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Viernes, 28 de septiembre de 2007

Visualizar lo indecible

El sábado pasado, en vísperas del cierre de la Documenta Kassel, la artista Sonia Abian dio una charla sobre su obra. A continuación, algunos de sus párrafos que fundamentan con inteligente claridad ideológica el concepto de la magnífica obra expuesta, El campo de concentración del amor, que se concentra en el problema de la representación de la violencia hacia la mujer:

“Representar la violencia vuelve a ponerla en circulación, le da nueva visibilidad (...). El testimonio de las personas que han sufrido violencia y pueden hacer una descripción minuciosa no restituye la verdad de su experiencia. Por el contrario, satisface la alta demanda de consumo de violencia. Como me dijo alguien una vez: no hay nada más erótico que las noticias que informan de violaciones en los periódicos.

Giorgio Agamben dice (Lo que queda de Auschwitz) que en el centro de los testimonios hay una laguna, ‘una zona en la descripción’ que no puede ser explicada. Que no se puede nombrar ni describir porque no hay palabras para ello. Volviendo entonces al ejemplo anterior: si la descripción de un abuso resulta erótica, entonces la experiencia de la víctima queda muda.

Como la repetición de la violencia (en imágenes, textos) es inevitable para su representación, Judith Butler propone ‘guiar el curso de su repetición’. En El campo de concentración del amor hacen su aparición en escena, en la tapa del mueble, por enésima vez, los personajes mitológicos Pan y Siringe, como arquetipo de la relación de opresión en la que un sujeto fuerza la transformación de otro en objeto. La ninfa Siringe, para escapar de Pan, se transforma en junco. Luego Pan construye con los juncos una flauta con la que toca sus melodías. Esta escena es nombrada desde siempre como ‘caza erótica’. Para que su repetición tenga otro sentido, se hace necesaria mostrarla en otro contexto en el cual exhiba su estructura de opresión, de jerarquía estructural.

El campo de concentración es precisamente el lugar de la transformación de los hombres en no-hombres. Esta transformación se termina de llevar a cabo, porque comenzó antes, en la ciudad, con una progresiva usurpación de los derechos ciudadanos (...). Más que la vida, según Agamben, se les quita a los judíos la posibilidad de una muerte digna.

Así es como los juncos entre los que Pan persigue a la ninfa desaparecen y dejan ver el verdadero lugar de la escena. Los personajes mitológicos se encuentran ahora en la plaza de revistas en medio del campo de concentración de Auschwitz. También el espectador, pues el campo es visto desde esta perspectiva.

Me gusta visualizar esta laguna de los testimonios como un puerto, una zona de enlace. Una zona abierta. En este lugar deberían ser leídas las intervenciones en los testimonios de Wladyslaw Sivek, sobreviviente del campo de Auschwitz, es decir, siguiendo una voluntad de visualizar lo indecible. Las respuestas al campo no están en el campo, así como las respuestas al amor (usando esta palabra en un sentido amplio, que incluye sentidos que normalmente no cuentan como ejemplos de amor, sino más bien de su contrario) tampoco están en el amor.

El mueble propone al espectador que cambie constantemente de posición: mirar desde arriba, caminar alrededor, agacharse. Las diferentes posiciones son igualmente importantes. Lo más cercano al espectador, la tapa, es lo más alejado temporalmente. Y lo más alejado, la última pintura de adentro, es lo más actual, una escena de una zona roja de cualquier ciudad, quizá de Kassel.

El mueble propone una tesis: entre los sujetos de la nuda vida (vida expuesta, desnuda) falta agregar a las mujeres, cuya vida ha sido una vida expuesta a lo largo de toda la historia, una vida vulnerable, agredida sin que dicha agresión fuera un delito, puesto que esa agresión coincidía con los comportamientos y costumbres legitimados. Por eso en medio de la pintura de la tapa no brilla la luz divina, como en la pintura de Martin Schaffner en la que se inspira, sino la acción humana: ambas mitades de la pintura tienen sendos tiradores dorados para desplazar lateralmente las mitades de la tapa. En las acciones está también la posibilidad de modificar el estado de las cosas.

En el campo de concentración, como en el amor, no es posible mantener la dignidad. Este es el punto común y el punto de partida.”

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