libros

Domingo, 31 de octubre de 2004

Mi crítico, mi cómplice

Una lectura integral de Cortázar y algo más.

 Por Patricio Lennard

Julio Cortázar: mundos y modos
Saúl Yurkievich
Edhasa
Barcelona, 2004
355 páginas

Amigo entrañable y albacea literario de Julio Cortázar, Saúl Yurkievich dirige actualmente la edición que Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg está realizando de sus Obras completas, cuyo segundo tomo –que incluye el teatro y las novelas Divertimento, El examen y Los premios– salió hace muy poco en España. Esta recopilación de artículos que Yurkievich escribió a lo largo de años, y que ahora se reedita con el agregado de un ensayo sobre la personalidad del escritor y uno sobre su prosa breve, también lo muestra como uno de los críticos que más exhaustivamente se ha ocupado de leer su obra literaria.
Julio Cortázar: mundos y modos es un libro que ofrece una lectura integral del universo cortazariano, aunque con la voluntad específica de explorar sus márgenes, de echar luz sobre textos en cierta forma desatendidos. Ejemplo de esto es el artículo dedicado a El examen (texto primerizo que, al igual que Divertimento, Yurkievich hizo publicar dos años después de la muerte del autor), en donde considera esa obra como embrionaria de su novelística y le atribuye el valor de ser la que introduce, premonitoriamente, la técnica del collage en la novela hispanoamericana. De hecho, una de las hipótesis que recorre varios de los artículos del libro es la que piensa las novelas de Cortázar como partes de un proceso coherente y progresivo, cuyas bases están en los dos textos antedichos y en su Teoría del túnel de 1947, suerte de programa de sus ideas sobre el género. Para Yurkievich, entonces, Rayuela es la culminación de ese proceso genético, 62/Modelo para armar, “un desprendimiento amplificado” de la primera, y Libro de Manuel, “una prolongación declinante”.
El afán crítico por establecer “contactos significativos con lo nimio” -que se ve con claridad en un ensayo acerca del funcionamiento simbólico de los objetos anodinos (paraguas, trapos, piolines y piedritas) que aparecen en Rayuela–, también se plasma en su interés por leer zonas relegadas como el teatro, la poesía, y la prosa de misceláneas y ocurrencias que tanto supo cultivar Cortázar. Al lugar común que habla de la existencia de dos poéticas contradictorias en su obra (la abierta de las narraciones y la cerrada de los cuentos), Yurkievich parece encontrarle una vuelta de tuerca cuando juzga que la prosa breve del autor es el núcleo generador de su escritura (novelesca). No por nada el concepto de collage –que describe el entramado más o menos fragmentario de sus novelas– es el que más se repite a lo largo del libro.
Pero también hay destellos que –más allá de las rigurosidades críticas– alumbran el ser y la vida de Cortázar. La íntima relación que con él tuvo Yurkievich es un pretexto y un aliciente para evocar su figura. Así, Julio pide oír, en su lecho de muerte, el último quinteto de Mozart y un solo de piano de Earl Hines, o todos los días, puntualmente a las seis y media de la tarde, se sirve su scotch con dos cubitos y soda, o juega a elegir con los ojos cerrados una estación en el plano del metro, para luego ir allí y deambular sin rumbo. Esta compilación de ensayos es, en efecto, un ejercicio de “crítica cómplice”, un acto de enaltecimiento de quien fue -según su autor– “el principal forjador de nuestra modernidad narrativa”, un libro necesario para pensar la obra y la personalidad de Cortázar. Yurkievich realiza una oportuna intervención que está lejos del predecible oportunismo que suelen alentar aniversarios y efemérides.

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