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Viernes, 9 de diciembre de 2011

Primero mis niños

 Por Daniel Link

Eugenia, mi hija mayor, nació en 1983. Tomás, mi hijo menor, nació en 1985. Los educamos democráticamente, lo que en algún sentido determinó sus temperamentos infantiles (y también los actuales). Cuando queríamos dormirlos, se resistían a hacerlo (Eugenia más que Tomás). Había que cantarles canciones sin respiro, y contarles cuentos. Inventé, para ellos, “Los artistas del bosque”, que en algún sentido permitía la interpolación incesante de peripecias.

Muchos años después, Luciana Delfabro me convocó para que realizara una adaptación para chicos de Las mil y una noches, encomienda que acepté porque siempre me había interesado experimentar con el género, y porque me obligaría a una lectura menos fragmentaria de esos relatos milenarios.

En el proceso (en la conversación) le mandé a Luciana la versión escrita de aquella invención paterna y nocturna. A ella le gustó y decidió publicarla. María Guerrieri dibujó unas láminas hermosas, cuyo ritmo se fue ajustando con el del texto poco a poco.

En algún momento, Luciana (inteligente y exquisita, como cualquier persona interesada en la literatura para chicos) sugirió que hiciéramos un Kamishibai (lo que, en algún sentido, ponía al cuento en relación con otro capricho mío: el teatro). El resultado es un objeto soberbio que, cada vez que he puesto ante la mirada curiosa de niños analfabetos, me devolvió a aquellas noches de la década del ‘80, cuando todo estaba, todavía, por hacerse.

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