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Lunes, 13 de marzo de 2006

CONTRATAPA › LOS ARQUEROS DE LA SELECCION ARGENTINA

Vuelan de Pato a Pato

 Por Facundo Martínez

Uno de los tantos mitos argentinos, como el del colectivo, la birome y el dulce de leche, trabajó sobre la idea de que en algún momento de la historia del fútbol argentino sobraron los buenos arqueros, que incluso eran tantos que no era descabellado hacer dulce con ellos. Alguna vez, allá por los ’80, la revista El Gráfico reunió a los que catalogó como los mejores: Sebastián Gualco (Independiente), Julio Cozzi (Platense), Amadeo Carrizo (River), Hugo Gatti (Boca) y Ubaldo Matildo Fillol (River). Hubo otros, sin embargo, que con menores condiciones se las ingeniaron para ingresar a la historia por la puerta grande: Miguel Rugilo (alias el León de Wembley), Juan Bottaso (apodado La Cortina Metálica), Américo Tesorieri y Antonio Roma, otros dos grandes guardavallas de Boca.

Entre los mejores, Fillol fue un arquero muy completo, excepcionalmente técnico y, sin dudas, el mejor que tuvo la Selección en los últimos 30 años; hecho que, por otra parte, bien justifica su designación como entrenador de arqueros de los equipos de la AFA. De sus sucesores en el arco nacional no se puede decir lo mismo, ya que ninguno pertenece a su tipo: ni siquiera se le acercan. Nery Pumpido resultó un buen arquero, campeón del mundo en el ’86, pero no fue más que eso. Lo mismo su reemplazante, Sergio Goycochea, cuyo mayor mérito fueron los cuatro penales atajados ante Yugoslavia y el conjunto local, en Italia ’90, y ahora suma mejor como conductor televisivo y periodista.

Tampoco ofrecieron grandes seguridades Luis Islas, en quien confió Alfio Basile para el Mundial ’94, todavía herido por la goleada 5-0 que Goycochea se comió ante Colombia por las Eliminatorias; y el enigmático-místico Carlos Roa, quien unos meses después del golazo de Denis Bergkamp, cuando el Manchester United se interesó por su pase, por cuestiones religiosas decidió dejar el fútbol para volver luego, unos años más tarde, y comenzar una espiral descendente hasta recalar en Olimpo de Bahía Blanca.

Sin Roa, ganaron terreno y perspectivas para el puesto el Mono Germán Burgos y Pablo Cavallero. El ex arquero de River, que aportaba un poco más de afuera que de adentro, atajó con altibajos buena parte de las Eliminatorias para Corea-Japón 2002 con Marcelo Bielsa, quien finalmente eligió sorprender a todos con la designación de Cavallero, el tapado.

Por ello fueron grandes las expectativas sobre Cavallero, y enormes también las decepciones: dos pelotas contra su arco y dos goles: un penal del inglés David Beckham y un tiro libre del sueco Anders Svensson, para que Argentina se volviera, contra todo pronóstico, al cabo de la primera ronda. Entre tantas conclusiones, una volvió a ser que después de Fillol el arco argentino no volvió jamás a ser el mismo.

El actual arquero titular de la Selección Argentina, Roberto Abbondanzieri, también pertenece al grupo de la era post-Fillol. Aunque resulta difícil encontrar en los casos anteriores, de probadas deficiencias técnicas, la resistencia que la opinión pública y buena parte de la prensa tiene contra el arquero, quien desde hace poco más de un año, por su excelente desempeño en el arco de Boca, defiende con aciertos y errores la valla nacional.

Se ha dicho que el arco de la Selección le queda grande, que no siente la misma confianza que la que siente atajando en Boca, que eso se le nota en la cara, que es puro nerviosismo, que sus ganas de ser el arquero en el Mundial le están jugando una mala pasada, comiendo las entrañas, que mejor sería probar con Ustari, el chico de Independiente, o incluso con Germán Lux, el arquero de River que hizo un buen papel en los Juegos Olímpicos, más allá de que no pase por un momento formidable; que lo mejor es probar con arqueros que atajen en Europa (Cavallero dixit, en la última edición de la revista Un Caño; ¡ja, ja y ja!) o que, como sugieren los más aventureros soñadores, lo mejor sería convocar ¡por primera vez! al Mono Navarro Montoya: ¿no les alcanzó con Cavallero para sorpresas?

Tanto se habla de los males de Abbondanzieri, que se le resta tiempo a un asunto central. Las mayores diferencias que existen entre el arco de la Selección y el de Boca son que aun las distintas líneas defensivas que tuvo Abbondanzieri en Boca fueron más sólidas y seguras que las que en suerte le vienen tocando con la celeste y blanca, que incluso a muy poco de empezar el Mundial sigue siendo un misterio absoluto, y eso no es un dato menor. ¿No respondió Abbondanzieri en Japón frente al Milan que se comía a los chicos crudos? Si la Selección no defiende bien, ¿cuánto margen le queda a un arquero, a cualquier arquero, para erigirse salvador?

Culpar por los goles a Abbondanzieri es simplificar el asunto, el gusto de los opinólogos de siempre. ¿Es la Selección de Pekerman capaz de defenderse con la misma convicción con la que ataca? ¿En qué sector de la cancha comienza a trabajar la recuperación de la pelota? El debate sobre el arquero de la Selección debería comenzar en los aspectos defensivos que atañen a los atacantes, a los volantes y, por supuesto, a los defensores, y recién entonces al propio arquero.

Puede ser que Abbondanzieri sea o no el mejor arquero para la Selección, pero por su experiencia, por sus logros deportivos y por su dedicación, se merece un trato mejor, ajeno a los oportunismos y al cuidado de los cuervos que, cada vez que juega la Selección, revolotean sobre el área del arquero de Boca esperando su error, su falla determinante, para proponer entonces otros nombres: nuevos, viejos, agotados. Lo mismo da, todo sirve para hacer humo y esconder las migas debajo de la alfombra.

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