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Domingo, 8 de mayo de 2005

UNA MADRE Y SU HIJO PEQUEñO ESCAPAN DE PARíS ANTE EL AVANCE DE LOS NAZIS. EN MEDIO DEL éXODO, ENTRE LAS BOMBAS, SE PRODUCE EL DESENCUENTRO ENTRE AMBOS. ASí DA INICIO EL COMPLEJO ENTRAMADO DE ESTA NOVELA DE TUNUNA MERCADO, QUE NARRA EL HORROR SIN RENUNCIAR A LA BELLEZA.

Vivir en guerra

Yo nunca te prometí la eternidad
Tununa Mercado
Planeta
357 páginas

Por Alicia Plante

“La tristeza sopla un viento suave que limpia el terreno para el epitafio. Las hojas y las briznas se apartan para ella en el Ajusco, allí donde iré a buscarla treinta años después para hacerle lugar en mí.” ¿Qué conmovida búsqueda es ésta? ¿A quién, quizás a qué, busca la autora con voz tenue, en acercamientos como domesticados? ¿Qué relación tiene su empeño, ese hurgar delicado de oficiante, ese avance dilatado, infinitamente paciente, que crece en direcciones múltiples a las que apenas consigue acotar (“como esa red tan entrecruzada de vías de la estación ferroviaria de Port Bou”) con otras búsquedas menos constatables, menos materiales, no tan atadas a nombres, a familias, a ilustres antepasados? ¿Hay tras su desasosiego, tras su honda ternura por Sonia –secretamente teñida de desconsuelo–, en su homenaje a Walter Benjamin, a Arthur Koestler, a Otto Katz, a hombres extraordinarios que en diferentes momentos le estuvieron cerca, que supieron asomarse al borde del vacío que la rodeó siempre –también a ella–; tras su indagación en la categoría del sentimiento, de la necesidad, del temple, hay otra cosa, algo más, algo que excede todo lo explicitado, y a lo cual Tununa Mercado no necesitó hacerle lugar en ella porque siempre estuvo ahí?

A lo largo de toda la lectura sentí que era precisamente desde ese punto inasible e indecible desde el cual se mecen y vacilan la angustia, la náusea sartreana, el hambre de algo unificador (¿Dios, quizás?), que Tununa Mercado da sus incontables pasos hacia Sonia, hacia su pequeño Pierrot, el niño extraviado en medio del éxodo que deja atrás, en manos de los alemanes, hacia la amada ciudad de ciudades, París.

Quién sabe, nada se nos muestra de inmediato en este relato, en esta exhumación y emocionado ordenamiento de material desperdigado a lo largo y a lo ancho del mundo –México-Jerusalén-Francia-Alemania-España...–, un texto escrito para cómplices, para otros “buscadores” que acepten inquietarse y acompañar el dolor de seres imaginables –además de reales– que tienen nombres, edades, rostros, que escribieron diarios, cartas, hasta pequeños libros, que contaron lo sentido, lo pensado, lo temido, judíos escasos por sobrevivir, errantes por emigrar, heridos en la esencia por no merecer. Y entonces acompañé a la autora –voluntaria de la primera hora– en su rescate de situaciones inmensas y a la vez insignificantes de la Segunda Guerra Mundial y también de la Guerra Civil española, inmensas como siempre por el dolor humano, insignificantes porque lo que atañe a un mero puñado de personas queda anegado, sumergido en una simple cuestión de número.

Dice Mercado de su primer contacto a través de terceros con el pasado de Pedro, el pequeño Pierrot de 1940 al que localizará en México, donde también ella está exiliada: “La historia era expuesta en un haz ceñido, tanto que era difícil distinguir sus núcleos o singularizar sus unidades en el todo, como si no hubiera intersticios ni luz donde abrir”. Su acceso a la información y sobre todo a los sentimientos fue gradual, confuso, intenso: la cronología, la sucesión de los hechos en su enorme complejidad no eran fácilmente discernibles. Sin embargo, a través de Pedro, la autora llega hasta la madre, hasta Sonia. Es él quien primero le hablará de ella, del desencuentro en medio del bombardeo y de la noche, el que le confiará el mísero cuaderno donde Sonia llevó un diario a lo largo de las semanas en que buscó a su hijo por los pueblos del sur de Francia, anotaciones espasmódicas, ayudamemorias casi para una escritura posterior que no la dejará sin papel en aquella circunstancia. Será Pedro el que hablará de Ro, el padre, brigadista internacional en la guerra de España y muerto en México no mucho tiempo antes. Hablará Pedro de la abuela, del tío rígido y ascético que eligió instalarse en Jerusalén antes de la guerra, y de su hijo, el primo que lo sobrevivió y que Mercado viajará para conocer y escuchar. El estilo de la autora, su detenimiento en algunas imágenes, su minuciosidad de miniaturista que trabaja los detalles como en una filigrana, nos coloca en las manos “la cajita” de Pierrot, veinticuatro cartoncitos ilustrados y combinables en infinitas historias, la que metió clandestinamente en el profundo bolsillo de su pantalón contraviniendo la orden materna para el éxodo: un solo juguete.

Lo mismo hará la autora con las fotos, su descripción nos las pone delante y casi extendemos los dedos para rozar el papel: Ro de uniforme español; otra, diez años más tarde, con corbata moñito, hermoso, seductor, irresistible; tres de Sonia, pelo brillante y flequillo a lo Príncipe Valiente, Pierrot a un costado, “eso era en Marsella”... Se lo permite Tununa Mercado, es un lujo, un placer, darnos hasta el carácter, el humor, las sensaciones, nos hace sentir el frío mientras Sonia busca al hijo, la humedad de sus pies vendados, el manuscrito de Walter Benjamin cuando se da aquel encuentro fortuito en el Macizo Central, su modo de manosear el producto de su pensamiento, lo mejor de sí, la constatación a través de la piel de que estas mil hojas de papel que lo resumen, expresan, muestran, perduran, sobreviven, estas hojas que son él, más que él, siguen ahí.

Digamos entonces, volviendo a Tununa Mercado, que afortunadamente siempre habrá gente que no pueda declinar la necesidad de expresarse con belleza.

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