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Lunes, 7 de abril de 2003

FúTBOL

Bombazos de media cancha

Reflexiones sobre el partido que los iraquíes jugaron bajo el bombardeo de Bagdad, una especie de modelo a seguir, que celebra la competencia entre diferentes igualados por reglas a cumplir, aplicadas por un árbitro con más autoridad que las Naciones Unidas.

Por Ricardo Plazaola

La pelota y los jugadores iraquíes corren en una cancha marrón. En las tribunas, poca gente. Más allá de las tribunas, en un horizonte muy cercano, el humo de los incendios causados por el bombardeo norteamericano.
Las sorprendentes imágenes, que cruzaron el mundo entre muchas otras referidas a la guerra, suscitaron muy distintos sentimientos en los argentinos que las observaron.
Algunos recordaron Malvinas: “Había quejas, entonces, porque en Buenos Aires la gente bailaba en los boliches mientras los pibes morían en las islas”. Hubo quienes las rechazaron, en el mismo sentido: “¿Qué hacen estos iraquíes jugando al fútbol mientras los yanquis masacran a la gente?”.
En otra vereda, la reflexión fue muy distinta: “Es una imagen propagandística: Saddam quiere dar la idea, hacia adentro y hacia afuera, de que ahí la vida sigue, de que las bombas no pueden paralizar a los iraquíes”.
En cualquier caso, y quizá más allá de las intenciones de los protagonistas (de los intereses de Saddam o de los organizadores del partido), las imágenes tienen algo de extraño que nos perturba y nos suscita preguntas.
¿En qué piensan los jugadores (y los espectadores)? ¿No creen que en cualquier momento cae un misil en el círculo central o en la tribuna? ¿Están mirando de costado hacia el humo que se alza en el horizonte? ¿Creen realmente que son meros jugadores –o espectadores– de un partido o parte de un juego que los supera?
La irrealidad surge de la mirada del fotógrafo o del camarógrafo: debe enfocar al mismo tiempo, y como síntesis, el humo y la pelota, la guerra y la negación de la guerra. Un elemento sin el otro hará de la imagen una más de la guerra o, peor aún, una más de un remoto partido de fútbol.
En la imagen debe constar el humo del presente con la pelota que simboliza el paraíso pasado, perdido, y también el cielo a recuperar: el momento de la paz y del juego.
Para los religiosos, el partido es como la promesa de la vida eterna. Para los no creyentes, como la de la paz (en este caso, la paz de una tarde de sol en la tribuna).
Es que, como dice Emile Cioran, hasta respirar sería un suplicio si no hubiera el presentimiento de algún paraíso (el presentimiento o la espera de vos, de ustedes, de un hijo, un lugar, una paz, un momento, un viaje, un vino, un contacto con lo divino).
Lo más curioso de estas imágenes radica en la simultaneidad con que ocurren el infierno y el paraíso, la guerra y la paz del partido, como si, en medio de un combate, un soldado sacara de su mochila un espejo y se peinara.
No es casualidad, por otra parte, que se trate de fútbol: es el que se juega en los patios de las cárceles, el que se jugaba en los campos de concentración del nazismo (jugaba, decimos, como si los campos de concentración fueran cosa del pasado).
Se trata de nuestro bienamado fútbol porque es el juego que tiene sentido para todo el mundo y para el que no harán falta palabras.
El partido de los iraquíes se propone no sólo como pasatiempo para cuando llegue la paz: se muestra como modelo a seguir, es decir, la competencia entre diferentes –lo que nos hace humanos– igualados por determinadas reglas a cumplir y por un árbitro que tenga más autoridad que las Naciones Unidas.
El modelo norteamericano parece ser otro. En primer lugar, se trata de béisbol. Como los norteamericanos se han aburrido, salen a jugar por el mundo. Para mejorar el show, en lugar de pelotas lanzan y batean cabezas del tercer mundo. Los únicos que pueden batear son ellos. Las reglas las determinan ellos, el árbitro lo designan ellos. El resultado está cantado. No han quedado dictadores en la cancha. Tampoco en las tribunas. En realidad, no ha quedado nadie. Ellos juegan solos.

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