libros

Domingo, 8 de mayo de 2005

PASIóN DE MULTITUDES RADIALES Y RARA AVIS LITERARIA, ALEJANDRO DOLINA ACABA DE PUBLICAR SU TERCER LIBRO: RELATOS INFINITOS ATRAPADOS ENTRE LAS PAREDES DE UN BAR METAFíSICO.

Metafísica del café

Bar del infierno
Alejandro Dolina
Planeta
348 páginas

 Por Martín De Ambrosio

Curioso el caso de Alejandro Dolina: es un escritor que escribe poco (éste es recién su tercer libro) y cuya obra cumbre hasta el momento es una opereta, criolla y dantesca, que se llamó Lo que me costó el amor de Laura. Dolina es inmensamente popular, no sólo por las excepcionales ventas de sus libros anteriores (Crónicas del ángel gris y El libro del fantasma) sino también por su programa de radio de cada medianoche en el que ejerce la literatura de un modo que puede parecer oblicuo pero que en definitiva está en el origen mismo de la literatura: la oralidad. Dolina es inigualable en el uso de la retórica (si pudiera, Aristóteles seguramente lo pondría de ejemplo), no sólo para los oportunos retruécanos radiales sino también para desarrollar esas historias –muchas veces inscriptas en el género del absurdo o el surrealismo– que se dejan definir por el apelativo de “barrial” pero que exceden en mucho esa calificación (que para Dolina ya debe ser un karma) gracias a la indudable erudición dolineana.

Lo que ofrece Dolina en su tercer opus es también, como en sus otros dos libros, una serie de historias unidas con un hilo común. En este caso se trata de un bar –que otros llaman universo– del que no se puede salir, y en el que conviven un conjunto de seres patéticos, eternos muchachones un poco grises que no salen a ver qué hay afuera, con mozos que no traen lo pedido y prostitutas que prefieren un secreto antes que una moneda. Y también está el Narrador de Historias, un ser que anda de mesa en mesa con sus libros y que sirve como artilugio para contar las otras historias, las de “afuera”.

Como en todas sus obras, también en Bar del infierno el autor busca lo fantástico en lo cotidiano (un árbol, un carnaval, un noviazgo) o en las minutas históricas y pseudohistóricas (de la China, la India o Bizancio); algo que le indique que éste no es el mundo prosaico e inexorable que el destino parece habernos deparado. Y cuando lamentablemente lo fantástico no aparece (como en “Elisa Brown”) la conclusión es negrísima: “la dicha de Francis Drummond y Elisa Brown duró tan poco que casi podríamos decir que fue una mera preparación para la pena, la pena incesante que fue de Brown y de Hudson y es ahora nuestra y será mañana de otros corazones sensibles, cuando adviertan que somos sombras y que nuestras vidas son tumultos sin sentido”. Esa misma tensión entre racionalismo y fe, escepticismo y tristeza, que en Crónicas... oponía a los Hombres Sensibles con los Refutadores de Leyendas, y que ya es una marca de fábrica de Dolina, vuelve una y otra vez en cada uno de los innumerables y breves cuentos de este volumen.

Más inspirado y más preciso que en sus libros anteriores (al fin, Crónicas... reunía una serie de artículos escritos para la revista Humor en la década del ‘80, y desde El libro del fantasma ya ha pasado más de un lustro), aquí Dolina también recupera ciertas tradiciones del relato oral argentino, con rasgos de costumbrismo, pero con mucho de lo mejor de lo que era la vida en el país antes del neoliberalismo, la vida en los pueblos, la tradición del ferrocarril, etc. Como sucede cuando el autor no halla un elemento fantástico, cuando el relato es atravesado por las consecuencias del menemismo (tal el caso de “El subterráneo”) la respuesta es prácticamente el final de la civilización tal como se la conocía. Lo mismo que en “Un salón de baile”, donde los muchachones se sienten descolocados y sin saber qué hacer en una disco dance (alguien tiene que explicarles por qué se toma agua mineral y la gente se mueve frenéticamente). Eso, que puede –y suele– confundirse fácilmente con la nostalgia de tiempos idos, es sólo un indicio que lleva a encontrarse de frente con las indignaciones metafísicas de Dolina, que pueden resumirse en el poema de Miguel Hernández: “tanto penar para morirse uno”.

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