico certero, para la vida y quizá para el arte: exceso de voluntad pero deficiencias técnicas. Porque el Muscari siempre en estado de gravidez creativa y multiplicando proyectos, en oportunidades ha dejado la impresión de que por dispersión o ansiedad o lo que fuere, no llevaba a término sus gestaciones provocativas, sus brillantes ocurrencias. Lo que él mostraba parecía apenas una parte de ese iceberg que hoy se diría que ha salido a la superficie. Y no para chocar contra ningún “Titanic” sino para dar a luz este Fetiche que se mete con el cuerpo y el alma, la sexualidad y la comida (incluida la transgénica), la vejez y la muerte, la norma y el prejuicio, a través del retrato puzzle de esta gladiadora perseverante, jugada, obsesiva, mística, cinéfila o más bien cinéfaga compulsiva. Pero lo cierto es que en un punto, entonces, Fetiche se liga a la propia biografía del creador que trabajó con la historia de una mujer que se esculpió a sí misma, enfrentándose a la intolerancia, anche al escándalo de quienes opinan que cultivar el cuerpo hasta ese extremo, expandir cada músculo, aparte de evidenciar narcisismo y exhibicionismo, es una práctica poco menos que aberrante, que destruye la feminidad, dando por sentado que la fortaleza física es patrimonio masculino.

De modo que poner en marcha toda la musculatura, abrir fuentes de energía en el cuerpo femenino representaría una amenaza para el machismo todavía dominante: es que una mina como Musumeci difícilmente sea sometida, apaleada o violada. Ella se ha construido un cuerpo atípico liberando el potencial del músculo femenino dormido, y resquebrajando un ideal de belleza establecido y reaccionario. Con su aspecto andrógino, CM pone de manifiesto que las remanidas diferencias entre mujeres y varones se pueden acortar en un mundo cada vez más trans. “Yo no quiero ser mujer”, dice una de las Cristinas, “yo soy mujer”.

Muscari hace anticipación con una Cristina de 80 y pico hablando de “mi cuerpo avejentadito”, mientras que la Cristina cristiana critica abiertamente a cierto clero, y no falta por ahí un cita a Theillard de Chardin al pasar, también a Garbo, entre un Hip hop de la soja y el Bolero del músculo. En el articulado texto hay líneas tan memorables como cuando Cristina joven —magnética Carla Crespo— le dice a Cristina Comida –maravillosa Julieta Vallina— y a las demás Cristinas: “¿Estaré embarazada de vos? ¿De alguna de ustedes? ¿De Dios?”

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