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Lunes, 30 de diciembre de 2002

EL AÑO DE LA SELECCION

Dream Team a la criolla

Por Ariel Greco

Falta 1m30 para que termine el primer cuarto. Los 4500 estadounidenses que están en el Conseco Fieldhouse de Indianápolis no salen de su asombro por lo que ven en la cancha. Los poco más de cien argentinos, tampoco. Para algún desprevenido, el tablero electrónico delata lo que sucede: USA 17 - ARG 30. El equipo de Rubén Magnano le está dando una paliza antológica al Dream Team, el equipo que, en sus cinco versiones, nunca perdió un partido y que lleva 58 juegos invicto. Pero siempre hay una primera vez...
Todavía no da para ilusionarse. El sentido común y las experiencias anteriores indican que más temprano que tarde, la reacción yanqui llegará, para transformar el milagro en una derrota digna. Ya les pasó a los chinos, a los alemanes y hasta al equipo argentino en Atlanta ‘96. Pero a 1m30 para el cierre del primer cuarto hay una jugada clave, algo anormal, tal vez una alarma. Jermaine O’Neal, el jugador más joven en debutar en la NBA, uno de los créditos locales junto al legendario Reggie Miller, encara con decisión para enterrar la pelota en el aro argentino. Bajo la llave lo espera Luis Scola, el más chico del plantel de Magnano, un jugador de reconocidas cualidades ofensivas, aunque todavía con algunas dudas en defensa. Y en ese momento, la señal.
Cuando O’Neal ya saborea los dos puntos, Scola lo frena con un tapón, digno de ubicarse entre las diez mejores de NBA Action. Además, cuando el ex jugador de Ferro se escapa con la bola, el pivote de Indiana le comete una fuerte falta, y ya con el argentino en el suelo, lo pisotea en la espalda. Para entender semejante reacción hay que apelar al manual de códigos no escritos de los playgrounds estadounidenses: Scola no lo respetó. No le importaron los pergaminos, no se intimidó ante una figura consagrada. Eso no se le hace a un NBA. Una muestra de que ese grupo de amigos les está jugando a los NBA para derrotarlos. Los desafían en cada mano a mano, los atacan con sus armas, los defienden con su intensidad, les juegan como verdaderos NBA. En definitiva, les quieren ganar...
En el segundo cuarto, la diferencia roza los veinte. Esto sí que es inédito. Nunca un Dream Team fue vapuleado. Y las jugadas de NBA de los muchachos de blanco continúan. Andrés Nocioni le vuelca la pelota en la cara a Ben Wallace, el mejor defensor de la liga. Emanuel Ginóbili lo deja atrás a Michael Finley, burla la ayuda de Shawn Marion y, cuando Wallace lo espera para la tapa, hace rolar la pelota por sus dedos y anota la bandeja ayudado por el cristal. Una penetración jordanesca. A esa altura, no quedan dudas: el Dream Team es el criollo.
Ya no hay alternativa. Después de llevar 20 de ventaja, una derrota digna no alcanza. Hay que ganar, otra cosa no sirve. No importa la presión de toda la cancha que van a ejercer sobre los bases, ni los bombazos de Miller y Paul Pierce, ni el orgullo americano, ni que Paul O’Neill esté en Buenos Aires tratando de imponer sus recetas económicas. Entonces Pepe Sánchez se adueña de la pelota como en aquellos años de juveniles, cuando se miraba de reojo con Ginóbili por el protagonismo en Bahiense del Norte. Y Hugo Sconochini penetra como en el playón de Cañada de Gómez, allí donde lo descubrió León Najnudel. Y Nocioni deslumbra con su potencia, la que le valió que el mismo León lo hiciera debutar en la Liga con 15 años. Y el sueño de muchos está por cumplirse.
La reacción supuesta nunca llega. En realidad sí, pero es neutralizada con garra, amor propio y talento. Faltan dos minutos y el partido está ganado, aunque por la jerarquía del rival aún no se puede festejar. “Te pueden meter diez puntos en 30 segundos”, es el razonamiento mesurado. Un minuto y lo mismo. “Reggie Miller una vez le hizo tres triples en once segundos a los Knicks”, recuerda algún agorero. Diez segundos y... “Noooooo, todavía falta”. El tiempo corre. El tablero electrónico vuelve a ganar protagonismo: USA 80 - ARG 87. Ya no se volverá a mover. Ya quedará grabado en la memoria para siempre. La hazaña está consumada. Tapa de todos los diarios del planeta. Cayó un mito. El triunfo (o la derrota, mejor dicho) que todo el mundo deportivo esperaba. Por eso, muchos lo vivieron como propio. “Los italoargentinos Emanuel Ginóbili y Hugo Sconochini lideraron la histórica victoria”, repitieron los medios italianos. “Machada argentina con siete integrantes de la liga ACB”, se enorgullecieron en España. “Los mandaron al colegio”, tituló Sports Illustrated. Nada será igual. Es que después del 4 de septiembre de 2002, la historia del básquetbol mundial cambió, gracias a un grupo de amigos argentinos que se propuso vencer a la NBA.

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