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Viernes, 24 de enero de 2014

Barbie versus barba

 Por Pao Lin*

Enero en Buenos Aires. Voy a renovar mi DNI, aprovechando la poca gente haciendo trámites en la ciudad. Llego con mi viejo documento y el amable joven del cubículo revisa mis datos mientras me mira y se amasa, nerviosamente, la barbilla. Paso al segundo cubículo. Otra amabilísima joven verifica mi viejo documento nuevamente y se acaricia distraídamente el mentón.

Entonces me acuerdo de que tengo barba. Y que lo que no se nombra también existe.

Yo la llamo chiva, porque no se extiende ni hacia las mejillas ni hacia el bigote. Crece solamente en mi mentón, y se enrula. Tiene un par de pelos rubios y cierto parentesco con mi vello púbico, aunque más fino que aquél. Al principio sacaba unos pocos pelos de cada lado, una o dos veces por semana. Cuando dejé de hacerlo, sólo para saber cuán largos podían llegar a ser, descubrí que los pelitos que sacaba no eran siempre los mismos, y que tenía dos simpáticos mechones de pelo que llegaron a crecer unos tres o cuatro centímetros de largo. Pero no fue sin consecuencias.

La familia es la más atrevida: “¿Cuándo te vas a sacar esa barba?”, “¿Por qué te afeás?” “Así conmigo no salís.”

El ámbito laboral es más difícil. “Buena presencia” quiere decir “depilada”. Y los pelos que crezcan en vacaciones (o en esa zona gris que es la época de exámenes).

Y en el amor hay de todo.

La barba es considerada un carácter sexual masculino, símbolo de sabiduría, experiencia, virilidad y madurez sexual. Su ausencia –natural o artificial– es considerada una característica femenina, ¿natural? ¿o socialmente exigida?

Quien no se adapte a eso caerá en las trampas de la monstruosidad, la patologización, la ridiculización, o alguna de las otras sorpresas que nos tiene reservada la sociedad para las que no nos depilamos o el pelo les crece más que al promedio. La que no se depila es (muchas veces correctamente) leída como lesbiana, machona, masculina, antisocial. Y si se corta el cabello y no se depila: ¡100 por ciento torta! Entre estas últimas se pueden encontrar incluso defensoras activas del vello libre.

La no depilación coloca a la mujer en el ámbito de la monstruosidad, o la desplaza al lugar de fenómeno de circo. Vivir sin ceder a las presiones de las distintas ofertas de depilación definitiva o temporal es una lucha cotidiana en cualquier ámbito, y la depilación, cuando es una práctica obligatoria, se transforma en una forma más de imponer violencia sobre los cuerpos de mujeres, travestis, lesbianas...

Al contrario de lo que se espera del vello, la cabellera de la mujer debe lucir abundante para ser femenina. La regla parece ser: “Adora tu cabello y elimina tu vello”. Romper esa regla atenta contra el sencillo discernir entre varones y mujeres. Como puedo comprobar cada vez que una criatura me señala y pregunta “¿es un chico o una chica?” y su madre entra en dificultades cuando insiste “¿y por qué tiene pelitos acá?”.

* Activista lesbitransfeminista.

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Imagen: Constanza Niscovolos
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